Cargando...

"Santiago sigue con nosotros"

Los cinco amigos íntimos que almorzaban cada dos semanas con Carrillo vuelven a encontrarse por primera vez tras la muerte del histórico líder del PCE. Repasan para 'Público' sus recuerdos, su trayectoria y su experienc

Publicidad

Es martes. Los amigos quedan, como siempre, a mediodía y en La Ancha, un conocido restaurante en la espalda del Congreso. Hablan sobre actualidad, sobre política, sobre la crisis, sobre qué le pasa al mundo, a Europa, a España. Pero son cinco, y no seis. 

Publicidad

Es martes, es 9 de octubre de 2012. En La Ancha ya no se sienta a charlar uno de los amigos con el que todos han compartido vida, amistad, trayectoria, pensamiento. Ya no está Santiago Carrillo, al que llaman hace muchos años, cariñosamente, "el patrón". La del 9 de octubre es la primera comida sin él. En la anterior, en la del 18 de septiembre, los cinco almorzaron en La Ancha y él tampoco estaba. No pudo acercarse. Se sentía débil. Pero vivía. Todavía. Fue justo cuando concluyeron el encuentro, al poco de separarse, cuando recibieron el golpe, la llamada del hijo mayor de Santiago. Su padre había muerto. Santiago acababa de fallecer en su casa, mientras dormía la siesta. A los 97 años. 

Click to enlarge
A fallback.

El grupo perdía a su patrón. A su alma.

La costumbre de la comida comenzó hace 22 años. Y ahora seguirá

Publicidad

Es martes, es 9 de octubre y los cinco amigos han quedado para almorzar. Son Julián Ariza, 78 años, miembro del Consejo Económico y Social y cofundador de Comisiones Obreras; Adolfo Piñedo, 69, diputado socialista en la Asamblea de Madrid de 1991 a 2011 y antes secretario general del Partido Comunista de Madrid; Rafael Merino, 71, presidente de la Agrupación Socialista de Vallecas, exdirigente de la federación de enseñanza de CCOO y exconcejal del PSOE en el Ayuntamiento de Madrid; Andrés Gómez, 61, exsecretario confederal de Finanzas de CCOO, y Belén Piniés, 62, secretaria de Carrillo desde 1976 hasta su muerte.

Ninguno dudó de que, aun tras la marcha de Santiago, el ritual de la comida debía seguir. El sexteto comenzó a reunirse hace 22 años, primero en el restaurante Edelweiss y después en La Ancha. Primero cada semana, luego cada 15 días. Ahora, el quinteto seguirá viéndose cada dos semanas. 

Publicidad

Es martes, es 9 de octubre, y los cinco amigos acaban de salir de su almuerzo. Se dirigen hacia la legendaria cafetería del Círculo de Bellas Artes. Allí comparten su experiencia y sus recuerdos con Público. Sus comidas de 22 años, también la última que disfrutaron con él, el pasado julio, antes de que ingresara en el hospital.

Julián toma la palabra, ejerciendo de primer portavoz: "Nos hemos reunido hoy sin blandenguería. Queremos seguir manteniendo esta cita, porque él era el gran aglutinador no sólo de nosotros, sino de miles de personas que nos hemos identificado con su figura y con su política. No para suplir su ausencia. Hablábamos de política, de actualidad, de cuestiones personales, de vacaciones, de todo, con la confianza que nos daba que nos unía la amistad, el afecto. Hoy es un día sensible para nosotros, pero no sé, de alguna manera queremos favorecer, poner nuestro pequeño grano de arena a aquello que él tanto quería, la unidad de la izquierda". "Esto no tiene una voluntad, digamos, política, es más humano que otra cosa –matiza Adolfo–. Pero sí tiene el sentido de que aquellos que hemos compartido una larga trayectoria con Santiago sigamos juntos, porque es lo que quisieran muchos amigos nuestros, gente incluso fuera de la política". 

