Público
Público

'Petrocalipsis' Antonio Turiel: "El decrecimiento económico es inevitable, tendremos que decidir si lo hacemos por las buenas o por las malas"

Antonio Turiel, autor del libro 'Petrocalipsis'.
Antonio Turiel, autor del libro 'Petrocalipsis'./ JAE-Informativos.Net​
alejandro tena

Antonio Turiel (León, 1970) es posiblemente una de las personas que mejor conoce la crisis energética global. Conocido por sus publicaciones en el blog The Oil Crash, este investigador del Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (CSIC) y doctor en Física Teórica se lanza al mundo editorial con Petrocalipsis (Ed. Alfabeto), un ensayo sincero sobre la crisis sistémica derivada de la caída del petróleo. ¿Es posible que las renovables salven a la humanidad del colapso? ¿Por qué nadie habla del impacto ambiental que tienen las denominadas energías verdes? ¿Qué pasará cuando la era del petróleo llegue a su fin? Estas son algunas de las preguntas que Turiel trata de abordar en su nueva publicación. 

Su libro habla del desabastecimiento del petróleo. ¿Cuándo llegará a su fin?

El Peak Oil se produjo en diciembre de 2018. Las grandes compañías del mundo ya llevan desde finales de 2013 desinvirtiendo en la búsqueda y explotación de nuevos yacimientos. El único sitio donde la inversión estaba creciendo era en EEUU con el fracking, que ha resultado ser una burbuja de especulación de la que ya no se saca ningún beneficio. De hecho, la mayoría de estas compañías están quebrando ya. 

¿Qué consecuencias puede tener el fin del petróleo?

Digamos que la petrocalipsis podría llegar ya si no hacemos nada. En este escenario, las consecuencias son conocidas. En primer lugar, habría un decrecimiento energético general que provocaría una subida de precios en casi todo, debido a la dependencia que tenemos del petróleo. Esto nos abocaría a una crisis económica profunda, a un escenario con precios volátiles con bajadas y subidas bruscas. Si no hacemos nada, tendremos una crisis continuada y una espiral de degradación de la economía que solo podría terminar con algo rupturista, como una revolución o algo semejante.

¿Habla de un escenario distópico con cortes de luz, escasez de combustibles para el transporte de personas y productos? 

Es un escenario posible. Lo que pase dependerá también de cada lugar del planeta y de la forma en que se afronte el problema. Habrá territorios que desarrollen estrategias buenas para adaptarnos a la crisis, pero también habrá gobiernos que no hagan nada. 

Claramente se pueden producir disrupciones en el sistema de abastecimiento de luz, de combustible para el transporte o, incluso, de abastecimiento de alimentos y agua. Es un escenario posible si no se hace nada. Si no se toman medidas, llegará un momento en el que la realidad nos alcance y nos machaque.

Parece que los gobiernos no están sabiendo reaccionar...

De momento no. Pero creo que todavía hay tiempo para actuar y compensar la inacción. Eso sí, cuanto más tardemos, más difícil va a ser el futuro.

En su libro se muestra muy crítico con las posibilidades que tienen las nuevas energías para satisfacer la  demanda mundial energética. ¿Por qué?

Hablamos de nuevas energías, pero realmente no son nuevas. Es decir, todas las fuentes de energía que se presentan en la actualidad como novedosas tienen un recorrido de cerca de al menos cincuenta años.

En el caso concreto de los biocombustibles de primera generación, aunque derivásemos todos los campos del planeta para producir cereales destinados a su producción, solo conseguiríamos generar 15 millones de barriles diarios. Es una cifra pobre, si tenemos en cuenta que ahora mismo estamos consumiendo una media de 95 millones diarios. Los combustibles de segunda generación tampoco han funcionado y los de algas no son rentables porque se ha demostrado que controlar ecosistemas acuáticos no es nada sencillo.

Obviando el impacto ambiental, hay quien puede pensar que se puede seguir apostando por el carbón...

