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anthony hopkins 'el padre'

Florian Zeller: "Hoy los ancianos mueren en brazos de desconocidos"

Florian Zeller
El director Florian Zeller. A CONTRACORRIENTE FILMS

El novelista y dramaturgo Florian Zeller debuta en el cine con El padre, una película que consigue meter al espectador en la mente de un hombre con demencia. Premio del Público en el Festival de San Sebastián, está protagonizada por un muy impresionante Anthony Hopkins.

Una especie de perversión escrupulosamente planeada y trabajada se puede convertir, cuando la intención es bienintencionada, en una obra de arte sorprendente y muy conmovedora. Y exactamente eso es lo que ha hecho y conseguido el novelista y dramaturgo Florian Zeller en su debut en el cine con la película El padre, gracias a su especial sensibilidad y a la total complicidad de uno de los grandes del cine, el actor Anthony Hopkins.

Es inútil intentar resistirse al talento de este intérprete superdotado en esta película, terminarás llorando. Lágrimas de conmoción por la belleza y la fuerza de su trabajo, por la sensibilidad del hombre que hay detrás del personaje y, seguramente, por la tristeza de la realidad que transmite y que se llega casi a palpar. Hopkins es en esta ficción Anthony, un hombre culto, amante de la ópera y la música clásica, extremadamente inteligente, que empieza a sufrir una demencia senil. Florian Zeller, en la adaptación al cine de su propia obra de teatro, coloca al espectador en el interior del personaje y le lleva a sentir la realidad de una persona desorientada que empieza a perder la memoria.

Una sola localización, con pequeñas variaciones en el decorado –las que aprecia el personaje– y el cambio de intérpretes para un mismo personaje, logran un elevado clima de suspense al comienzo de esta historia. Premio del Público en el Festival de San Sebastián, la película, que cuenta con una maravillosa interpretación de Olivia Colman, en el papel de la hija de Anthony, retrata, además, los estragos que sufren los que están alrededor de las personas que padecen este deterioro.

¿Cómo definiría el juego que propone al espectador con la película?

La historia se cuenta desde el interior de una persona y pone al público en una posición activa inédita, como si estuviera en la cabeza del personaje principal. Es una especie de aberración que permite poder experimentar la desorientación. No quería filmar la pieza de teatro, esto es una película y con ella se alcanzan cosas que solo permite el cine. He jugado a la desorientación del público con las herramientas del cine, pero sí quería conservar la dramaturgia de la narración.

Además de ello, la película es la historia de la despedida de la hija ¿no?

En la película cohabitan esos dos puntos de vista. A la vez que la experiencia subjetiva de la desorientación, está el dilema doloroso de la hija que se pregunta qué va a hacer. ¿Tengo derecho a vivir mi vida? ¿qué pasa cuando nos convertimos en padres de nuestros padres? y ¿cuándo llegamos al límite? ¿nos planteamos la posibilidad de abandonar al padre? Son emociones primordiales en realidad.

Olivia Collman...

...Olivia Collman tiene una magia particular, crea una empatía inmediata con la gente, es imposible no quererla. Es así en la vida, algo fuera de lo común. Sonríe constantemente y la película necesitaba eso.

El actor Anthony Hopkins suena ya para el Oscar por este trabajo. A CONTRACORRIENTE FILMS

¿Esperaba el grado de emoción que consigue Anthony Hopkins?

Escribí pensando en él y por eso el personaje se llama Anthony. Es uno de los mejores del mundo. Esperaba que con él llegaría a tocar ese grado de emoción, aunque no estaba seguro. Ha sido muy generoso y se ha volcado en la película. Él es un hombre inteligente que mantiene siempre l control. Ha sido muy emocionante ver a Anthony Hopkins en un mundo en el que la inteligencia no vale para nada y se pierde el control emocional.

No rehúye el dolor que provoca la enfermedad, pero no lo subraya tampoco.

Es una experiencia dolorosa y humana, una experiencia que nos interroga sobre la relación que tenemos con los otros. Adivinamos que Olivia Collman, además, ha tenido una relación difícil con su padre, que él prefería a la otra hija. Pero ella, con su sonrisa, está más allá de ese sufrimiento. Aunque no se diga, hay una historia de contrariedad.

La pandemia ha terminado con la vida de miles de ancianos en residencias, ¿qué reflexión hace ahora después de terminar la película?

Es horrible, todo habla de la fragilidad de la vida. La gran, la enorme tristeza es la de no poder estar al lado de las personas que queremos. Por eso, ahora hace falta solidaridad y amor, y la película plantea esto. El personaje al final termina en brazos de una desconocida. Hoy los ancianos mueren en brazos de desconocidos. Esta mujer de la residencia del final de la historia se convierte en una imagen maternal. Hay algo bonito y duro en eso a la vez, en esa presencia suave, dulce. Esas personas de estos servicios son la encarnación del amor puro.

Es una especie de regresión a la infancia, ¿así es el círculo de la vida?

Y es lo que tiene de intolerable la vida, el final se parece al principio. Pero también es un ciclo de belleza, y de palabras que se dicen y que no se pronuncian en otra situación. Al final el personaje no sabe quién es pero siente la vibración del amor. Y ese es el tema, los vínculos entre seres humanos.

El director Florian Zeller con Anthony Hopkins, en el rodaje. A CONTRACORRIENTE FILMS

Es imposible no pensar en cómo estamos manejando el asunto del cuidado de los ancianos en esta sociedad, ¿verdad?

Es uno de los temas más terribles que esta sociedad tiene pendientes. Vivimos más para uno mismo que para los demás y no hacemos frente a esos problemas. Hay personas que sí ayudan y son como héroes silenciosos. Pero, por amor y valentía que tengamos, uno tiene sus límites. El hombre a veces tiene que aceptar que no es capaz de llegar a hacer algo. Llevar a los ancianos a la residencia no es siempre un acto de abandono.

En la película hay un comienzo de puro suspense, ¿cómo encontró el equilibrio con el resto de la historia?

No quería que a los tres minutos se entendiera todo, quería que el público entrara en la cabeza del protagonista. Por eso al principio hay suspense, no entiendes qué sucede, es un thriller que poco a poco se convierte en un drama familiar. Primero hay que abordar ciertos territorios para llegar a las emociones. Hay que llevar al espectador a ese laberinto de ¿quién es quién? ¿esto es real o no? ¿esto es antes o después? Creo en la inteligencia del espectador y quiero que la use para recomponer las piezas. Tampoco quería que fuera un puzle perfecto en el que todo encajara, hay una pieza que siempre falta. Es necesario para aceptar que el cerebro ya no entiende qué está pasando exactamente. Ahí la historia pasa a otro nivel.

Finalmente, es un proceso muy doloroso, ¿usted lo sufrió, lloró haciendo la película?

Hay algo de catarsis en ello, mucha emoción. Anthony Hopkins me ha hecho llorar más de una vez en el montaje y en el rodaje. Con la última escena cuando por fin teníamos la toma buena, estábamos todos llorando en el plató... pero no era de tristeza, era de alegría.