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Lira turca La pasión turca de los mercados, en 10 claves

La Turquía de Erdogan ha acabado con la imagen, no tan alejada en el tiempo, de que el mayor mercado de cultura islámica, constitucionalmente laico, podría incorporarse al club europeo. De raíces liberales y cristianas. Pero su viraje autoritario ha desencadenado una tormenta económica y una crisis geopolítica con EEUU de consecuencias imprevisibles.

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Un cartel de una casa de cambio que muestra liras turcas y dólares. / REUTERS - KHALIL ASHAWI

Recep Tayyip Erdogan ya no es el jerarca otomano que convirtió al último gran imperio oriental en uno de los paraísos de inversión de entre los grandes mercados emergentes -tan atractivos para acaparar beneficios como peligrosos por las elevadas volatilidades de sus valores, divisas y productos financieros- durante las dos grandes crisis económicas occidentales: la financiera de 2008 y su precedente, la de las punto.com, en 2003.

Precisamente, el año en el que accede a la jefatura del Gobierno de Ankara, en la que, con las sólidas y sucesivas victorias de su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AK Parti) en las urnas, ha permanecido hasta 2014, cuando toma las riendas presidenciales del país. Desde entonces, su deriva islamista ha ido en aumento.

 Su punto álgido fue el intento de golpe de estado de julio de 2016. Aquella asonada propició el cambio de rumbo de Ankara. Erdogan dejó de ser el interlocutor respetuoso al que le encantaba hacer de enlace entre Occidente y el mundo islámico. Acabó con su ejercicio de apagafuegos entre ambas civilizaciones. Para evitar su choque, como presagió, antes de los atentados del 11-S el profesor de Harvard, Samuel P. Huntington.

Sin embargo, su poder venidero, refrendado por el nuevo triunfo electoral del AK de comienzos de verano, está bajo la amenaza de los mercados … y de una tensión geoestratégica con EEUU y, en menor medida, con Europa que él mismo se ha encargado de auspiciar. La presión desde las esferas financieras se vislumbra con nitidez: la lira turca ha llegado a perder hasta el 60% de su valor en lo que llevamos de 2018 -el 18% sólo en agosto, lo que le ha otorgado la vitola de gran motivo de preocupación inversor- un descenso a los infiernos que ha llevado su cotización hasta casi comerciar en los mercados de divisas a la quinta parte de su precio medio de la última década. 

Personas paseando cerca del Bósforo en Estambul. / REUTERS - OSMAN ORSAL

En el orden político, el órdago lanzado por Erdogan a Washington para mantener bajo custodia al pastor Andrew Branson bajo los cargos relacionados con el terrorismo, en un intento, vano, de obtener incentivos económicos y diplomáticos por parte de la Casa Blanca, le ha salido por la culata. La Casa Blanca ha reaccionado a la negativa del sultán turco de enmendar su error, con una duplicación de tarifas sobre el metal y el acero -medida que se está convirtiendo en todo un clásico durante el mandato de Donald Trump contra aliados rebeldes con los intereses de la gran potencia mundial, según la nueva nomenclatura republicana al uso-, que ha sido respondida de inmediato por Ankara con la llamada al boicot de bienes electrónicos y tecnológicos made in US y subidas arancelarias superiores al 140% sobre los automóviles, el tabaco, cosméticos o alcohol americanos. Una nueva batalla comercial en ciernes.

Pero, ¿cómo se explica la crisis turca? Y, sobre todo, ¿qué consecuencias inmediatas puede tener sobre los mercados, la compleja estabilidad en Oriente Medio o las relaciones futuras con EEUU y Europa? Un decálogo de cuestiones que están sobre el tablero de ajedrez que plantea Erdogan a sus homólogos, y que presagia una compleja batalla táctica, puede ayudar a comprender cuál puede ser su resolución final.

1.- El golpe de estado que convirtió a Erdogan en el sultán turco

El fin de semana negro de julio de 2016 acabó con la vida de 248 personas, elevadas de inmediato a la categoría de mártires por Ankara por contener la sublevación golpista. El ya jefe del Estado, desde entonces, dejó de disimular su falta de respeto a las libertades y los derechos humanos. Su autoritarismo creció como la espuma.

