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La sociedad de la indiferencia y la falsa felicidad

Jessica Hausner advierte en 'Little Joe' sobre la apatía y el pensamiento único. Ciencia-ficción estrenada en Cannes que respira el espíritu de 'La invasión de los ladrones de cuerpos' y que retrata a la sociedad de la felicidad adulterada.

Emily Beecham
Emily Beecham con el niño que interpreta a su hijo.- NOUCINEMART

"No hay emoción, ninguna. Está fingiendo. Las palabras, el gesto, el tono de voz, todo lo demás es igual, pero no el sentimiento". Son palabras del libro de Jack Finney Invasión: los ladrones de cuerpos, que llevaron al cine Don Siegel (1956), Philip Kaufman (1978) y Abel Ferrara (1993). Al remake de éste último, Secuestradores de cuerpos, se refirió la cineasta austriaca Jessica Hausner en Cannes cuando presentó Little Joe, una película que respira de nuevo el espíritu de aquella historia en esta sociedad moderna, la sociedad de la felicidad adulterada.

Entonces, Hausner se preguntaba "¿por qué es tan valioso para esta sociedad ser feliz?" y se respondía con su propia película, relato del espejismo conquistado… a un precio demasiado alto. Protagonizada por Emily Beecham (Mejor Actriz en el certamen francés) y Ben Whishaw, la película presenta a Alice, una investigadora que desarrolla nuevas especies de plantas. Su último diseño es una crisálida que otorga la felicidad a quien exhala su perfume. La planta no resulta tan inofensiva.

Vainas enormes

"Es una historia sobre ese deseo de la felicidad y también de la perfección, de la relación de ambas cosas. Esa es la razón por la que inventé la idea de esta planta que te hace feliz. Nosotros nos reflejamos en ella, es el reflejo de esta sociedad de falsa felicidad", señaló la cineasta, quien además se pregunta en esta película por los cambios que se producen en un colectivo que vive con ese anhelo constante de dicha y bienestar.

Los personajes que se acercan a la crisálida creada por Alice se transforman, sienten algo parecido a la felicidad, es verdad, pero son como aquellas amenazantes y enormes vainas de las que nacían cuerpos aparentemente humanos, pero carentes de emociones verdaderas. "No quiero vivir en un mundo sin amor, o dolor, o belleza, prefiero morir", escribió Finney.

Indiferencia ajena al dolor

Es el mismo terror que acecha a la protagonista, madre divorciada con un hijo, que ve cómo la relación entre ellos se deteriora después de que ella le regale una de estas plantas. "En este sentido, Little Joe es una parábola sobre lo que es extraño dentro de nosotros –escribe en las notas de producción–. Esto se vuelve tangible en la película por medio de una planta que es aparentemente capaz de cambiar a las personas. Como resultado de este cambio algo desconocido emerge y se pierde algo que se creía seguro: el vínculo entre dos personas".

La película denuncia la realidad de una sociedad demasiado uniforme, de pensamiento único, donde huimos de emociones reales, de compromisos y responsabilidades, con individuos refugiados en la indiferencia y la apatía, instalados en una especie de neutralidad ajena al dolor que nos rodea.

Ben Whishaw
Ben Whishaw, en una escena de la película.- NOUCINEMART

Suelo fértil

Ello, además de indagar en las consecuencias de muchos experimentos de ingeniería genética "de los que realmente no podemos saber con certeza qué tipo de peligro pueden ocultar. Quizás ninguno en absoluto, pero no podemos estar seguros", dice Hausner, que con Little Joe se pregunta por las respuestas que nos dan la ciencia y los avances tecnológicos de hoy.

"Sin tomar partido aquí, estoy interesada en este aspecto de nuestro tiempo, que está determinado por un lado por los avances científicos y por el otro por semi verdades que se extienden en Internet. Y por la extraña comprensión de que incluso los científicos solo pueden en muchos casos suponer, sin saber con certeza. Es un suelo fértil para todo tipo de teorías de conspiración".

La hormona de la madre

Por último, Little Joe pone en evidencia una sociedad en la que las mujeres que son madres aún sienten la culpa de prestar más atención o más tiempo al trabajo que a sus hijos, una sociedad que todavía las juzga y castiga por ello. No es casualidad que la hormona esencial en la creación de la crisálida sea la oxitocina, 'la hormona de la madre'.

"El tema de la maternidad es lo que más me interesa personalmente de la película y fue el punto de partida para tener una figura femenina –dijo la cineasta en Cannes–. Ella ama su trabajo, pero también ama a su hijo, y ambos se convierten en monstruos. Creo que hay muchas madres que tienen mala conciencia cuando dejan ir a sus hijos y me pregunto por qué. Parece que es más fácil para el padre. Y creo que eso también es lo que quería decir, que está bien que una madre se concentre en su trabajo y que otra persona cuide a su hijo. Es algo que no está establecido en la sociedad y todavía se te juzga por algo así".