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La ampliación de la OTAN en el norte y el corte del gas ruso en el este enmarañan la crisis de Ucrania

La apuesta de Finlandia y Suecia para incorporarse a la Alianza Atlántica cambia el horizonte de seguridad en el norte de Europa y el Ártico y aleja un poco más la posibilidad de negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania.

Un manifestante sostiene un títere con la cara del presidente ruso Vladimir Putin durante una protesta contra la invasión rusa de Ucrania frente a la embajada rusa en Sofía el 9 de mayo de 2022.
Un manifestante sostiene un títere con la cara del presidente ruso Vladimir Putin durante una protesta contra la invasión rusa de Ucrania frente a la embajada rusa en Sofía el 9 de mayo de 2022. AFP

La apuesta de Finlandia y Suecia para incorporarse a la OTAN cambia el horizonte de seguridad en el norte de Europa y el Ártico, augura una impredecible presión rusa sobre el Báltico y aleja un poco más la posibilidad de negociaciones para poner fin a la guerra en Ucrania. Los desafíos geoestratégicos y geoeconómicos que está generando la invasión rusa de su vecino del sur han abierto una nueva etapa de desconfianza, armamentismo y riesgo de ampliación del actual conflicto hacia Europa, y abre una insalvable grieta entre Occidente y Rusia que marcará de forma muy peligrosa la década actual.

Rusia ha fracasado a la hora de frenar los avances de la OTAN hacia sus fronteras, una de las razones de su invasión de Ucrania, y se ha enfangado en un conflicto que puede durar mucho más tiempo del calculado inicialmente por el Kremlin. La reducción del suministro de gas ruso hacia Europa que se está concretando estos días tensa más esa cuerda, añade incertidumbres mayores a la situación geopolítica y asegura graves problemas en la Unión Europea hasta que se encuentre una fuente de suministro de hidrocarburos que sustituya a Rusia, pero sobre todo ahonda la brecha con Moscú y asegura el retorno inexorable hacia una Guerra Fría con focos muy calientes en el viejo continente.

El mensaje de Finlandia de sumarse "cuanto antes" al Tratado del Atlántico Norte lanzado por su presidente, Sauli Niinistö, y su primera ministra, Sanna Marin, y el respaldo a la adhesión de un informe oficial del Parlamento sueco desbaratan la idea de que la OTAN es una reliquia de otros tiempos. También queda claro, con la amenaza rusa de tomar "medidas de represalia" y dar "una respuesta de carácter técnico militar", que Moscú esta dispuesto a mantener su dureza en el teatro de seguridad europeo. El envite finés y sueco no está desprovisto de obstáculos y ya el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha adelantado que su país no ve con agrado esa adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, debido al refugio que esos dos países han dado tradicionalmente a milicianos kurdos. Turquía es el país de la OTAN más afín a Rusia, lo que añade más sombras a las intenciones de los escandinavos.

Zelenski pretende presionar a Europa para que no reduzca el envío de armas a Ucrania

A las nuevas incorporaciones a la OTAN se une el toque de clarines en Bruselas para coordinar el "rearme" de Europa y su coordinación en todos los frentes. No es suficiente la OTAN, liderada por Estados Unidos, y ahora los grandes de Europa, es decir, Alemania y Francia, que reclaman su poder de decisión en el tema militar, obviando el inevitable golpe económico que supondrá esta reorganización de la defensa común para la UE en unos momentos de gran debilidad tras la pandemia de la covid y con la amenaza ya concretada de no recibir los hidrocarburos rusos. Energía que en estos precisos momentos no será posible sustituir a corto plazo y quizá tampoco a medio, por mucho que Estados Unidos se muestre tan solícito en vender a Europa su gas licuado, producto del fracking, una técnica de extracción muy agresiva con el medio ambiente.

El último paso en la 'guerra de la energía', paralela a la guerra en el campo de batalla y en la que Europa está en primera línea de fuego, lo ha dado Rusia con el anuncio del corte del gas que llega a Europa por Polonia a través del gasoducto Yamal Europe. Esta decisión es un contragolpe contra las sanciones europeas sobre Rusia y se ha producido después de que Ucrania decidiera también esta semana detener el flujo de gas por un paso del este del país que está en territorio controlado por los rusos.

El anuncio al respecto realizado por el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pretende presionar a Europa para que no reduzca el envío de armas a Ucrania y es una respuesta airada a los tímidos intentos de Alemania y Francia para recuperar la mesa de las negociaciones. Con Rusia afianzada en el este del país, el Gobierno de Kíev no parece tener muchas expectativas de que un acuerdo de paz no pase por la división de facto de Ucrania y la pérdida, no solo del Donbás y Crimea, sino de buena parte de su costa oriental.