Al calor de la creciente polarización interna del país, en medio de un clima cada vez más restringido y bajo una creciente hostilidad a las voces críticas contra el AK. Alertado por los servicios secretos cuando estaba de vacaciones, llamó a la ciudadanía a tomar las calles para contener el golpe de Estado. Sin escatimar medios. Incluso a través de la megafonía que llama a la oración desde las mezquitas. Le siguieron días de purgas y detenciones masivas. En todos los estamentos.

Desde el Ejército, por supuesto, hasta la judicatura, pasando por universidades, empresas y, obviamente, por los funcionarios públicos. Hasta usuarios de determinadas redes sociales como Bylock fueron incluidos en el casi medio millón de causas judiciales abiertas contra partidarios del golpe de estado.

2.- El origen del distanciamiento con EEUU: el clérigo Fetullah Gülen

Erdogan siempre culpó a su otrora aliado, que vive exiliado en EEUU desde 1999, como cerebro de la asonada militar. Tan sólo unos días antes del golpe, declaró a Hizmet, el movimiento religioso del clérigo, como grupo terrorista. Washington nunca ha atendido las múltiples solicitudes de extradición de Ankara que, en boca de un alto mando militar próximo al entonces jefe del Estado Mayor, Hulusi Akar, que le relacionó con Hizmet, cuyo cónclave en Turquía -declaró este oficial- estaba detrás del grupo de militares que posibilitaron, con actos y reuniones de corte masónica, que el ruido de sables surtiera finalmente efecto.

También declaró que, entre la cúpula de las Fuerzas Armadas turcas, las segundas con más efectivos de la OTAN, había mayoría de seguidores de Gülen. Fue la lápida sobre la que descansa, desde entonces, el llamado estado laico, social y de derecho kemalista, proclamado por el héroe de la Turquía moderna, Mustafá Kemal, Atatürk. Aunque su penúltima Carta Magna -la de 1982- ya eliminó la vigilancia del Ejército de la defensa del laicismo. Después de décadas de regímenes militares.

3.- Acercamiento a Moscú, Qatar e Irán

La intentona golpista también viró la histórica táctica diplomática de Ankara. Labrada durante décadas, incluso por Erdogan, como fieles aliados tanto de Europa como de EEUU. Aunque cargada de matices y tensiones puntuales con Washington y Bruselas en los años previos a 2016. Durante el último mandato del dirigente turco como jefe del Ejecutivo. Efectos que se apreciaron con claridad ante la tibia condena de ambos bloques a la asonada militar. Hasta que las cancillerías occidentales corroboraron el fracaso. Erdogan se apresuró a airear esa pérdida de confianza. Con apoyo a bandos enfrentados, pese a ser aliados de la OTAN, en la guerra de Siria. Y Trump no ha variado, pese a las esperanzas de Ankara, ni el respaldo a las milicias kurdas ni en el affair Gülen. 

Vista general de la Embajada estadounidense en Ankara. / REUTERS - UMIT BEKTAS

El apoyo a rebeldes islamistas en Rusia es otro de los virajes políticos de Erdogan que no agradan

De ahí que la sintonía con Vladimir Putin haya ido en aumento. Con una intensificación de intercambios de material militar -batería de misiles antiaéreos incluidos-, alianzas energéticas con los oleoductos que cruzan de uno a otro lado del Bósforo cargados de petróleo y gas del Cáucaso ruso y que fueron objeto de no pocos conflictos diplomáticos entre ambos países en el pasado reciente y mayores flujos inversores y comerciales entre dos mercados que están siendo sometidos a sanciones por parte de EEUU.

El apoyo de Ankara a rebeldes islamistas en Rusia y la proximidad con Qatar e Irán son otro de los virajes políticos de Erdogan que no agradan precisamente a sus socios de la Alianza Atlántica. El embargo económico y político de Arabia Saudí y el resto de emiratos del Golfo Pérsico a Qatar, a quien acusan de tener lazos demasiado estrechos con Irán, rival saudí en la región e instigador de la costosa guerra de Yemen para las arcas de Riad, además de financiar al terrorismo islamista y de promulgar su ideario yihadista a través de Al Jazeera -principalmente a Al Qaeda, aunque también, y en menor medida, a los Hermanos Musulmanes de Egipto y, por supuesto, a grupos vinculados a Teherán, como Hezbolá, señalan irremediablemente hacia Ankara. A la que EEUU acusa de eludir el embargo y de reforzar el número de efectivos militares -y de vehículos pesados y cazabombarderos- en la base que Turquía tiene en suelo qatarí. Además de establecer nexos de unión entre su partido, el AK, la oposición islamista egipcia que ha declarado la guerra a Al Sisi y que triunfó en la Primavera Árabe del país, y los intereses iraníes por forjar alianzas contra natura entre movimientos revolucionarios chiíes en naciones islamistas con grupos ortodoxos suníes para entorpecer los intentos de estabilidad occidental en Oriente Próximo. 

