Verano porteño (5)
Roberto Esteban rememora sus dos encuentros anteriores con el Turco, un personaje del que no podía esperar nada bueno.
Este es el quinto capítulo de la novela de verano por entregas de David Torres.

-Actualizado a
Al Turco lo conocía bastante bien desde aquella noche, casi en otra vida, en la que nos enfrentamos en una pelea ilegal en un solar en las afueras de Getafe. Digo Getafe por decir algo, porque en aquella época casi siempre estaba borracho. Los combates consistían en una escabechina donde valía de todo -excepto quizá mordiscos- mientras los contrincantes entraban y salían del círculo como patitos de cartón en una feria. Los asistentes primero pagaban un dineral por ver cómo nos sacábamos el alma a hostias y luego apostaban otro dineral por la victoria de uno u otro. Ni siquiera recuerdo cuál de los dos ganó. Probablemente, del Turco no hubiese conservado ni el mote con que lo apodaban de no ser porque, años después, contactó conmigo para reclutarme en su equipo. Fui a verlo a unos billares al lado de Tirso de Molina, una covacha donde reinaba como un gorrino en una cochiquera. Cuando me explicó a lo que se dedicaba, le dije que no, que yo voy por libre, lo que quiere decir que no acepto un encargo si no me da la gana de aceptarlo.
-Joder, Roberto -dijo-. ¿Ahora tienes principios? Quién iba a decirlo.
-Me crecieron tarde, pero ya ves.
-Sabes, nunca he creído eso de que la gente cambia.
-Créetelo, Turco. Cómprate un espejo.
No hablaba por hablar: había engordado como treinta kilos desde el día que nos peleamos. Aquel bigardo de casi dos metros, de melena rizada, tapizado de músculos de arriba abajo, estaba prácticamente calvo, recubierto de grasa y lastrado por una de esas barrigas cerveceras que dificultan el ejercicio del billar. El Turco examinó la posición de las bolas y rodeó la mesa para atacar la carambola desde otro ángulo. Aplicó tiza al taco, apuntó con cuidado, la bola blanca rebotó en tres o cuatro bandas y golpeó con delicadeza, casi sin fuerzas, a sus dos camaradas.
-Tú en cambio, sigues hecho un atleta. Debe ser por la dieta y porque la calle te sirve de entrenamiento. También cansa lo suyo, no me jodas. Piénsatelo, hombre. Te ofrezco un buen puesto. Poco curro, mucha pasta y en unos meses podrías estar como yo, dirigiendo tu propio equipo.
-Hablas como si hubieras hecho un curso de empresariales.
-Exacto. La gente para la que trabajo no mira el currículum precisamente. En este país los estudios no es que sirvan de gran cosa. Basta conectar con el tipo adecuado en el momento adecuado.
-Con un poco de suerte, hasta podrías acabar dirigiendo un partido político.
-No tanto, no tanto -sonrió y dio tiza otra vez al taco-. Aunque sólo porque estoy fichado. Si no lo estuviera, vete a saber. Lo mismo ahora era concejal de urbanismo.
-A lo mejor lo eres y no te has enterado.
-Te lo digo en serio, hombre.
-No insistas, Turco.
Pero insistió y yo tuve que volver a rehusar. Explicarle que no me apetecía incorporarme a esa brigada de sicarios con la que desalojaba viviendas okupadas. Que no me hacía gracia reventar a golpes a chavales indefensos ni echar a la calle a familias de inmigrantes sólo para que un banco preservara impecables sus inmuebles vacíos.
-No te saques tantas excusas de la manga, hombre. Di que no te caigo bien y ya está.
-Eso también influye, sí.
-¿Quién te crees que eres? ¿Un caballero andante que va por ahí ayudando a los necesitados? ¿Un justiciero que actúa donde la ley no alcanza? No eres más que un matón, métetelo en la cabeza. Un matón como yo, como todos estos.
Señaló con el taco a la caterva de bestias que le escoltaba en los billares. Tenía razón, pero no iba a dársela. A fin de cuentas, a lo largo de mi vida había rechazado bastantes fajos de billetes por la sencilla razón de que, en su momento, mis tripas me lo desaconsejaron. Prefería dormir tranquilo por las noches, aunque fuese cobrando cien euros por ahuyentar a un ex celoso o por convencer al jefe de una oficinista que dejara de acosar a una empleada. A veces, incluso, trabajaba gratis, que es lo que pensaba hacer con Belgrano y sus vecinos. Pateando las calles, cocido por el calor, rescaté aquel encuentro con el Turco mientras las bolas chocaban y chocaban en el billar de la memoria. Sin embargo, no lo encontré en el garito de Tirso de Molina donde me había citado una década atrás. Ni siquiera estaba el garito: en lugar de los billares, ahora se alzaba un bazar chino, lo cual demostraba que, en efecto, el tiempo altera las cosas, aunque sea únicamente para engordar, envejecer, trasladarse de barrio, hacer una mudanza. Pero yo necesitaba creer que había cambiado, que había dejado atrás al bruto que se partía la cara por cuatro duros, que era algo más que un simple matón de tres al cuarto.
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