Que Alemania esté ya sintiendo la caída del flujo de gas ruso, no  es un buen aliciente para prolongar la guerra con armas pesadas alemanas 

Sin embargo, el hecho de que Alemania esté ya sintiendo la caída del flujo de gas ruso y la perspectiva de que los depósitos de este combustible queden vacíos antes del próximo invierno (como ocurrirá también en Polonia y Bulgaria), no será un buen aliciente para prolongar la guerra con armas pesadas alemanas destinadas al ejército ucraniano, y más bien podría respaldar la posición de quienes defienden la necesidad de acudir a las negociaciones y detener cuanto antes el conflicto.

El consejero delegado de la empresa española Repsol, Josu Jon Imaz, lo ha dicho en Bilbao en un encuentro empresarial: en estos momentos "no se pueden sustituir los 150.000 millones de metros cúbicos de gas que Europa recibe de Rusia". Imaz ha dejado claro que un 40% de ese combustible no será cubierto en los próximos tiempos. La guerra del gas ya está servida, no solo para Alemania y otros países centroeuropeos que dependen directamente de los hidrocarburos, sino para todo el continente, pues suministradores como Argelia se están moviendo para atender otras necesidades, no solo las españolas. Por eso son imprescindibles las negociaciones, para detener la masacre humana en Ucrania y para impedir el colapso económico (y también social, por ende) en los próximos meses en toda Europa. Las cifras son claras: en 2021, el 45% del gas que consumió Europa era ruso y sustituirlo no es cuestión de dos días.

Washington, principal adversario de Moscú

El peso del retorno al diálogo no está, sin embargo, en manos de Berlín o París. Es Washington el principal adversario de Moscú y el Kremlin no aceptará a otro en la mesa de las negociaciones. Y Estados Unidos, con su presidente Joe Biden al frente, no ha cejado en su apuesta incondicional por Ucrania, por su importancia estratégica y por los negocios pendientes en este país. Por ello, Estados Unidos ya ha comprometido cerca de 40.000 millones de dólares en armas y ayuda a Ucrania, un monto que supera las aportaciones federales para la lucha global contra el cambio climático.

La eventual unión a la OTAN de Finlandia y Suecia podría llevar una nueva ampliación atlántica 

La eventual unión a la OTAN de Finlandia a Suecia no tiene para Rusia el nivel de amenaza que suponían una Ucrania y una transcaucásica Georgia dentro de la Alianza, pero es, aún así, un notable motivo de preocupación que podría llevar al despliegue de armamento nuclear ruso en torno al mar Báltico como contrapeso a la nueva ampliación atlántica y la instalación probable de sistemas antimisiles en los territorios de los nuevos miembros.

Y no solo está la seguridad del Báltico en juego. Rusia lleva apostando muchos años por la activación del comercio a través de los pasos libres de hielo del océano Glacial Ártico en cooperación directa con China, que ve en ese corredor un atajo para abastecer los mercados europeos con su tecnología y productos. Hasta ahora la hegemonía en el Ártico era rusa, pero una posible adhesión de Finlandia y Suecia cambia las cosas en la región. El deshielo en el Ártico, con la reducción progresiva de la banquisa polar por el calentamiento global, ha permitido abrir nuevas vía de navegación, como la llamada Ruta Marítima del Norte (NSR, en sus siglas en inglés) que manejan China y Rusia. También ha llevado a Moscú a tejer una nueva estrategia de seguridad en el área, con el despliegue de sistemas de misiles, radares, aeropuertos y puertos en toda su costa norte. Además, se cree que en el Ártico hay unas reservas de 90.000 millones de barriles de petróleo y de siete billones de metros cúbicos de gas natural. Más de la mitad de esos yacimientos de petróleo y casi la totalidad de las reservas de gas están en territorio ruso.

Ni Rusia ni China permitirán que una OTAN ampliada hacia el norte suponga el mínimo riesgo para un comercio que ambos países consideran de vital importancia. El trasiego del gas ruso podrá ser redireccionado hacia Asia con el tiempo, una vez Europa vaya adquiriendo su deseada independencia energética de Moscú, pero el tráfico comercial de China hacia Occidente no podrá pararse y pasa también por territorio ruso, por tierra o por la costa ártica. En este sentido, es un error pensar que van a perdurar en el tiempo las predominantes opiniones que hoy día en el seno de la UE y en Washington apuestan por arrinconar a Rusia y convertir a este país en un estado paria. Como ha vuelto a señalar al respecto el presidente francés, Enmanuel Macron, sobre unas eventuales negociaciones, la paz "no se hará con la negación ni con la exclusión de nadie".

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