De ahí que la amenaza de Erdogan a Trump sobre el detonante desestabilizador de Ankara en la región no sea precisamente un brindis al sol. Aunque tampoco la firmeza del inquilino de la Casa Blanca. Entre otras razones, porque a los seguidores de Gülen no les gusta precisamente los coqueteos con el zar ruso. Como tampoco a los ultranacionalistas de derechos turcos, que siguen viendo a Rusia como el archienemigo del Imperio Otomano y cuyo líder, Devlet Bahceli, ha sido clave a la hora de sostener en el Parlamento al AK de Erdogan. Y los círculos nacionalistas se mueven aún como peces en el agua dentro de la cúpula del Ejército.

4.- Brunson, el prisionero más caro del mundo

Por la liberación del pastor protestante americano se han fugado del país 40.000 millones de dólares

El reverendo Andrew Brunson podría alardear de ser el señuelo más goloso que ha pasado por el Despacho Oval. Porque Trump ha mordido un anzuelo que le puede reportar, esta vez sí, pingües beneficios. Al menos, políticos. La defensa de Brunson del presidente estadounidense le ha ocasionado a Turquía no sólo sanciones y más aranceles comerciales, sino la amenaza de nuevas multas económicas. Hasta duplicar el coste de las actuales, valoradas en casi diez millardos de dólares. Desde que, hace un par de meses, se enrareciera el litigio por la liberación del pastor protestante americano se han fugado del país 40.000 millones de dólares, la crisis de la deuda se ha intensificado, igual que la amenaza sobre la lira, y el nivel de protestas ciudadanas contra Erdogan, larvadas y veladas desde el cambio de la Constitución, empieza a tomarse en consideración por parte del gobierno. El líder turco acaba de responder a Trump con la idea de vender la totalidad de sus reservas de oro y dólares para contener el descenso de la moneda y acabar así con la hegemonía del billete verde americano en las transacciones del país. Del mismo modo que dice no descartar la salida turca de la OTAN.

Obviamente, a EEUU no le interesa que se hunda la economía turca. Las carteras de inversión con patrimonios estadounidenses son cuantiosas y los bancos del país presionan al Ejecutivo de Trump para que ayude al país a restablecer el sistema financiero, “el principal detonante de otra nueva crisis financiera” influyendo con los planes de austeridad que maneja -y respalda- gran parte del equipo económico de Erdogan.

En realidad, Brunson, arrestado en diciembre de 2016, apenas seis meses después del intento de golpe de Estado, está acusado de establecer relaciones entre los movimientos religiosos y políticos que condujeron a la asonada militar. Se le vincula con Gülen y con el PKK kurdo. Motivo que explica por qué hay tanto en juego detrás de la represión de este pasto evangelista y por el que Trump acaba de predicar en Twitter que “las relaciones con Turquía no son nada buenas en estos momentos”. Todo un alarde de sinceridad. Aunque frase con escaso calado diplomático y analítico, como acostumbra.

5.- La mano dura de Trump puede reconvertir el escenario

En esencia, por razones militares. Porque en la lista de agravios que Erdogan publicó, en una carta abierta a principios de agosto en The New York Times, en la que se encarga en cada reglón de enfatizar la victimización de su país por parte de la Administración Trump, evita entrar en cuestiones de Seguridad y Defensa. Y lo observadores de esta disciplina observan que la táctica americana puede ser más que efectiva para devolver a Turquía al redil de la OTAN.

Una guerra económica abierta a los designios del Tesoro americano

La pretensión de Ankara de adquirir los sistemas de defensa antiaérea rusos S-400 exigiría por parte de Moscú la revelación del software de los F-35 estadounidenses dotados con la más novedosa tecnología de las Fuerzas Aéreas americanas. Un secreto capital para Washington. Especialmente hacia un país aliado que le ha complicado sus estrategias en Oriente Próximo. Por muy improvisadas y cambiantes que hayan sido desde que Trump entrara en la Casa Blanca. Además, EEUU mantienen también una veintena de científicos turcos bajo la sospecha de actividades terroristas. Algunos de ellos, contratados por la NASA.

