De Villa Narcissus a TikTok
Carla Berrocal nos recomienda cada viernes novelas gráficas. Sus lecturas perdidas que no obedecen a la dictadura de la novedad.
Madrid--Actualizado a
El cuadro es el siguiente: una vista de un monte se impone sobre el mar, en su cima hay restos de nieve. Predomina el azul, pero también algunos grises muy claros y restos de un naranja cerúleo que anuncia un ocaso. El título de la obra es Viento norte desde Villa Narcissus, Capri, se pintó con pasteles en febrero de 1905 y, al contemplarlo, parece que pudiéramos sentir el frío y la brisa clavada en las mejillas hasta enrojecernos el rostro. En la esquina izquierda se lee, además del título y la fecha, la firma del autor: CCC, iniciales de Charles Caryl Coleman, pintor estadounidense perteneciente a la corriente del esteticismo.
Además del cuadro, el texto es lo que más me llama la atención: "Viento norte desde Villa Narcissus, Capri". Coleman se enamoró perdidamente de la isla en cuanto puso el pie en ella, en 1880, compró y reformó una casa de huéspedes a la que llamó Villa Narcissus. La convirtió en un precioso palacete de inspiración árabe que ocupó hasta su muerte, en 1928. Allí pintó, además del mencionado cuadro, otras preciosas vistas de distintas villas envueltas en vides y paisajes que mostraban la cotidianidad de sus habitantes.
Hacia el final de su vida, Coleman vendió la propiedad a su amiga, la dibujante de cómics e ilustradora americana Rose O’Neill. De ella, sin embargo, nadie hace mención en las webs turísticas italianas, apenas hay un pequeño rastro de su nombre en la entrada que Wikipedia le dedica al pintor.
Rose O’Neill nació en Pensilvania, en el seno de una familia de clase media que cultivó su interés por las artes, pero se mudaron enseguida a Misuri. Su padre, William Patrick Henry, fue un librero amante del teatro y el arte; su madre, actriz, música y profesora. La pequeña Rose empezó a dibujar sus primeros bocetos muy jovencita, aprendiendo de forma totalmente autodidacta. A los trece años ganó su primer premio de dibujo, organizado por un pequeño periódico local, y a partir de ahí, comenzó a vender sus primeras ilustraciones a distintos diarios con las que ayudó a mantener a su familia. Animada por su padre, viendo que la criatura tenía posibilidades, Rose se marchó sola a Nueva York en 1893, a los diecinueve años.
En 1909 salían de imprenta por primera vez los Kewpies, una serie de historietas que tenían como protagonistas unos bebés gordos y torpes inspirados por los cupidos romanos que hacían pequeñas travesuras. El cómic se volvió un fenómeno de masas, niños y adultos lo compraban y O’Neill —con bastante ojo— cedió la licencia de explotación a una empresa alemana que creó merchandising, fabricando muñecos con cientos de tamaños y apariencias distintas. Para 1914, Rose ya era la autora mejor pagada de Estados Unidos y contaba con varias propiedades, entre ellas, una mansión familiar de catorce habitaciones y la Villa Narcissus que le compró a Coleman.
Aun teniendo una vida exitosa, la fama y el dinero, Rose O’Neill no podía evitar su mayor defecto: que le gustaran los hombres. Tuvo dos matrimonios fallidos: el primero con un viva la vida que se lo gastaba todo en apuestas y a quien tuvo que mantener toda su existencia; y el segundo, un editor de la revista Puck que primero le enviaba flores y luego resultó ser un celoso patológico que quería tenerla controlada en casa. A Rose sus parejas la querían someter y aprovecharse de ella viviendo de su riqueza mientras la obligaban a ser una buena esposa, silenciosa y obediente. Lo que no sabían es que, cada vez que intentaban dominarla, su conciencia solo despertaba más: Rose acabó convirtiéndose en una firme defensora de los derechos de las mujeres, hasta el punto de involucrarse activamente en el movimiento sufragista.
El 27 de septiembre de 2024, Toru Soeya, dueño de Dreams Inc., empresa de juguetes nipona, posó sonriente para la foto de un artículo en la revista Prestige, un magazín dedicado al estilo de vida y el lujo con una amplia distribución en Asia. Las manos del directivo sostenían su barbilla y bajo ellas se veía un montón de muñecos igualitos a los que Rose O’Neill creó hace ya más de cien años, y a los que Soeya bautizó como Sonny Angels. Gracias a campañas que inició Dreams Inc. en redes sociales como TikTok, y a que algunas personalidades famosas como Rosalía las tuvieran en la carcasa de su móvil, las figuritas han pasado de ser un artículo de lujo –con tiradas numeradas y limitadas– a volverse un fenómeno de masas que ya tiene sus propias versiones piratas de angelotes cañís, astures e incluso de Semana Santa. Hasta hace apenas unos meses, no había nadie sin su Sonny Angel asomando su tierna cabecita por la parte superior del móvil.
Casi todos los artículos que encuentro hablan de Toru Soeya como el creador o el inventor de los Sonny Angels, y de Rose O’Neill y sus Kewpies como fuente de inspiración. Es lamentable que, casi cien años después de que la ilustradora americana se forrara haciendo merchandising de sus creaciones, venga un señor a hacerse de oro a su costa y lo llamen inspiración. Lo que hace el empresario japonés no es muy diferente de lo que hizo el primer marido de Rose: ser un parásito. Pero si nos centramos en lo técnico, en términos artísticos, la inspiración sería la mecha que enciende una idea –mecha que puede ser ajena– y que sirve de punto de partida para crear algo totalmente distinto. Si decides cogerlo tal cual, al menos hazlo de forma elegante: rindiendo tributo a su autora y su memoria, reconociendo sus aportaciones al medio y haciéndole justicia. Coger una idea y hacerla exactamente igual, cambiando apenas dos o tres detalles, no es inspirarse, es copiar.
Menos de un año después de la publicación del artículo de Prestige, apenas queda rastro de los Sonny Angels en las carcasas de los móviles. Como todos los fenómenos virales, los angelotes parecen apagarse poco a poco y desaparecer. Sin embargo, lo único destinado a permanecer son los dibujos de Rose O’Neill, porque, a pesar de los años que pasen, sus niños curiosos y de mirada traviesa nos recordarán con su carita, como riéndose de nosotros, lo frágil que es nuestra memoria, lo poco que hemos hecho por conservarla y lo mucho que nos pueden los billetes. El espejo de nuestra era, supongo.
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