Entrevista a Òscar Murciano"Las huelgas ofensivas pueden contribuir a construir un contrapoder social"
Hablamos con el ex secretario de Acción Social y Sindical de la CGT de Catalunya, que publica el libro 'Cómo ganar una huelga'.

Barcelona--Actualizado a
Es conocida aquella cita según la cual "la única lucha que se pierde es la que se abandona". Sea verdad o no, la cuestión es que muchas luchas se han perdido antes de tiempo por falta de preparación y estrategias que hagan cambiar la postura de la empresa o del gobierno de turno. Así lo explica Òscar Murciano, el exsecretario de las áreas de Acción Social y Sindical de la Confederación General del Trabajo (CGT) de Catalunya entre 2014 y 2023.
En el libro Cómo ganar una huelga (Libros de la Catarata), este ingeniero en informática analiza las claves que deben permitir afrontar con garantías una determinada demanda laboral. Para el miembro del sindicato de orientación anarcosindicalista, secretario de Acción Sindical del sindicato de Actividades Diversas de Terrassa, el carácter ofensivo de las últimas huelgas pone de relieve la eclosión de un sindicalismo que, en coordinación con otros espacios, aspira a ocupar la centralidad en los procesos de transformación que reclaman las clases más precarias de la sociedad.
Últimamente hemos asistido en Catalunya a una oleada de huelgas en defensa de la educación pública. ¿Qué lectura hace de estas movilizaciones?
Son huelgas que, si han funcionado, es porque detrás han tenido un nivel de organización y una capacidad de socializar el conflicto más allá de los centros de trabajo. Gracias a su carácter ofensivo, han mantenido las demandas frente a un Govern que ha intentado enfrentar a los profesores y desacreditar a los convocantes haciendo creer que sus peticiones son descabelladas.
¿La realidad que se vive en los centros se ha sobrepuesto a este discurso criminalizador?
Las huelgas en la educación han tenido la capacidad de socializar el conflicto más allá de los centros de trabajo
La articulación entre los convocantes y la toma de conciencia de los afectados ha puesto contra las cuerdas al ejecutivo del PSC, al que de nada le ha servido vender la falsa idea de que el seguimiento sólo había sido del 35%. Cualquiera que analizara los datos, vería que ha llegado en torno al 80%, pero aunque hubiera sido baja, la clave ha sido generar una presión insostenible.
¿La huelga ha contado con los elementos necesarios para marcar la agenda?
Ha cumplido con el esquema de entender que forma parte de una batalla donde también hacen falta conflictos móviles; es decir, asambleas, grupos que interpelen a los responsables políticos y una burbuja de acciones dispersas que, en conjunto, consigan romper con la resistencia del poder creando un problema social. Al fin y al cabo, si quieres que prosperen las reivindicaciones, hay que tener una visión más amplia y adoptar varias estrategias en paralelo.
Tampoco el acuerdo firmado con CCOO y UGT, que en Catalunya tienen más afiliados que el resto de sindicatos, ha impedido frenar las reivindicaciones. ¿A qué lo atribuye?
CCOO y UGT, que en algunas empresas tienen una posición coherente, ya no convencen a la mayoría
Esta maniobra de la Generalitat habría funcionado hace veinte años, porque entonces podía exhibir un intangible, como era la credibilidad. Pero ahora ambas organizaciones, que en algunas empresas tienen una posición coherente, ya no convencen a la mayoría, algo de lo que deberían tomar nota. Porque si no, cada vez tendrán menos influencia.
También se ha intentado deslegitimar las huelgas afirmando que los niveles de afiliación sindical han disminuido en los últimos años. ¿Es así?
Forma parte del relato, cuando si alguien ha perdido son CCOO y UGT, precisamente quienes cada vez han presentado un número menor de conquistas laborales. En cambio, es la CGT quien que más ha crecido a base de saber vehicular los conflictos. El problema no es tanto el sindicalismo en sí, como unas estructuras envejecidas que han dejado de ser atractivas. En cambio, fruto de alcanzar victorias, el sindicalismo alternativo ha doblado sus miembros.
¿Estamos ante un cambio de hegemonía?