Publicidad

Ariza: "Hablábamos de política, de temas personales, de todo, porque nos unía la amistad, el afecto"

Hoy los cinco hablaron de política, "como si él estuviera todavía", dice Andrés. "No ha sido triste. Ha sido una rememoración de alguien que de muchas maneras sigue aquí. Sabemos qué pensaba. Por eso mismo es como si estuviera con nosotros. Santiago sigue con nosotros", enfatiza Adolfo. Rafa añade una cucharada de sentimiento: "Bueno, que hayamos hablado con normalidad no quiere decir que no le echáramos de menos. Él ha influido en nuestra forma de ser y en nuestra relación personal. Hemos tenido el proyecto que él tenía, la unidad de la izquierda para que la clase obrera viviera mejor". Algunos probaron la cárcel, todos confluyeron en la lucha antifranquista, vivieron junto a Carrillo los latidos de un PCE legalizado, sintieron en sus huesos la brutal fractura interna, el caos, la debacle electoral, y hasta su "autoexclusión" del partido en 1985. Todos se sumaron entonces a la "aventura" de la creación de la Mesa de la Unidad de los Comunistas, germen del Partido de los Trabajadores de España, y firmaron su disolución en 1991 para integrarse en el PSOE, aunque Carrillo jamás tuvo carné socialista. "Todos somos del PCE de la Transición, del PCE de Santiago", resume Belén. "Y la mayoría hemos sido bestias sindicalistas", apostilla Andrés. 

Publicidad

La montaña de obituarios destacó de Carrillo su papel crucial en la Transición, su rol clave para conducir a España con éxito de la dictadura a la democracia. La derecha, no obstante, se fijó también en "la cantinela" de Paracuellos –resopla con fastidio Julián–, si bien los historiadores ya "han dejado las cosas más claras", de cómo el joven Santiago difícilmente pudo ordenar la matanza.

Piñedo: "Todo el mundo cabía en el PCE, pero a la vez esa era su debilidad"

Publicidad

Pero militantes como Rafa se iniciaron en la política gracias a la estrategia de reconciliación nacional que Carrillo auspició en los cincuenta y que Dolores Ibárruri, Pasionaria, apoyó, la "alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura", como glosa Belén. El líder se atrevió con la crítica feroz al estalinismo de la URSS, una ruptura para la que en aquellos tiempos de clandestinidad y de un mundo partido en dos había que tener "bemoles y mucho coraje", afirma Julián. Se atrevió a apostar, con Italia (Enrico Berlinguer) y Francia (Georges Marchais), por el eurocomunismo. "Con 17 años, me preocupaba cómo se trababa a los obreros. Gracias a la reconciliación nacional tuve un sitio donde hacer política", rememora Rafa. "¿Por qué entro en el PCE? Yo era antifranquista –refresca Adolfo–, y el PCE era lo único serio en mi entorno que combatía el franquismo. La gran virtud era que todo el mundo cabía en el PCE, pero a su vez esa era su gran debilidad, porque no había un cuerpo de doctrina único. Durante un tiempo convivieron prosoviéticos y gente que estaba en las antípodas, luego eso estalló". 

Y sí, la Transición, claro. Ninguno de los cinco cree que se fracasó, que el PCE capituló. "No comparto que aquello fue un pacto infumable –sentencia Andrés–. Santiago defendió la aceptación de la monarquía y la bandera [roja y amarilla] porque tenía claro que el objetivo principal era la democracia, y que tenían que legalizarse todos los partidos, también el PCE. La Transición no fue tan idílica como pensamos porque costó muertos. La ultraderecha estaba activa". Adolfo, que vivió aquellos años "en primera línea de playa", coincide en que se hizo lo que se pudo hacer: "Santiago fue capaz de transformar la intensa movilización popular, agitada por el PCE, y canalizarla hacia una Constitución donde la izquierda tenía un protagonismo mayor que el que le había correspondido. Conseguimos el Estado social y el Estado autonómico, que precisamente ahora la derecha intenta desmantelar. Si nos hubiéramos negado a pactar... pues nos habría ido peor, incluso al PCE. ¿Por qué un partido como el PCE se hunde luego electoralmente? El comunismo estaba ya en decadencia, y la marca te la ponía no Madrid, sino Moscú". 