El pico máximo del carbón también pasó. Apostar por él sería sustituir una fuente en declive por otra que también lo está. Es verdad que todavía hay cierto margen para reducir el ritmo de su caída, pero no tiene sentido, hace tiempo que tocó fondo. 

Dice en su libro que el mundo no se puede abastecer únicamente con energía renovable. ¿Por qué?

Las renovables tienen límites. Cuando uno analiza con cuidado cuál es el potencial máximo que nos puede dar la hidroélectrica, la eólica o la solar, se encuentra con que tan sólo se puede producir en torno al 30% del total de la energía que hoy se está consumiendo en el mundo. Y esto, en un escenario poco realista en el que todos los países se pusieran de acuerdo para alimentarse sólo de energía renovable. Además hay problemas de materiales, ya que las renovables necesitan materias primas que no son abundantes. Un sistema como el nuestro, basado en el crecimiento, no es adaptable a las renovables. Tendremos que lidiar con ello.

Las renovables también tienen implicaciones ambientales pese a ser consideradas energías limpias. ¿Cree que esto es algo que la gente sepa?

Cualquier actividad humana tiene un impacto ambiental, eso es algo que debemos tener claro. Lo que hay que hacer es contar las cosas bien, no engañar a la gente, sin tanta propaganda, y señalar cual es el verdadero impacto ambiental que tienen estos proyectos. Las instalaciones hidroeléctricas pueden cambiar el clima local, los aerogeneradores pueden tener impacto en especies de aves... La fotovoltaica también tiene sus problemas, ya que para fabricar los paneles se necesitan hornos de carbón. Hay mucho marketing engañoso haciendo creer que las renovables son limpias cuando no lo son. Todo lo que hacemos tiene un impacto y eso es lo que se debería contar y cuantificar. En cualquier caso, es cierto que los sistemas de energía renovable tienen un impacto ambiental menor que otros sistemas de producción de electricidad a base de carbón.

Parece que siempre hay algo innovador que nos puede salvar de la crisis energética. Ahora, por ejemplo, se habla del hidrógeno. ¿Cree que la sociedad está pecando de 'tecnoptimista'?

Se pone mucho énfasis en que las soluciones van a ser técnicas, cuando la realidad es que las soluciones deberían ser de tipo social. Hay que cambiar la manera de producir, la manera de relacionarnos con el planeta. La ciencia ha aportado grandes éxitos a la humanidad, también fracasos, y ahora seguimos apostando por esta vía. 

El tema del hidrógeno tiene un trasfondo de colonialismo energético. Es decir, como África tiene un gran potencial en hidroeléctrico, se pretenden construir plantas allí para traer la materia a Europa. Lo cual no cambia mucho la forma en la que hasta ahora se ha venido actuando.

La crisis energética también afecta al modelo de movilidad. ¿Es posible transformar el parque automovilístico para que sólo haya vehículos eléctricos en las carreteras?

Evidentemente en el futuro habrá coche eléctrico porque ya lo hay. Lo que no se puede esperar es que tengamos vehículos de este tipo a la misma escala de los automóviles de combustión interna que tenemos actualmente. Hay un montón de razones. Por ejemplo, ¿dónde van a repostar todos los coches? Tendrías que adaptar todas las viviendas para que la gente pueda cargar su coche y eso no parece viable. Si vas a cargarlo a una electrolinera, tienes que esperar media hora. Con que haya dos coches esperando delante de ti ya tienes que estar esperando una hora. Tampoco valdría con los cargadores de alta potencia, porque las baterías no lo soportarían a no ser que estuvieran hechas con muy buenos materiales, lo que elevaría el coste del coche. Por tanto, ya hablamos de vehículos de alta gama, coches de 100.000 euros o más. 

A esto, hay que sumarle que hay una crisis económica con una clara disminución de las rentas de la ciudadanía, por lo que la gente no va a querer ni va a tener capacidad para comprar un coche. Todo esto nos lleva a un escenario de futuro en el que el parque móvil se reduzca en torno al 95%. Este porcentaje no me lo invento, lo manejan las propias compañías. 