Existe el agotamiento de un sindicalismo que, en el actual contexto de inflación, no está deteniendo los retrocesos
De momento, existe el agotamiento de un sindicalismo que, en el actual contexto de inflación, no está deteniendo los retrocesos ni ofreciendo la tranquilidad que antes daba a los que no querían líos. Esto ha llegado al límite, poniendo al descubierto que las huelgas útiles son las ofensivas. Lo prueba la que realizaron los trabajadores del servicio de drogodependencia de la Cruz Roja. Con el nuevo convenio, han incrementado el salario anual en 12.000 euros. Este es el verdadero sindicalismo útil, que a través del boca a boca y acciones combinadas, fuerzan la negociación y conquistas relevantes.
En su libro, Cómo ganar una huelga, critica los paros de 24 horas que convocan algunos sindicatos. ¿Son estériles?
Son escenificaciones que no conducen a ningún cambio sustancial. Por eso, hay que prepararse bien, saber a quién te enfrentas y estar convencido de que habrá un pulso. Desgraciadamente, algunas veces la falta de convicción ha hecho que se perdieran demandas que, con un poco más de presión, se habrían ganado. Lo dicen los más experimentados: después de reuniones e intentos de la empresa para ocultar el desgaste, hay que aguantar para alcanzar el objetivo.
Con todo, ¿cómo han evolucionado la huelgas durante las últimas décadas?
Lo más importante es que han roto aquel mantra según el cual no servían de nada. Así se ha visto con las huelgas de aplastamiento que ELA y LAB han impulsado en el País Vasco, o la CIG en Galicia, con unas cajas de resistencia de millones de euros, conb las cuales han conseguido vencer el inmovilismo del empresario. Un escenario que en Catalunya aún no se da, si bien en la CGT hemos introducido elementos de creatividad y radicalidad que han ayudado a que los conflictos no se estanquen. Sin olvidar la influencia que, para nosotros, tiene el nuevo sindicalismo de Estados Unidos y algunas experiencias en Alemania, donde con la complicidad de otros sectores se han creado dinámicas de turbomovilización con suficiente potencial para transformar la realidad. Y, para acabar, añadiría que, en lugar de optar por huelgas defensivas que probablemente acaben en despidos o acuerdos alejados de las expectativas iniciales, se ha evidenciado que los conflictos que fijan demandas claras para todos son los que más movilizan.
Se ha evidenciado que los conflictos que fijan demandas claras para todos son los que más movilizan
¿La atomización en las nuevas formas de trabajo no impiden sacarlas adelante?
Nos tenemos que adaptar, buscando fórmulas imaginativas de coordinación. En el libro cito el caso de los repartidores, que a pesar de tener un trabajo que los aísla, han sabido poner en común sus reivindicaciones. Y lo mismo ocurrió con las huelgas protagonizadas por los técnicos de Movistar en 2015 o por los transportistas alemanes el pasado 2023: recurrieron a las redes sociales para romper el aislamiento al que nos empuja el sistema.
Las huelgas han mutado hacia sectores no estrictamente laborales, como el feminismo, el movimiento por la vivienda o el organizado en apoyo al pueblo palestino. ¿Cómo lo valora?
Mientras consigan sus objetivos, tendrán validez, ya que, al fin y al cabo, son herramientas de lucha. De modo que sería un error sacralizarlas o pensar que deben ser compartimentadas en el ámbito del trabajo. Al contrario: todas se retroalimentan y responden a injusticias que afectan a nuestra vida. A raíz de las huelgas feministas, por ejemplo, ha habido una entrada importante de mujeres en la CGT, y en términos similares, ha ocurrido con los jóvenes que se apuntan al Sindicat de Llogateres, con quien hemos establecido un marco de coordinación para impulsar movilizaciones conjuntas.
¿Esto da esperanza en Catalunya para construir un sindicato capaz de convertirse en un contrapoder social?
Tenemos 26.000 afiliados y pensamos que, en una década, llegaremos a los 50.000
Las inercias son lentas y pesadas, por lo que todavía estamos lejos de este horizonte. Sin embargo, en la CGT ya hemos alcanzado 26.000 afiliados, el doble de hace diez años, y pensamos que, en una década, llegaremos a los 50.000. Una cifra que, para condicionar el panorama político y social, debería superar los 250.000. Sólo falta encontrar el momentum para llegar a ser tan fuertes como lo fue la CNT en los años 20 del siglo pasado, una organización de la que podemos aprender cosas con el objetivo de que, desde la practicidad, la ambición y nunca desde la nostalgia o el dogmatismo, escalemos hasta esta posición. Las huelgas ofensivas pueden contribuir a construir un contrapoder social.

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