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Sontag, la diva confundida

Benjamin Moser (Houston, 1976) publica en Anagrama la biografía de Susan Sontag, una suerte de ensayo con el que ha conseguido el premio Pulitzer.

"Sontag no hubiera podido sobrevivir en la cultura actual. No se permite decir nada que pueda ser ofensivo"
Susan Sontag./Archivo

Queralt Castillo Cerezuela

Benjamin Moser (Houston, 1976) es mucho más que un biógrafo. Es el biógrafo; o por lo menos, el biógrafo del momento. Acaba de publicar un libro monumental, un libro poderoso y nada cobarde, con el que ha ganado el Premio Pulitzer de Biografía y que Anagrama ha tenido a bien publicar. Se trata de Sontag, vida y obra, un ensayo. 703 páginas llenas de buenas decisiones para un encargo nada fácil: relatar la vida de uno de los iconos, quizá el icono, de la intelectualidad neoyorquina del último siglo.

Lo que Moser hace con este encargo no es un recorrido de datos; no es un informe forense como ocurre con tantas otras biografías. Las páginas, que discurren a ritmo cinematográfico, toman cierto aire especulativo. No hay certezas, pero tampoco hay dudas. Ni se la encumbra con las condescendencias que da la muerte (Moser toma partido y lo hace con todos los riesgos), ni se la machaca. "No es un acto de sacralización, sino más bien una profanación: una restitución de lo humano", asegura Valentí Roma, comisario de la exposición Sobre la fotografía, que se exhibe estos días en La Virreina Centre de la Imatge, en Barcelona y que pivota alrededor de las reflexiones de la intelectual estadounidense. La exposición estará hasta el 4 de octubre. Una de las principales dificultades con las que se ha encontrado Moser a lo largo de estos siete años de estudio de la vida de Sontag, es la cantidad ingente de material con el que ha tenido que trabajar: más de 100 volúmenes de diarios, entrevistas a 573 personas ("algunas entrevistas duraban diez minutos, pero otras se alargaban hasta las diez o doce horas"), libros de ficción, ensayos, obras teatrales etc. "Lo más complicado era saber captar la universalidad de Sontag, una figura cosmófaga que lo quería todo". Para el biógrafo, ha sido fundamental una buena organización y la sistematización del trabajo.

Nada es objetivo y Moser, por supuesto, selecciona. "Los temas que yo pongo en el libro, son los temas que a mí me interesan. Tener delante a una persona tan grande, con tantos asuntos y tantas posibilidades puede parecer un lujo, pero al mismo tiempo no lo es, porque te puedes ahogar en la exuberancia de la cantidad de temas. A mí personalmente me interesaba mucho su visión entre imagen y la realidad".

La fotografía marcó la vida de Sontag, impactó en ella como un meteorito cuando era adolescente, con 14 años, una foto del campo de concentración de Dachau le atravesó el cerebro y no la olvidaría nunca. También la fascinación por su madre y su hijo, David Rieff (quien originariamente le encargó la biografía a Moser), con los que desarrollaría una relación casi enfermiza de posesión y nada común. Así era ella: extrema y poco común hasta para las cosas más nimias.

Un pozo de fascinación

A día de hoy, continúa siendo un misterio el por qué Sontag despertaba (y despierta) tantísima fascinación. Ya en los sesenta era un personaje que inspiraba novelas de otros escritores. Carismática e inteligente, era una de esas auras que tienen estrella. Todo carisma; a pesar de que sus diarios puedan demostrar lo contrario. Todo el mundo se fijaba en ella. Desprendía tantísima energía que su tribu se solía sentir empequeñecida a su lado.

"Ese carisma puede salvar o destruir a la persona. Sontag tenía algo que excitaba a la gente, incluso en el ámbito sexual. Era una fantasía intelectual, también. Todo eso era lo que ella proyectaba". Sin embargo, esa imagen de sí misma se derrumbaba cuando llegaba a casa y escribía sus diarios. Se descubre, en los diarios, a una persona insegura, con un síndrome de la impostora exacerbado, con tantísimas dudas y frustraciones que parece imposible pensar que sean la misma persona.

A lo largo de toda la biografía, Benjamin Moser intenta cabalgar esas dos facetas, esas dos Susans, tan opuestas, tan contradictorias y, a la vez, fascinantes. La misma dualidad y dicotomía que presenta su personalidad sería la fuente de su infelicidad.

Dudaba, y mucho, pero eso los demás no lo sabían. "Sus opiniones no siempre eran ciertas y era una persona que se equivocaba bastante, y de una manera interesante, ya que se contradecía constantemente. La Sontag de cara al público lo sabía todo, pero en realidad no era así. Y esa es la gracia de Sontag. No puede haber punto y final en ella (...) Todo el mundo adopta diferentes roles en función del contexto, pero ella era tan extrema…Ella era una diva, más que todo. Era como diez personas en una; las personas extremas son así y por eso me gustan. Nunca me aburrí en siete años, indagando y escribiendo sobre ella".

A menudo ella se autocalificaba como persona cruel. Para Moser, esa crueldad convivía con la bondad de una persona que no sabía siempre qué hacer en público, demasiado sincera y con ganas de no pasar desapercibida. "Eso es lo que la hace un personaje fantástico: no es nada plano, no hay un año en su vida en que no pase algo".

El escritor Benjamin Moser posa para la prensa gráfica durante la presentación este martes en Barcelona de la biografía 'Sontag. Vida y obra'. EFE/Alejandro García

Sarajevo, el momento determinante

"Ella quería hacer algo en la vida, ya desde pequeña". Ese punto de inflexión lo marcó Sarajevo. En 1993, la estadounidense estrenó en la Sarajevo sitiada Esperando a Godot, de Samuel Beckett, en un teatro con cabida para 80 espectadores. "Cuando murió Susan, su hijo pensó en enterrarla en Bosnia, porque allí ella es muy querida, pero finalmente se decantó por Montparnasse, en París". Reconoce Moser que Sontag anheló siempre una causa, y la encontró no en Vietnam del Norte (donde estuvo durante la guerra) ni tampoco en Cuba, sino en Sarajevo, ciudad con la que terminaría "obsesionándose".

Gervasio Sánchez, muy vinculado a la guerra en Bosnia, siempre explica que ella personalmente hizo un llamado a centenares de intelectuales y escritores tanto norteamericanos como europeos para que fuesen a Sarajevo a denunciar el drama de la guerra.

Sontag viajaba, y mucho. Asegura Moser que en 1972 visitó unos 40 países. Su afán por conocer era tal que resulta casi agobiante pensar en el ritmo de vida que llevaba. Se cuenta en la biografía que había que insistir para que se duchase, para que comiese, para que hiciese algo que no fuese leer y escribir. "Vivía totalmente obsesionada". Fumaba, y mucho, y apenas dormía. "Se sentía culpable por hacerlo"; quizás por eso pasó buena parte de su vida hinchándose a anfetaminas.

Parece evidente que a Benjamin Moser le gustan los asuntos mayúsculos, ya lo demostró con la publicación de la maravillosa Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector (Siruela, 2009), por eso, dice, nunca dudó en aceptar el encargo, a pesar del consejo de Paul Auster, quien le indicó que no se metiese en líos. Buena decisión. La biografía de Sontag parece un libro a los que siempre volver en caso de incendio.