Publicidad

Gómez: "No creo que se hiciese mal en la Transición. Santiago tenía claro que el fin era la democracia"

Julián amplía las razones que, para el grupo, explican la catástrofe en las urnas. Una, que el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), con el que confrontaban los eurocomunistas, tenía como "aliados" a dirigentes "archiconocidos" del PCE –Ignacio Gallego entre ellos–. Dos, el "desajuste de expectativas" que crea "el Partido por antonomasia, el artífice del éxito de la Transición" cuando sufre el varapalo electoral frente a un PSOE "que no había pegado casi palo en la dictadura". "Muchos lo asociaron a que no hubo renovación, cuando el PCE de Santiago era democrático y rejuveneció a los líderes territoriales". A esas dos pinzas, la de los prosoviéticos y la de los renovadores (con Cristina Almeida a la cabeza), Julián añade una tercera: el sustrato "anticomunista" sembrado en todo el mundo. Adolfo y Rafa señalan otro factor: el 23-F, la prueba de que los ultras no habían muerto del todo. "Ello hizo cundir el miedo en la gente y que la izquierda agrupara fuerzas en torno al PSOE". Belén posa su atención en otro hecho: cómo todos los partidos eurocomunistas se derrumbaron.

Publicidad

1982. De 23 a 4 miserables escaños en el Congreso. Carrillo dimite como secretario general del PCE y unge como sucesor a su delfín, a Gerardo Iglesias, al fiel carrillista y "martillo de herejes" de los críticos que muy pronto se deslindó de su mentor. Los cinco comparten que esos primeros años ochenta fueron los más duros para su patrón. "Sufrió muchísimo cuando veía desafecciones que eran impensables hasta el día anterior, de carrillistas acérrimos", asegura Julián mientras Belén, testigo inevitable de la angustia de su jefe, asiente. 

Merino: "Quería una nueva formación política, que sumase movimientos sociales, verdes..."

Publicidad

Iglesias se convirtió en la "mayor decepción" para Carrillo. El hijo que acabó "echando" del PCE a su padre político en 1985. La convención interna señala que no hubo expulsión de Carrillo y los carrillistas, sino una "autoexclusión". El líder del PCE dejó el PCE para dar vida a su propia factoría, la Mesa de la Unidad de los Comunistas. "Ahí radica nuestra discrepancia con la fundación de Izquierda Unida [en 1986]. No concebíamos hablar de la unidad de la izquierda frente al PSOE, aunque el PSOE tuviera que cambiar". 

La Mesa fue un absoluto desastre. No consiguió escaños en el Congreso ni en el Parlamento Europeo. El PTE se disolvió y acabó integrándose como corriente en el PSOE. No así Carrillo. "Él fue secretario general del PCE 22 años [1962-1982], y no lo habría entendido nadie, ni él lo concebía", cuenta Adolfo. El patrón encargó a los suyos que ayudaran a la construcción de la "casa común de la izquierda". Propósito no cumplido, también por las resistencias de socialistas y los resabios "anticomunistas" que, aún hoy, perviven en Ferraz, según analiza Julián. De aquellos años, una vez liquidada la experiencia en el PTE, partió la idea de los almuerzos del grupo de los seis.

Publicidad

Carrillo se retiró de la política activa pero no abandonó jamás la política. Observó y destripó la realidad de su tiempo en ponencias, tertulias, entrevistas, charlas semanales en la Ser. Y con sus amigos de siempre. Con ellos, no reparaba tanto en el pasado, en la detección de aciertos y errores. "Consideraba –relata Julián– que las decisiones obedecían al contexto. Recuerdo una frase de los setenta, en plena controversia por la asunción de la monarquía y la bandera. Juzgaba que la relación de fuerzas existente no daba para la ruptura y que era necesario superar la dictadura, y por tanto aceptar en función de un bien mayor. Pues bien, él decía, ante la incomprensión de algunos, que creía que la cultura leninista estaba más arraigada en el partido".

