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El piloto que corre gracias a que sus padres empeñaron la casa

Erik Morillas alterna su trabajo en el taller familiar de Vallecas con su carrera como piloto de motos. Sus padres avalaron el domicilio y estuvieron cerca de perderlo. Ángel Nieto, que comparte con él sus orígenes, le ha apadrinado

Erik Morillas, con Ángel Nieto el pasado martes.

MADRID.- Uno entra en el santuario familiar de Vallecas y casi le faltan manos para saludar. En el centro de la numerosa cuadrilla formada por familiares, el representante y amigos se coloca el protagonista. Y, en segundo plano, el hacedor de todo esto. El padre, José, que anda trabajando en el taller a media mañana. Pregunto casi como un neófito si la moto que exhiben en un pedestal la han montado ellos desde cero y Erik sonríe entre atónito y conmovido por mi desconocimiento. “No, hombre. La compramos y después cambiamos y añadimos algunas cosas”. Erik Morillas (Madrid, 1988) corre con ella en el Campeonato de España de Superstock al tiempo que trabaja en el taller de la familia. Su pasión y su deber.

“Aquí hay que currar y sacar el pan. No vale venir a la hora que quiera. Hay que sacar el tiempo de donde no lo hay, porque este es un esfuerzo tanto suyo como mío”. Suyo, de su padre, que comparte la historia de su hijo. Siempre fue mecánico; primero de coches y luego de motos. Pero también quiso hacer sus pinitos sobre las dos ruedas hace cuatro décadas. Después le tocó a su hermano, José Carlos. Y ahora es su oportunidad. De ahí le viene al chaval su amor. “Siempre hubo en mi casa una cultura del motor. Empezó como una afición, pero al final coges el hábito y quería competir, demostrar que era mejor que los demás”.

Pero la empresa fue complicada y muy arriesgada. La moto valía 45.000 euros y los padres, que por un hijo empeñan lo que haga falta, pidieron un crédito y lo avalaron dos veces con su domicilio. El banco casi los deja en la calle. “Claro que se siente presión. Piensas: ‘No puedo caer. Si no, se va todo al garete’. Pero pilotando no puedes pensar en eso, en lo que ha costado y en que toda la familia va con la lengua fuera. Porque al final te bajas y no corres. Intento disfrutar y darle vueltas a la cabeza lo menos posible. Aunque tratas de no arriesgar demasiado y cuando te caes piensas: ‘¡Hostia! Que esto se te puede ir de las manos’”.

La crisis, sin embargo, no ha dado demasiados latigazos a la familia Morillas. El taller no funciona mal, dentro de lo que cabe, ya que en esta época no se compran tantas motos nuevas, sino que se suele acudir más al mecánico para reparar las viejas. “Pero para ganar lo que antes ganabas con tres, tienes que arreglar diez”, advierte el más pequeño de los cuatro hermanos. Vive con uno de ellos y con sus padres en Vallecas, aunque sólo él acompaña al patriarca en el día a día entre bujías, neumáticos, tornillos y una larga ristra de utensilios y herramientas. Un sacrificio que comenzó hace casi una década, cuando contaba con sólo 11 años.

“No me gustaba estudiar y mi familia vive en la cultura de que si no estudias tienes que trabajar, hacer algo en la vida. Hay que ser honrado. Desde muy pequeño me han enseñado los valores por los que me he regido: humildad, trabajo y sacrificio”. Así que, como quería montarse en la moto, empezó barriendo el taller. Y su bautizo llegó por casualidad. Su padre tenía un equipo en el Campeonato de Madrid de Scooters y le invitó a subirse a las dos ruedas cuando uno de los pilotos le dejó tirado. Hizo la pole y ganó la carrera contra rivales de treinta y tantos años. Y eso pese a que tuvo que arrancar en último lugar porque era tan pequeño que no llegaba a tocar con sus pies el suelo.

Después fue adquiriendo experiencia y promocionando en campeonatos hasta que en 2010 le hicieron el lío. Hubo la transición a la categoría Moto2 y la moto necesaria ya se subía a la parra: 150.000 euros. Demasiado para los Morillas. Tuvo que correr en premios territoriales que frenaron su evolución. La crisis, que ha tocado todos los palos, llegó entonces también a las dos ruedas. Hasta las furgonetas han sustituido a los tráilers, observa Erik. Y eso ha igualado mucho más las cosas. “Ha permitido que chavales que estamos empezando y que venimos de un taller podamos sacar la cabeza. Si las federaciones facilitan que un campeonato sea económico, habrá más inscripciones, que es como se financian estos organismos. Si no, es muy difícil acceder a motos de 200.000 euros. Uno puede ser humilde, pero en las carreras no existe la humildad, sólo el más rápido. El resto no vale”.

Ahora, con patrocinios y el apadrinamiento de Ángel Nieto, todo parece más encauzado. Pero cuando no lo fue, cuando no había dinero, ni moto en condiciones para correr, se consolaba en lugares como circuitos de karts. “Te buscas la vida, sea donde sea. Te mola correr, tío, y lo necesitas”. El 29 de marzo comienza el Campeonato de España de Superstock y Erik partirá, esta vez sí, como uno de los favoritos. Si lo gana, intentará dar el salto al Mundial de Superbikes. El mítico 12 + 1 campeón estará ahí para ayudarle y aconsejarle: “Le dije: ‘Si quieres, te puedo echar un cable. Me gusta la gente con pasión e ilusión. Con ello se llegan a conseguir cosas”. El mítico piloto español comparte orígenes y comienzos con Erik. Creció en Vallecas y, casi con una mano delante y otra detrás, marchó a Barcelona para dar el pistoletazo a su prodigiosa carrera. “Conozco a Ángel de siempre, desde que nací”, confiesa absolutamente fascinado.

Hasta que pueda ganar tanto dinero que retire a su padre y a sí mismo del taller, Morillas continuará con su infernal ritmo de vida, que, sin embargo, le deja tiempo que dedicarle a su novia, Tamara. Parece difícil de imaginar entre tanto entrenamiento –obra de su hermano mellizo, Borja- y herramientas. Duerme cuatro horas. Se levanta a las 6.30. Corre diez kilómetros. Trabaja hasta las 14.00. Hace 40 minutos de bici en el descanso para comer. Vuelve al trabajo. Sale entre las 20.00 y las 21.00 del taller. Corre otra hora y media y le dan las 23.00. Se ducha y cena. Y a la 1.00 se va a acostar. Los fines de semana no se relaja paseando, yendo a discotecas o bares o haciendo el vago en casa. De hecho, casi no recuerda la última vez que vio la tele o la “única” que salió de fiesta. Él tiene carrera. “La gente me dice: ‘Te resultarán difíciles después de toda la semana’. Y yo les digo: ‘¡Hostia!, yo en las carreras descanso, tío’”.