En paralelo, crece la constatación de que el Tesoro americano puede determinar el ritmo de la crisis turca, “si no se alinean los intereses y se reducen los agravios entre ambas latitudes en las próximas semanas”. El departamento que dirige Steven Mnuchin dispone de varios “entre tres y diez”, advierten analistas del mercado, planes de recuperación (o hundimiento) de la décima economía del mundo.

Una imagen que muestra los tipos de cambio en Estambul. / REUTERS - OSMAN ORSAL

La propia impronta de Erdogan ha dado lugar a este amplio abanico de posibilidades. Entre otras consignas de corte nacionalista que ha lanzado, destaca la de que pedir ayuda al FMI es un riesgo político excesivo. Con lo que se encomienda a una plegaria imposible: agárrate fuerte, critica a Washington, apela a Dios y dirige tus plegarias a que la lira no se desplome respecto al dólar y al euro. La falta de estrategia económica y la toxicidad de las relaciones con EEUU dejan la guerra económica abierta a los designios del Tesoro americano.


Puede que la crisis de la lira haya precipitado el conflicto Brunson hasta límites insospechados. Pero, llegados a este punto, ¿estará dispuesta Ankara a tirar por la borda la incuestionable fiabilidad que Turquía ha dado a la OTAN durante la Guerra Fría?, ¿a costa de arrojarse a los brazos de Putin?, ¿y en plena embestidas de los mercados hacia sus empresas y su divisa? En EEUU creen que Erdogan no acometerá este enorme desafío. ¿Y sin el respaldo financiero de las instituciones multilaterales? Menos aún. Ankara blasfema contra Washington, pero EEUU no es precisamente su peor enemigo, dicen desde la diplomacia americana.

6.- La economía turca, en estado de ebullición

Turquía ha entrado en la espiral de una crisis monetaria. Los analistas reclaman a las autoridades políticas, económicas y monetarias “máxima atención y celeridad en la contención de la lira”, como asegura Cristian Maggio, estratega de mercados emergentes en TD Securities, porque “se trata de una turbulencia cambiaria en toda regla” que amenaza con una “total pérdida de confianza” en el clima inversor de los mercados turcos.

Pero Erdogan se obceca en ir a contracorriente. Su objetivo declarado le aleja de recetas ortodoxas -reclama a los cuatro vientos rebajas de tipos de interés, pese a los ataques a la divisa y bajo el argumento de que un precio del dinero alto genera inflación marginal- le aproxima al nepotismo -ha nombrado a su yerno, Berat Albayrak, ministro del Tesoro y Finanzas y prescindir de los titulares de ambos ramos, Mehmet Simsek y Nihat Zeybekci, respectivamente, que tenían el beneplácito internacional- y le ha llevado a despotricar contra el FMI, cuyas líneas de crédito podrían sufragar la alarmante falta de liquidez de las arcas del banco central, cuyas reservas de divisas han adelgazado a gran velocidad.

El ministro del Tesoro y Finanzas Berat Albayrak, en una imagen de archivo. / REUTERS - MURAD SEZER

Su cetro presidencial, al que le ha sacado lustre el giro constitucional del pasado año, y la victoria de su formación en los comicios de finales de junio, le permiten margen de maniobra. O, dicho de otra forma, a persistir en su error. Porque el país navega con subida de precios en dobles dígitos, un rampante déficit corriente que demanda una urgente y constante financiación de los mercados globales, cuando el acceso al crédito global evoluciona hacia costes elevados por las subidas de tipos en EEUU y Reino Unido.

Por si fuera poco, la crisis de deuda toma cuerpo. Las empresas turcas han duplicado el volumen de sus compromisos de pagos desde 2009. Un endeudamiento que, casi en su totalidad, está denominado en dólares, en pleno rally de revalorización. Mientras la lira es la tercera divisa con una caída más drástica en 2018. Sólo superada por las monedas de Venezuela y Angola.

