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Las tres lecciones de la escuela seriéfila británica

Las series británicas no dejan de triunfar al otro lado del Atlántico. Crítica, público y premios caen rendidos a sus pies. Títulos como ‘Downton Abbey’ y ‘Sherlock’ son habituales en las nominaciones mientras surgen nuevos títulos como ‘The Missing’ y ‘The Honorable Woman’ y se anunciar remakes de ‘Luther’ y ‘Utopía’. ¿A qué se debe este éxito?

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Combo de varias series británicas emuladas en EEUU.

En un panorama televisivo tan abierto y global, donde proliferan los canales temáticos y donde las producciones se amontonan en la línea de salida esperando a encontrar un resquicio en la parrilla en el que ser programadas, las series ‘made in UK’ se han hecho un notable hueco a base de guiones de calidad, actores de fuerte presencia y propuestas arriesgadas. No hace falta remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar muestras de su éxito. El pasado domingo, sin ir más lejos, en unos Globos de Oro plagados de sorpresas, una de ellas vino de la mano de Joanne Froggatt.

La protagonista de Downton Abbey, que no fue la única que puso el acento británico ya que también estaban nominadas Frances O’Connor y las miniseries The Missing y The Honorable Woman, se alzó con la segunda estatuilla de la noche. Una más para una serie que no cesa de cosechar éxitos en audiencia y premios al otro lado del Atlántico. Lo mismo que le ocurre a Sherlock, triunfadora en los pasados Emmy y todo un fenómeno a nivel mundial que ha colocado en primera línea a sus dos protagonistas, Martin Freeman y, sobre todo, Benedict Cumberbatch. Ambas aplaudidas y admiradas, sí. Pero no respetadas al mismo nivel. Con Downton Abbey no se han atrevido (por ahora) a hacer un remake.

Hay ejemplos tan recientes como Elementary (la Sherlock yanqui), Gracepoint (basada en la redonda Broadchurch), House of Cards, las futuras Utopía y Luther y las más alejadas en el tiempo The Office, Being Human, Queer as Folk, Shameless y Mistresses

Podría argumentarse que se debe a que Downton es muy británica. Cierto. Aunque, ¿hay algo más británico que Sherlock Holmes? Con la serie de Steven Moffat y Mark Gatiss sí que se arriesgaron al igual que con tantas otras británicas que han intentado ‘nacionalizar’ con mayor o menor éxito. Ahí están ejemplos tan recientes como Elementary (la Sherlock yanqui), Gracepoint (basada en la redonda Broadchurch), House of Cards, las futuras Utopía y Luther y las más alejadas en el tiempo The Office, Being Human, Queer as Folk, Shameless y Mistresses. Algunas como The Office y House of Cards cuajaron y otras como Gracepoint, no tanto. Comprensible lo de Gracepoint si se tiene en cuenta que su prima hermana había sido ya emitida y que las similitudes entre la original y su remake llegaban a tal punto de que el papel protagonista estaba interpretada en ambos casos por David Tennant.

La calidad, duración y actores

En los últimos años, los seriéfilos más exigentes han encontrado en el mercado británico un auténtico bazar de títulos de calidad superior al que incluso los estadounidenses se han rendido. En la meca del cine y las series, donde se produce más que en ningún otro sitio, no sólo han importado títulos intentando hacerlos suyos o no, sino que también han puesto en práctica lo que podría dar en llamarse las tres lecciones de la escuela británica. A saber, una duración controlada, un planteamiento distinto y actores poco o nada conocidos.

En el Reino Unido pocas series sobrepasan la decena de episodios y algunas como Sherlock y Black Mirror se limitan a tres por temporada

La primera es, quizás, la lección más importante y de la que todo el mundo debería tomar nota. Cierto es que no es exclusiva de los británicos, pero no lo es menos que son quienes mejor la ponen en práctica. ¿Por qué hacer series de 23 o 24 capítulos de duración cuando puede contarse lo mismo en diez? En el Reino Unido pocas sobrepasan la decena de episodios y algunas como Sherlock y Black Mirror se limitan a tres por temporada. Con esto se consigue un doble efecto: prescindir del innecesario relleno o estiramiento de la historia y generar en el espectador la necesidad de más.

La segunda lección tiene que ver con el formato y la narración. Los mejores ejemplos son Utopía y Black Mirror. Dos series no aptas para el gran público, de las llamadas de culto, que rompieron con lo políticamente correcto y sentaron las bases de una nueva forma de contar las cosas. No son series bonitas, ideadas para agradar. Están pensadas para remover conciencias, para hacer sentirse incómodo al espectador y obligarle a pensar, a replantearse algunas cosas. Sin llegar al nivel de Utopía (cancelada en su segunda temporada y que tendrá un remake americano de la mano de David Fincher) o Black Mirror, en Estados Unidos hay cada vez más ficciones que se suman a esta corriente, como Hannibal. U otras como True Detective y The Affair que recurren al flashback o a los puntos de vistas distintos para ofrecer un producto diferente. Muchas veces no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta.

En el capítulo de actores poco o nada conocidos ayuda el hecho de que muchos se hayan curtido sobre las tablas o de que el cine británico no sea tan de masas como el de Hollywood. El espectador ve The Missing y no la ‘serie de James Nesbitt’. Ve Broadchurch y no la ‘serie de David Tennant’. Ambos son actores conocidos, pero no de los que arrastran espectadores ante la pantalla como pueda ocurrir, por ejemplo, en casos estadounidenses como House of cards (Kevin Spacey) y True Detective (Matthew McConaughey y Woody Harrelson). Un fenómeno cada vez más común debido al continuo desembarco de actores tradicionalmente del cine en la televisión.

En España también han intentado tomar nota de algunas de estas lecciones, sin el mismo resultado, con series como El Príncipe y Cuéntame un cuento. No ha cuajado el experimento, pero el germen está ahí. Todo es cogerle el truco y aplicar bien la lección aprendida.