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Manuel Rivas: "Parte de nuestras élites parasitarias viven de esa sombra de autoritarismo que fue el franquismo"

Manuel Rivas
El escritor gallego Manuel Rivas. Anna Serrano

Las palabras a veces se le rebelan a Manuel Rivas. De esos amotinamientos verbales salen artefactos como Zona a defender (Alfaguara), un libro que es también un manifiesto sobre todo lo que no está dispuesto a perder. Que no es poco. En defensa de una democracia afectiva y de una soledad solidaria, el escritor echa mano de su particular pesimismo rebelde para rearmarnos de sentido y compromiso.

¿Qué zonas conviene defender?

Creo que se han achicado los espacios de solidaridad y de apoyo mutuos, creo que la modernidad reaccionaria ha enterrado términos como compromiso. Cuando hablo de una zona a defender me refiero a, por ejemplo, defender el lenguaje y todas esas palabras contaminadas y manipuladas. Según se mire, podría considerarse un trabajo ecológico hacer que florezcan algunas palabras enterradas... Se habla mucho de estado de alarma y de toque de queda, pero yo prefiero hablar de un estado de solidaridad permanente.

¿Es la lengua la primera línea de batalla?

El dominio del lenguaje es fundamental para el dominio en otros ámbitos. Por eso vive en estado de vulnerabilidad y de ahí la importancia de la etimología, porque conocer el origen de las palabras es recuperar ese sentido robado. Los eufemismos comerciales y el poder político han ido contaminando, desgastando e incluso persiguiendo ciertas palabras hasta estigmatizarlas. Debemos recuperar esas palabras como si fueran puñados de sal, sacarlas de las tiendas de antigüedades...

¿Como cuáles?

Como honestidad o decencia, por ejemplo. Sobre todo cuando vemos que en nuestro país a la que se supone que es la institución principal del Estado, al menos simbólicamente, no se le puede preguntar de dónde sacó tanta pasta. Episodios como el que vivimos evidencian que es necesario defender esa zona de la decencia común, porque no es algo que afecte a unos símbolos o unos estamentos determinados, sino que tiene que ver con la atmósfera en que vivimos. Parte de la melancolía democrática que sentimos tiene que ver con esa corrupción latente, necesitamos una corruptura; dado que no hubo una ruptura política con la Transición, tiene que haber una ruptura con la corrupción. Creo que la monarquía para la democracia es más un problema que cualquier otra cosa.

¿Qué más tiene que salir a la luz para que se nos consulte qué modelo de Estado queremos?

Es evidente que vivimos en un estado de anomalía democrática, esto ya lo sabíamos, pero ahora tenemos la certeza de que esa anomalía es inmoral. El pensamiento y el sentimiento republicano en nuestro país es como un río subterráneo que tan pronto asoma le ponen un pantano, hay una intimidación para que esa memoria republicana pueda tener una expresión natural. Creo que el hecho de que 80 años después de aquella experiencia tan breve y trágica se siga evocando, demuestra que existe una saudade republicana, pero no de pasado, sino una saudade de porvenir, la República fue una rosa de los vientos donde confluyeron los mejores vientos; abundancia creativa y cultural, educación igualitaria, y una apuesta clara por una democracia que fuera efectiva, pero también afectiva.

Esa memoria republicana de la que habla sigue en disputa, hace apenas unos días se vandalizaba la estatua de Largo Caballero o se retiraba a martillazos una placa en su honor...

Está habiendo una reacción que es la contramemoria. Son casos que responden a una ideología del odio y que no pueden ocurrir, debemos preservar la democracia, defenderla de actos que son obra del pensamiento bruto, coletazos fósiles de la ultraderecha. Donde algunos ven una simple rabieta de la contramemoria, otros vemos con preocupación la necesidad inmediata de un tratamiento jurídico. Por otra parte, todo responde a ese borrado histórico que Franco reivindicó en una de sus primeras alocuciones tras ganar la guerra, en la que vino a decir que la guerra empezaba ahora y duraría hasta que se arrancara la última raíz del enciclopedismo...

¿Qué piensa cuando escucha a Vox coquetear con toda esa dialéctica franquista?

Lo que más me preocupa es la otra derecha, que me parece que ha perdido el rumbo. En el libro escribo una especie de aforismo que dice que en el mundo hay cuatro tipos de derecha: la liberal, la conservadora, la extrema derecha y la española. Es curioso que en España esa derecha a la italiana que se adjetiva cristiana no tuviera ningún éxito, siendo además un país tan católico. La clave está en que tanto Vox como el PP siguen arrastrando en común la sombra autoritaria del franquismo.

¿Y qué opina de los 50 camiones que los Franco han movilizado para desalojar el Pazo de Meirás?

Creo que la sentencia sobre el Pazo de Meirás evidencia que el franquismo, además de ser una dictadura y un estado criminal, fue también un Estado mafioso, es decir, una mafia ocupando el Estado. Esos 50 camiones demuestran la idea impunidad en la que se mueve una parte de nuestras élites parasitarias que viven de esa sombra de autoritarismo que fue el franquismo.

¿Es una cuestión generacional impugnar determinados relatos sobre nuestro pasado?

Creo que sobre todo es una cuestión de acuerdo generacional. John Berger desarrolló una idea de Benjamin que decía que existe un acuerdo secreto de generaciones, ese acuerdo es el que explica que hoy hablemos de conceptos como el de solidaridad o apoyo mutuo. Ese acuerdo secreto es el que hace frente a un capitalismo salvaje que ha corroído pilares fundamentales como el de la familia. Ese acuerdo secreto se transmite en forma de murmullo, pero tenemos que conseguir que alce la voz, porque los momentos en los que ese murmullo se ha escuchado en alto a lo largo de la historia han sido los mejores. Urge un reencuentro generacional.

Hay quien dice que la torpeza con la que se ha actuado frente a la pandemia en determinadas sociedades responde, en parte, a cierta indiferencia generacional.

Totalmente. Esa idea de que quien está bien se lo merece, y si además ha heredado ese bienestar se lo merecen aún más por historia, raza o estirpe; y de que quien lo está pasando mal es culpable de su propia pobreza, es una auténtica grosería de un fascismo de segunda mano que resulta terrible para la sociedad. Es destructivo porque enfrenta a gente que debería estar apoyándose, convierte al compañero en competidor y corroe una transmisión intergeneracional que es fundamental para una sociedad digna de serlo.

Reivindica en 'Zona a defender 'las verbenas de barrio, las salas de cine, las tabernas, los garitos subterráneos... Todo aquello que las autoridades sanitarias recomiendan limitar, ¿no será usted un negacionista?

[Ríe]. Nada de eso, sólo pretendía defender los espacios presentes, son lugares fundamentales de encuentro con el otro, escuelas de democracia y de creación de afectos a las que no debemos renunciar. Cuando se corroen estos lugares intermedios y no queda apenas nada entre el Estado, las cúpulas políticas, los poderes fácticos y la sociedad, cunde el miedo y la confrontación.