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Afganistán, de nuevo tablero de ajedrez entre superpotencias

La caída de Kabul hace un año y la salida de Estados Unidos de Afganistán han encendido de nuevo el polvorín afgano y han atraído a otras grandes potencias deseosas de aprovechar el vacío occidental en la región.

El mulá Abdul Ghani Baradar (der.), primer viceministro principal, asiste a la ceremonia de inauguración durante una exposición en Kabul, Afganistán, el 26 de marzo de 2022, en la que se exhiben productos agrícolas de diferentes provincias de Afganistán.
Un combatiente talibán cerca del lago Qargha en Kabul, Afganistán, 29 de julio de 2022. Ali Khara / REUTERS

Cuando se cumple el primer aniversario de la retirada estadounidense de Afganistán, pocos motivos de optimismo pueden advertirse en un país que se ha convertido de nuevo en modelo de Estado fallido, con un retroceso económico, social y educativo que recuerda a los peores tiempos de los años 90, cuando los talibán llegaron al poder por primera vez.

Al tiempo que el caos integrista se ha vuelto a adueñar del país, se ha reanudado ya sin tapujo alguno la gran partida en la sombra entre los representantes de las grandes potencias que buscan restablecer su influencia entre las facciones tribales, étnicas y religiosas. El reciente asesinato del líder de Al Qaeda, Ayman al Zawahiri, por un dron estadounidense, evidencia que el régimen talibán ha vuelto a sus tradicionales prácticas de acoger a yihadistas, pero también deja claro que Washington sigue manteniendo en Afganistán una red de inteligencia suficiente como para descubrir y eliminar a uno de sus enemigos más buscados.

Pero si los agentes y espías pagados por Washington permanecen sobre el terreno, no ocurre lo mismo con sus militares y los responsables de la ayuda humanitaria, económica e institucional. Este vacío ha sido aprovechado por países como Irán, Pakistán, Rusia y China para abrir "sucursales comerciales" más o menos oficiales que hacen de Afganistán y su potencial en recursos naturales un objetivo muy apetitoso en el nuevo paradigma mundial de seguridad implantado por la guerra de Ucrania.

Con los enviados chinos, rusos y de los países limítrofes, el régimen talibán negocia en la sombra como hacía en la segunda mitad de la década de los años 90, al subir al poder este movimiento teocrático. Solo que ahora, tras la debacle que dejó la apresurada retirada estadounidense, los fundamentalistas se desplazan en los vehículos militares y todoterrenos dejados atrás por los ocupantes occidentales, disponen de drones y fusiles de asalto estadounidenses en lugar de los viejos Kaláshnikov soviéticos y, sobre todo, tienen dos décadas de experiencia en observar y copiar las estrategias de los funcionarios y militares desplegados durante ese tiempo por Washington y la OTAN con la ilusa intención de llevar a la modernidad a un país ingobernable.

Los nuevos talibán manejan drones y cuentas en Suiza

Los talibán ya no son el grupo de barbudos con turbante negro seguidores del mullah Omar, el tuerto, con su manto verde al hombro y cuyo principal objetivo era acabar con el poder omnisciente de los señores de la guerra que combatieron a los soviéticos en los años 80 del siglo pasado. Ahora, los nuevos talibán, educados en las madrasas (escuelas coránicas) de Pakistán, pero también crecidos en medio de la corrupción "controlada" con la que Estados Unidos dirigió Afganistán desde su victoria en la invasión de 2001, son expertos en sistemas de armamento ultramoderno y saben manejar cuentas bancarias cuyos ramales llegan hasta Suiza y Arabia Saudí.

Pero no solo. El retorno talibán ha sacado a miles de mujeres de sus puestos de trabajo, las ha discriminado brutalmente y ha convertido la política en una emanación de las decisiones adoptadas en las mezquitas. Para ello los fundamentalistas se han servido de detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales y el ostracismo de todo aquel que trabajó en instituciones públicas durante los años de presencia occidental.

La debacle afgana

Pero no lo van a tener nada fácil los gobernantes talibán encabezados por Mohammad Hasan Akhund y dirigidos en la sombra por el mullah Hibatullah Akhundzada, su ideólogo. Según el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, cerca de 18,9 millones de afganos, casi la mitad de los 40 millones de habitantes, ya sufre de hambre severa. En los próximos meses cerca del 90% de la población de Afganistán vivirá bajo el umbral de la pobreza.

Además del caos producido por el retorno de los talibán al poder hace un año, la penuria ha empeorado por las sanciones internacionales impuestas al régimen, la congelación de las reservas de dinero del país en el exterior y la inflación desmesurada. Las consecuencias de la invasión rusa de Ucrania y la sequía que afecta a buena parte de Asia Central han reducido el abastecimiento de cereales y disparado el precio de los bienes básicos en Afganistán.

Tal caos es, precisamente, el terreno abonado para la actuación de algunos gobiernos extranjeros que no quieran atenerse al pie de la letra de las leyes internacionales y confían más en sus agentes sobre el terreno.