Belén: "En lo político cambió poco. Con sus nietos sí amplió su capacidad humana "

El viejo comunista se hizo "fanático" del 15-M, se sentía bien entre los jóvenes, se confesaba "enemigo acérrimo" de la derecha, preconizaba la unidad de la izquierda ante la política de derrumbe de la derecha. Al tiempo, se daba cuenta de las dificultades y el "anquilosamiento" de los partidos clásicos de izquierda para "galvanizar", arrinconar las diferencias para sumar esfuerzos. Julián lo explica: "Estaba muy preocupado por la evolución de la política europea y española porque no le parecía racional que hubiera un fondo de autodestrucción. '¿Qué quieren?', decía. Sabía que la derecha europea ve el Estado como una rémora y que por tanto hacía falta una convergencia de la izquierda en una alternativa. En España, contando con el PSOE, pero con cambios en él". Nunca maduró una formulación "acabada" en las formas, sí en el objetivo. "Él hablaba de una nueva formación política, y estaba muy convencido de la necesaria incorporación de los movimientos sociales, del ecologismo...", puntualiza Rafa.

Esa capacidad de análisis, el talante de un hombre que supo "adelantarse a su tiempo", hace que sus amigos le pinten como un político "excepcional e irrepetible", "comprendido" porque muchos sabían "el alcance político de sus ideas", aunque también "incomprendido" por quienes, dentro del PCE, dibujan de forma "idealista" la Transición, el escenario donde focalizan sus críticas. "Era una persona ante la que no te podías sentir indiferente", redondea Andrés. 

¿Qué cambió en Santiago? Belén cree que en lo político, "poco", porque mantuvo incólumes sus principios. En lo personal, sí, porque con su mujer, Carmen, pudo "disfrutar de sus nietos todo lo que no pudo con sus tres hijos", Santiago, José y Jorge, por las duras condiciones del exilio. 

Le inquietaba la crisis y la dificultad de la izquierda para superar diferencias

Julián, Adolfo, Andrés, Rafa y Belén mientan una imagen de los días siguientes a la muerte de Carrillo. Los miles de personas que acudieron a la capilla ardiente y que expresaron sus condolencias. Mayores y muchos jóvenes anónimos que se acercaron al velatorio instalado en el auditorio Marcelino Camacho de CCOO. Una respuesta popular "impresionante" que probaría cuánta gente se identificaba con el testamento político del exlíder del PCE. Cuán "vivo estaba su pensamiento", exclama Rafa.

Santiago, el hijo mayor de Carrillo, gritó a los cientos de personas que dieron el jueves 20 de septiembre el último adiós a su padre cuál era la consigna más importante que el anciano lobo comunista quería pasar a las generaciones futuras: "No tiréis la toalla, no os rindáis". 

Sus cinco amigos cubren de oro ese legado. "Él nos dejó que hay que ser fiel a tus principios, pero también sabiendo adaptarte a los tiempos en los que vives. Ser pragmático y no dogmático. Nació anticapitalista y murió anticapitalista, pero siempre se adaptó a la realidad", remacha Adolfo. Julián calca los términos y añade su pasión por forjar una izquierda fuerte que permitiera "defender a los trabajadores", y también su "coraje, su visión de Estado, su capacidad política, su honradez y su ejemplaridad".

Sus amigos estiman su adaptación a la realidad sin perder sus valores

Una personalidad que cabe en una imagen que vale como pocas: el 23-F. Todos los diputados echados al suelo ante la astracanada militar de Tejero. Todos salvo Adolfo Suárez, Manuel Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo. "'En política jamás hay que tener miedo, hay que defender las cosas con realismo', nos subrayaba –narra con nostalgia Julián–. Y eso hizo. Luchar hasta el final de su vida por la liberación de la clase trabajadora". 

La peña de Carrillo –definición de Ariza– todavía conserva la llama viva. Y Santiago, y la crisis, y Europa, y Catalunya, y los recortes del PP, y la izquierda, y la derecha regresarán al mantel de La Ancha.

La próxima vez, el martes 23 de octubre.


Adolfo Piñedo, Julián Ariza, Rafa Merino y Belén Piniés, el martes pasado en el Círculo de Bellas Artes.- CHRISTIAN GONZÁLEZ

Publicidad