7.- “Que Alá ayude a Turquía”

Así rezaba una nota oficial de Alnus Yatirim, un bróker que opera en la Bolsa de Estambul, dirigida a sus clientes estos días, antes de precisar: “nos enfrentamos a la inacción de un banco central que sigue oteando los mercados cuando necesita dirigir acciones directas en defensa de la lira”. Sin ella, “se caerá en una espiral de impagos” para hacer frente a los plazos de vencimientos inmediatos de una deuda corporativa, de empresas no financiera, que supera los 222.000 millones de dólares, en moneda extranjera. Por cada punto porcentual de pérdida del valor de la divisa turca se encarecen las condiciones de financiación en casi 5.000 millones de liras. Máxima tensión.

Turquía ha sido uno de los mercados emergentes más boyantes

Yatirim apelaba a subidas contundentes de tipos por parte del banco central para sostener a la lira. Algo que no ha compartido hasta ahora Erdogan, pero que, una vez superados los comicios de junio, podría verse forzado a aceptar. Con ellas, los bancos obtendrán más ingresos por servicios, préstamos y créditos a corto plazo con los que aliviarán sus márgenes financieros. Aunque será difícil que las autoridades puedan acometer, sin el poder prestamista del FMI, una mínima recapitalización -hasta ahora han reestructurado unos 78.000 millones de liras, casi 17.000 millones de dólares- con unas ciertas garantías y, sobre todo, tendrán casi imposible acudir al rescate del sector privado turco, que maneja una deuda de 337.000 millones de dólares en monedas extranjeras.

Desde 2000, Turquía ha sido uno de los mercados emergentes más boyantes. Tanto, que su PIB supera los dos billones de dólares, sus exportaciones rebasan los 500.000 millones anuales y su renta per cápita ascendió, hasta el comienzo de la crisis de la lira, hasta los 25.000 dólares. Uno de los destinos habituales desde el cambio de milenio de las carteras de los grandes bancos de inversión. Los grandes patrimonios turcos también se han resentido. Treinta de las 35 mayores fortunas del país han visto cómo su riqueza ha bajado de los 1.000 millones de dólares debido a la crisis, según Forbes.

8.- La reforma envenenada de la lira turca

Erdogan apela a su ciudadanía a “salvar el honor de la lira turca”. Es cuestión de reputación devolver a la divisa del país a la senda de la estabilidad. Es la base sobre la que quiere buscar el consenso de reformas económicas que debe poner en marcha sin alteraciones sociales de envergadura.

El presidente turco no es la primera vez que hace este llamamiento al patriotismo económico. En 2005, siendo primer ministro, ya lo utilizó, aunque en esa ocasión, para revalorizar la moneda. Lo hizo suprimiendo seis ceros a cada billete. Fue el nacimiento de lo que denominó la nueva lira. Es decir, que cada millón de liras de 2004 se convertía en una lira de 2006. También entonces vendió su reforma por “dignidad nacional”.

Erdogan quiere una nueva batería de reformas

Desafortunadamente, más de una década después, ha perdido toda su revalorización. Sobre todo, desde 2009, cuando se abandonó la disciplina fiscal y se incitó a familias y empresas a una escalada de endeudamiento. También se descuidó la ortodoxia monetaria por parte del banco central, cuyas alertas tempranas sobre los activos tóxicos que acumulaba su sistema financiero o no saltaron o no se les dio la credibilidad necesaria. Es otro ejemplo de que el exceso de autoritarismo y nacionalismo ha acelerado la tormenta perfecta en la que está sumida, ahora, la economía turca.

Erdogan quiere una nueva batería de reformas. Pero continúa con su mezcla nacionalista, de renovada fe en la lira. Sin mención alguna a la conveniencia de unos cambios, estructurales, de calado, capaces de resolver el sobrecalentamiento y el exceso de peso de la construcción en la economía del país. Además de atender los efectos de las sanciones americanas sobre su tejido industrial. Este cóctel explosivo de control político y económico a partes iguales impide atender medidas para elevar las reservas de divisas; por ejemplo, ampliando el dinero en circulación o relajando las ratios de solvencia de la banca comercial, de forma coyuntural, para abastecer las arcas del banco central. También podría restringir el comercio con divisas extranjeras de forma provisional. Medidas con las que ganaría tiempo para consolidar la estabilidad de los mercados. Nada que no intentasen en el pasado reciente economías como la americana para afrontar los primeros días del tsunami de 2008 con rescates económicos y una política monetaria laxa.