Los viejos y nuevos conquistadores de Afganistán han aprendido, con siglos de derrotas en este territorio irredento, que no sirve de nada tratar de imponerse, desplegar ejércitos y levantar bastiones inexpugnables. Las únicas fortalezas que nunca caerán en Afganistán son las cadenas montañosas del Hindu Kush y el Pamir. Es mucho más sencillo comprar voluntades. Un todoterreno, sistemas de comunicaciones con móviles (suelen ser chinos) y montones de fajos de dólares convierten al muyahidín más convencido en un leal e interesado aliado.

Un país desestabilizado y con enemigos internos

Y los talibán tienen necesidad de esa ayuda, también militar, que le pueden procurar entre bambalinas los Gobiernos iraní, chino, ruso y paquistaní. Además de grupos yihadistas sunnies que atacan a los hazaras y otras poblaciones chiítas afganas, hay movimientos armados de base internacional muy contrarios al régimen instalado en Kabul, como los representantes en Afganistán del Estado Islámico (ISKP), centrados en la provincia de Jorasán.

También está el Frente de Resistencia Nacional, que lucha contra los talibán en el valle del Panshir. Son seguidores de Ahmad Masud, hijo del legendario comandante Ahmad Shah Masud forjado en la lucha contra los soviéticos y los talibán durante dos décadas y convertido en un mártir tras su asesinato por terroristas de Al Qaeda pocos días antes de los ataques del 11-S. El Frente agrupa a muchos guerrilleros de origen étnico tayiko, mortalmente enfrentados a los pastunes que integran principalmente las filas de los talibán.

Tales organizaciones no tienen fuerza decisiva en estos momentos, pero el régimen de Kabul tampoco ha podido acabar con ellos. Una ligera presión por parte de una potencia extranjera podría causar mucho daño y recordar que así empezó el principio del fin del anterior gobierno talibán en 2001, con la Alianza del Norte nacida también en el Panshir, armada y acompañada en su marcha hacia Kabul por Estados Unidos y la OTAN.

Rusos y chinos en el Gran Juego afgano

En estas dos últimas décadas de presencia estadounidense y de la Alianza Atlántica en Afganistán no era un secreto que los rusos trataban con los talibán refugiados en las zonas tribales del norte de Pakistán. Esos tratos ahora podrían tener su recompensa. Pero además, están los chinos de por medio. En Pekín se había vaticinado la desastrosa retirada estadounidense desde antes de la pandemia de la covid y los contactos ya eran fructíferos. Afganistán sigue figurando en viejos mapas geoestratégicos, ahora de nuevo puestos sobre la mesa en Pekín, Moscú e Islamabad, como el territorio que deberían cruzar gasoductos procedentes del mar Caspio hacia Pakistán y la India. Con un combustible que en estos momentos sería de una importancia estratégica mundial.

Estados Unidos no se va a quedar quieto, por supuesto, pero, si bien sigue teniendo agentes sobre el terreno, depende mucho de aliados como Turquía, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos, que ya están haciendo pingües negocios con los talibán.

Pakistán e Irán tienen también sus propios representantes en Kabul y miran con mucho recelo a chinos y rusos abriendo sus oficinas en la capital afgana. Islamabad está muy disconforme con la laxitud con que los talibán han tratado al grupo guerrillero "Tehrik e Taliban Pakistán", deseoso de derribar el actual Gobierno paquistaní. Los contactos entre Afganistán y la India, enemigo irreconciliable de Pakistán, tampoco hacen gracia a los paquistaníes.

Los terroristas del ISKP han atacado puestos fronterizos en Tayikistán y Uzbekistán, levantando más ruido y descontento en el Asia Central ex soviética y acercando las posiciones del Gobierno talibán y el ruso, defensor de esos antiguos compañeros en la URSS. Otro tanto para Moscú gracias a sus viejos enemigos del Estado Islámico, con los que ya se enfrentó con éxito en Siria.

Lo cierto es que ni China ni Rusia han cambiado radicalmente sus políticas hacia Afganistán. Más bien se están aprovechando de las circunstancias. Aunque no han reconocido oficialmente al gobierno talibán, sí lo consideran de facto el timonel del país centroasiático, que es más de lo que podrían desear los fundamentalistas de Kabul. Entre esas circunstancias que han venido de maravilla a chinos y rusos está la desbandada estadounidense, comparable a los fracasos de las retiradas de Saigón, en 1975, y Bagdad, en 2014.

Pero los aparentes escrúpulos de China y Rusia con los talibán podrían variar si se recrudece el enfrentamiento de estos países con Estados Unidos en torno a Taiwán y Ucrania, respectivamente. Entonces Moscú y Pekín podrían desbancarse del consenso internacional y, con un reconocimiento del régimen afgano, abrir en Oriente Medio un área de conflicto que podría suponer un golpe muy duro para la hoja de ruta hegemónica en Asia y el Pacífico trazada en los laboratorios geoestratégicos de Washington.

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