Barcelona, masas sin mayorías
Por El Quinze
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Barcelona demuestra que la ciudadanía no existe. Por lo menos de forma homogénea y constante. El tópico reza que la gente son los demás. Nosotros no formamos parte de ese colectivo, casi abstracto y volátil. Cada uno es especial, se ve diferente, se sabe único.
A veces las masas nos arrastran y nos llevan a situaciones que no habíamos imaginado o, cuando menos, previsto. Pero, incluso en esas circunstancias, solemos tener la conciencia de estar en movimiento, tal vez en tránsito hacia otro estado. Si se da ese caso, más bien tendemos a pensar que integramos la mayoría. Las reticencias a militar en la gente no son homogéneas, claro. Por discreción o convicción, hay personas que se acomodan allí.
Los expertos, sin embargo, nos dicen que, al menos en Barcelona, se acabaron las grandes mayorías en política, sociedad, cultura... Más o menos, eso ya ocurría con los medios de comunicación y otras industrias creativas por culpa de unas audiencias muy fragmentadas. En cambio, los partidos que mejores resultados obtienen son los que se dirigen sin rodeos a esa gente, la que no existe o nos es ajena.
La economía frívola, como la llamó el filósofo francés Gilles Lipovestky, ha desarraigado de manera definitiva las normas y los comportamientos tradicionales y ha generalizado el espíritu de la curiosidad infinita. También ha democratizado la pasión por lo que es nuevo en las diversas esferas de la vida y entre las diferentes capas sociales. El resultado es una existencia profundamente cambiante.
El ciudadano medio en Barcelona, como en otras capitales de Europa, ha renunciado a los lazos intensos. Sus gustos, como su personalidad, son fluctuantes. Por eso el votante común no manifiesta ninguna reserva a la hora de entregarse a una irracionalidad que convive con naturalidad con la burocracia.
Las buenas conciencias, las de una izquierda que se muestra insatisfecha con el sistema, se lamentan. Pero la transformación constante les está impidiendo encontrar una respuesta clara y eficiente. Muchas de las adhesiones que han logrado son precisamente fruto de esa necesidad de estrenar posiciones, principios, referentes, ídolos. Querrían acelerar unas mutaciones que, de entrada, les beneficiarían, aunque, en breve, les condenarían a la caducidad y el olvido.