Entones, ¿las empresas y los gobiernos nos están mintiendo con el coche eléctrico?

Es una quimera y ellos lo saben. Están apostando por un modelo alternativo. Quieren creer que lo vamos a conseguir, que los científicos descubriremos algo para dar una patada a la pelota y poder seguir adelante, pero no son idiotas. Las empresas tienen información de calidad y saben lo que viene. El problema es que la naturaleza no negocia, aunque queramos es imposible seguir manteniendo este modelo de movilidad. Ya estamos en una fase de desaceleración del sector del automóvil. No pensábamos que pudiera ocurrir, pero es así. 

Su libro rechaza la idea de 'Green New Deal  o transición verde, ¿cree que la solución a esta crisis es el decrecimiento?

No. Lo que creo es que el decrecimiento es inevitable. Simplemente tendremos que decidir si lo hacemos por las buenas o por las malas. Podemos tomar medidas proactivas antes de que vengan los problemas para adaptarnos, o podemos engañarnos y pensar que no existe el problema, hasta que llegue la realidad que nos ponga de rodillas.

Siempre pongo el ejemplo de un señor que sube por unas escaleras mientras que el techo del edificio desciende. Se le abren dos posibilidades: puede darse la vuelta antes de golpearse en la cabeza o continuar hasta chocar y caer por las escaleras. El final es el mismo, el señor termina abajo, la cuestión es cómo llegar hasta ahí. La clave de estos años que vivimos gira en torno a decidir en qué punto nos vamos a detener, porque el decrecimiento no significa parar toda la economía, sino encontrar un nivel de pausa en el que nos podamos mantener.

Da la sensación de que la sociedad está condenada: si apuesta por los combustibles fósiles colapsará y si no, también.

No es verdad. El colapso es siempre una decisión de la sociedad, es un daño autoinfligido. Tenemos muchos ejemplos en la historia de la humanidad de sociedades que estaban al borde del colapso y fueron capaces de dar la vuelta a la situación.

Lo único que sabemos es que decreceremos. Claro, si nuestra forma de ver la vida es en torno al crecimiento, esto que digo puede parecer pesimista, pero creo que hay que ser muy ingenuo para seguir pensando que podemos continuar creciendo a sabiendas de que tenemos un planeta finito.  Si decidimos cambiar las cosas podremos mantener un nivel de vida semejante al actual, incluso mejor para todas las especies que viven en el planeta.

¿Cree que se puede adaptar el modelo capitalista a esta situación de crisis o debemos empezar a apostar por desmaterializar más la economía?

El tema de la desmaterialización de la economía es una opción falsa. Nunca se ha producido. Es posible que el capitalismo se adapte, transformándose a una cosa diferente. Lo que está claro es que la lógica de crecimiento exponencial del sistema actual nos lleva al fracaso y es por eso que debemos superar el actual modelo de capitalismo hiperfinanciarizado. El capitalismo en sí, no es ni bueno ni malo, es una opción. Creo que principios capitalistas como la propiedad privada no son incompatibles con eliminar el crecimiento.

 Pero a mi, más que el modelo económico, que creo que es importante, lo que más me preocupa es el problema social y sobre todo si se puede preservar la democracia. Creo que en esta crisis la democracia está en peligro.

¿Por qué?

Esta es una crisis sistémica y eso hace que sea muy fácil caer en postulados autoritarios como el ecofascismo. Es decir, imponer normas que en principio son buenas, pero con métodos autoritarios y no igualitarios.

Fíjate la situación que tenemos ahora mismo con la pandemia y la crisis. Hay una gran inestabilidad social que es un caldo de cultivo para el fascismo. Conviene reconocer cuanto antes ante qué estamos para evitar que aparezca un salvador de la patria que dé respuestas simples a problemas tan complejos. Esto es un riego real y el florecimiento de este tipo de movimientos autocráticos ya está siendo una realidad en Europa.