Una oficina de cambio de moneda en Estambul. / REUTERS - OSMAN ORSAL

En contra de esta línea de actuación, el nacionalismo islamista de Erdogan echa leña al fuego con las sanciones económicas y las represalias comerciales de EEUU. Confiado, como parece que está, con el acuerdo para la realización de una operación de currency swap con Qatar por valor de 3.000 millones de dólares. Toda una aventura. Porque el riyal qatarí tiene un currency board con el billete verde americano. Es decir, está bajo la paridad fija con el dólar. Inexorablemente. Como lo estuvo durante décadas el peso argentino. Antes de la crisis de comienzos de siglo.

Las medidas de Erdogan, pues, no parece que vayan a tener éxito. Entre otras razones, porque la política monetaria casa mal con cuestiones de honor patriótico. Más bien requieren ausencia de interferencias políticas, porque los inversores huyen de métodos como los corralitos o control sobre los ahorros y depósitos. Por no hablar de los arrestos, después del fallido golpe de Estado, en 2016, a cualquier ciudadano que estuviera en posesión de dólares.

9.- Europa observa la batalla económica de Ankara

Los bancos europeos están especialmente expuestos a la crisis de la deuda turca. Los españoles, con el BBVA a la cabeza, mantienen más de 80.000 millones de dólares de deuda entrecruzada en el sector privado (incluidos el bancario) de Turquía. Los franceses, cerca de 40.000 millones. Y los italianos, unos 20.000 millones. El mal económico turco puede contagiar, pues, a la zona del euro. Por eso, Bruselas guarda cautela. No en vano, Erdogan lleva años calificando las relaciones de la UE con su país de “enrarecidas” y los dirigentes europeos mostrando soterradamente su malestar con las reformas constitucionales y económicas de Ankara. Además de criticar más abiertamente la pérdida de libertades civiles y el hostigamiento a la prensa que se atreve a arremeter contra Erdogan o su PK Parti.

Detrás de esta estrategia europea persiste, quién lo diría aún, la eterna aspiración de Turquía a la adhesión a la UE. Proyecto que se desempolvó en 2016, en los meses que precedieron al golpe de Estado, por el acuerdo migratorio con Ankara para frenar el flujo de refugiados a los Balcanes desde conflictos como el sirio.

El problema más acuciante en esta guerra económica es que el crédito se ha encarecido hasta casi congelar las líneas de acceso al dinero por la subida de tipos de la Reserva Federal. Acceder a dinero es caro. Mientras crece el número de insolvencias y bancarrotas en el sector privado del país. Se acabó la fiesta del crédito fácil y rápido para empresas turcas. Con la lira cayendo un 17% en solo una jornada inversora. Y con EEUU poniendo nuevas trabas a su comercio. Alemania y Francia se afanan por convencer a Washington de que afloje la soga. Por mucho que Erdogan siga proclamando que Coca-Cola realiza dumping en su país o que iPhones y Google espían a sus compatriotas. Cada vez que consigue nuevas inversiones. Como la de Qatar, de 15.000 millones de dólares, a mediados de agosto. S&P o Moody’s se afanan en recordar que la deuda turca está al nivel de la argentina o la griega. Un diagnóstico al que también se apunta Fitch. Los expertos de esta agencia de calificación son contundentes: “la ausencia de política monetaria ortodoxa y la retórica nacionalista de las autoridades del país dificulta enormemente la restauración de la estabilidad del país”.

10.- BBVA, entre los cinco bancos europeos más expuestos a la lira

Turquía ha llevado el valor del BBVA a mínimos históricos este verano y a que Standard & Poor’s amenazara recientemente al banco español con recortes en su rating. La banca de inversión coincide en que es la entidad bancaria más vulnerable. Junto al italiano UniCredit, al holandés ING, al francés BNP y al HSBC. Por sus especiales ratios accionariales con entidades financieras del país. 

La sede de Garanti Bank en una imagen de archivo. / REUTERS - MURAD SEZER

En el caso del BBVA, la exposición a la crisis podría afectar hasta el 13% de su valor contable, según Morgan Stanley. De ahí que, desde Garanti Bank, su marca en Turquía, se incida en un endurecimiento de los tipos de interés como fórmula esencial para salvar la lira.