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Maquiavelo en el hemiciclo

Javier Cercas hace algo más que crónica del 23 F en su nuevo libro ‘Anatomía de un instante’, en el que ajusta cuentas con todas las visiones del golpe de Estado

PEIO H. RIAÑO

La grabación, casi 35 minutos después de iniciada, se acaba de repente con un torbellino de ruidosa nieve. La señal de las cámaras se desconecta y la representación finaliza. Hasta ahí el drama histórico retransmitido, en el que el presidente del Gobierno interpreta el papel principal, el de héroe.

Javier Cercas es uno de los pocos españoles que han visto la totalidad de la grabación del golpe de Estado y es de los pocos que han querido ver más allá de la retransmisión. Mondadori, la nueva editorial de Javier Cercas, puso a la venta el miércoles Anatomía de un instante, su nuevo libro que no se puede calificar como novela, ni como ensayo. Ni siquiera es algo concreto, pero sí se acerca bastante a lo que podría llamarse ficción documental si de una versión cinematográfica se tratase.

Cercas aplica lo que más le conviene de cada género. Hace crónica porque recapitula los sucesos del fatídico 23 de febrero de 1981 y se nutre con la argumentación de la investigación que lleva a cabo. Pero también hace ficción, a pesar de que en el prólogo aclare que esto que leemos es el fruto de una novela frustrada, porque ilumina lo que sabe del hecho con la elucubración de sentimientos, emociones, deseos, frustraciones y ánimos de los protagonistas del golpe militar. Así reconstruye las pesquisas que se encienden en silencio entre las llamadas de aquella noche, que Cercas imagina tan acertadamente.

Ese retrato psicológico se desata en el momento en que el general Alfonso Armada habla con el rey por teléfono y le dice que "la situación es grave, pero no desesperada", que puede explicársela, que va para la Zarzuela y se lo cuenta. Cercas entra en la cabeza de Sabino Fernández Campo e inventa lo que el secretario piensa: hay que impedir a Armada llegar a la Zarzuela para evitar que se adueñe del palacio, porque esa es su intención. Así que le arrebata el teléfono al rey y contesta a Armada: "No, Alfonso. Quédate ahí. Si te necesitamos te llamaremos".

El autor de Soldados de Salamina se ha empeñado en montar más de 400 páginas sin caer en los lugares comunes y las anécdotas más conocidas. Ha investigado lo suficiente como para poder despreciar citas tan notables como la famosa "Ni está, ni se le espera", de Fernández Campo a Juste sobre Armada. El valor de este libro está precisamente en su cara menos cronista, en el tratamiento novelesco que le permite revisar más airado y suelto sus conclusiones, justificando sus ideas y conclusiones de forma mucho más coloquial, escapando de los formalismos de manual historiográfico y recreándose en los sucesos que le contaron algunos de los principales protagonistas.

Cercas afirma y desmiente como lo hace en la prensa, porque no traga con que la realidad le imponga obligaciones. Cuando baja al hemiciclo y describe el drama el relato se vuelve policiaco: "Suárez es un fumador impenitente, lleva siempre tabaco encima y esta tarde no es una excepción, así que su gesto es una forma de pulsar a los asaltantes, tanteando su grado de permisividad con los secuestradores e indagando el modo de conseguir información sobre lo que está ocurriendo", escribe al inicio de la quinta y última parte de Anatomía de un instante.

El nuevo editor de Cercas, Manuel Aguilar, declaró a Público que el escritor ha concebido un relato "que funciona como un thriller y que narra el golpe de Estado casi hora por hora", que también considera que las similitudes entre este nuevo título y Soldados de Salamina son evidentes al participar ambas narraciones de gestos que marcan el desarrollo del acontecimiento. Si en la triunfal novela sobre la Guerra Civil encontró la mirada entre un miliciano y Sánchez Mazas, en Anatomía de un instante es el gesto de Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, que no se tiran al suelo a pesar del tiroteo de los guardias civiles.

Sin embargo, Aguilar cuenta que, durante esos tres años de trabajo que invirtió en el libro, Cercas ha acumulado tanto material y "tan potente que no había lugar para hacer una novela. La realidad era suficientemente potente para no añadir nada". Justo la gracia y acierto del libro reside en los márgenes de la realidad que el escritor consigue estirar hasta confundirla con los elementos de su invención.

Así ocurre al contar el coraje de Carrillo cuando decide no tirarse al suelo del escaño: "Pero justo antes de hacerlo advierte que frente a él, debajo de él, Adolfo Suárez sigue sentado en su escaño de presidente, solo, estatuario y espectral en un desierto de escaños vacíos. Y entonces, deliberadamente, reflexivamente -como si en un solo segundo entendiera el significado completo del gesto de Suárez-, decide no tirarse".

La nueva entrega de Cercas también es un manual de adiestramiento político, un ajuste de cuentas con las imágenes que hoy tienen campaña de lavado de imagen.

Toma la figura de Adolfo Suárez para poner orden en el revisionismo bonachón que invita a alabar al primer presidente del Gobierno de la nueva democracia española y hacer ejercicio de análisis para resolver preguntas: "¿Qué es un político puro?, ¿es lo mismo un político puro que un gran político, o que un político excepcional?, ¿es lo mismo un político excepcional que un hombre excepcional, o que un hombre éticamente irreprochable, o que un hombre simplemente decente?". Cercas cuela a Maquiavelo en el hemiciclo, pero no encuentra respuestas para el perfecto político, porque los que ha conocido no lo fueron.

De hecho, en el prólogo en el que el autor declara sus principios e intenciones, apunta cómo Anatomía de un instante es una contracrónica, porque él siempre entendió el golpe del 23 de febrero como un fracaso total de la democracia, a pesar de que la mayoría de los artículos, reportajes y entrevistas que caían en sus manos lo contaban como un triunfo total de la democracia. Y un contraataque contra el retrato político habitual de Suárez. Reconoce que antes de iniciar sus pesquisas veía al personaje como un "escalador del franquismo" que prosperó a fuerza de reverencias, "un político oportunista, reaccionario, beatón, superficial y marrullero que encarnaba lo que yo más detestaba de mi país".

También pasa por la navaja a la clase dirigente de entonces, lo que llama el "pequeño Madrid del gran poder", porque acusa a todos ellos de haber llevado sus conspiraciones contra el presidente del Gobierno a un extremo demasiado peligroso. A un lugar suicida en el que todos querían sacar a Adolfo Suárez, y en el que pocos rechazaron participar. "Así que, en los últimos días de 1980 y los primeros de 1981, la realidad en pleno parece conspirar contra Adolfo Suárez (o Adolfo Suárez siente que la realidad en pleno conspira contra él): los periodistas, los empresarios, los financieros, los políticos de derecha, de centro y de izquierda, Roma y Washington". Todos, hasta el rey, están hartos de la situación económica del país.

La imprudencia de los conspiradores, según Cercas, fue aproximarse demasiado a los tanques de los militares y llegar a pensar en un gobierno de concentración, dirigido por un militar. "Una fuerte dosis de aturullamiento irresponsable -cuenta el escritor- provocada por la comezón del poder les llevó a apurar hasta lo temerario el asedio al presidente legítimo del país, y, creyendo maniobrar contra Adolfo Suárez, acabaron maniobrando sin saberlo a favor de los enemigos de la democracia".