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Eric Foner: "La mayoría del Supremo de EEUU se siente con el poder para retroceder en derechos"

El historiador estadounidense Eric Foner.
El historiador estadounidense Eric Foner. Columbia University

El historiador estadounidense alerta del riesgo de que las instituciones del país dejen de servir para proteger la democracia.

Eric Foner (Nueva York, 1943) es uno de los historiadores más reputados de Estados Unidos. El profesor emérito de Historia de la Universidad de Columbia de Nueva York, donde dio clases durante más de 40 años, lleva varios años jubilado. Como dice él, "una jubilación fallida, porque, aunque ya no doy clases ni estoy trabajando en un nuevo libro, escribo reseñas de otros libros y cosas así". Es un historiador esencial para conocer la Guerra Civil y el período inmediatamente posterior, la llamada Primera Reconstrucción, y figuras decisivas de esa época como Abraham Lincoln. Cree que el país está en el inicio de un período de retroceso, y alerta: "Nuestras instituciones podrían no ser tan fuertes como creemos en la protección de la democracia".

El Tribunal Supremo ha tenido muchas veces un papel decisivo en la historia de Estados Unidos, pero en los últimos días ha minado el derecho al aborto y atacado las leyes estatales para regular las armas. ¿Cree usted que seguirá ahondando en la polarización del país?

Particularmente, ahora mismo hay cinco jueces en el Tribunal Supremo que son puramente partidistas y sencillamente están actuando políticamente [el alto tribunal americano está compuesto por nueve jueces, seis fueron propuestos por presidentes republicanos y otros tres, por demócratas]. En este escenario, el presidente del tribunal, el juez John Roberts, que es conservador, está tratando al menos de que los casos se aborden de acuerdo con la ley y de manera técnica, no de acuerdo con una ideología personal o una ideología religiosa. Pero la mayoría del tribunal está ahora empoderada y sintiéndose con ese poder para volver atrás sobre derechos y jurisprudencia sobre casos juzgados que existe desde hace muchos años.

¿A qué escenario se enfrenta la sociedad americana en esta situación?

La gente está muy centrada en la revisión del caso Roe vs. Wade sobre el derecho al aborto [en dicha sentencia, de enero de 1973, el alto tribunal estableció que la libertad individual consagrada en la Constitución protegía el derecho de las mujeres a poder abortar; el Supremo la tumbó el pasado viernes] y en otras decisiones de tipo religioso, pero el énfasis real de estos magistrados conservadores del Tribunal Supremo es deshacerse de lo que ellos llaman el estado administrativo. Es decir, para ellos el foco es realmente el New Deal, no tanto la Gran Sociedad [el proyecto de bienestar y derechos sociales de Lyndon B. Johnson en los años 60], el movimiento feminista o el de los derechos humanos, ellos odian todo eso, por supuesto, pero el objetivo es el New Deal: acabar con ese gobierno que creó agencias federales para regular la economía y promover ciertas tendencias, como podría ser hoy la justicia ambiental. Están intentando desmantelar toda esa estructura de la administración que existe desde hace al menos un siglo. Y habrá un cierto número de casos en los próximos días o semanas donde lo que se juzgará será esto: si es el gobierno federal o son los estados los que deben regular ciertos aspectos.

Esto habla por sí solo del tremendo poder político que tiene este tribunal en Estados Unidos.

Normalmente, el Tribunal Supremo intenta jugar un papel de moderación, incluso cuando ha tomado una posición partidista, no quiere aparentar que es el agente de un partido político. En los últimos meses, varios juristas, incluidos [Neil] Gorsuch [propuesto por Donald Trump y nombrado en 2017], [Clarence] Thomas [nombrado por George H. W. Bush en 1991] y [John] Roberts [presidente del alto tribunal desde 2005, nombrado por George W. Bush] han salido a menudo dando discursos para decir que la gente piensa que el Tribunal Supremo actúa en función de una ideología, pero que no es cierto, que actúan según la ley, la jurisprudencia, etcétera. Pero el hecho que de ellos sientan que tienen que salir a dar esos discursos es la señal de que están un poco preocupados sobre la impresión que están dando a la sociedad.

En la llamada Segunda Reconstrucción de los años 50 y 60, varias decisiones del Supremo ayudaron, sin embargo, a consolidar las reivindicaciones de los derechos civiles, sin embargo, en la Primera Reconstrucción, tras la Guerra Civil, el papel del Supremo fue justo el contrario. Ahora vuelve a las andadas.

Tras la Guerra Civil, el Supremo tumbó muchas de las medidas que el Congreso aprobó y que buscaban crear algún tipo de igualdad para la población negra. Entonces, en el lapso de una generación, el alto tribunal lo echó todo por tierra y mi temor es que actualmente podríamos estar viendo el comienzo de algo parecido. En esa Primera Reconstrucción, la Constitución se violó continuamente en el Sur y el Tribunal Supremo respaldó eso y empezaron las llamadas leyes Jim Crow [leyes racistas que restaban los derechos de los negros, les prohibían votar e impusieron la segregación racial]. El riesgo actualmente es el siguiente: tenemos que tener en cuenta que nuestras instituciones podrían no ser tan fuertes como creemos en la protección de la democracia, porque en otros momentos de la Historia de este país ya hemos vivido algunas de estas amenazas contra la democracia y la igualdad que estamos viendo ahora.

Al mismo tiempo que las sentencias del Tribunal Supremo y la amenaza que suponen políticos como Donald Trump, se han producido protestas sociales que en algunos casos han recordado a las de los años 60, la época de los derechos civiles, como las del Black Lives Matter de 2020. ¿Cree que EEUU puede estar en el inicio de una Tercera Reconstrucción, expresión que propone incluso algún movimiento social?

Sería estupendo si fuera así, pero creo que en estos momentos estamos más bien en el momento de una Tercera Redención [mientras que la Reconstrucción fue el período que siguió a la Guerra Civil, donde el Norte antiesclavista victorioso intentó sentar las bases de una sociedad de ciudadanos libres e iguales, la Redención fue el movimiento del Sur por volver a una sociedad racista]. La Redención fue la anulación de la Reconstrucción y el retorno del supremacismo blanco y creo que ahora estamos viendo un muy potente regreso de esa reacción violenta no sólo contra el Black Lives Matter o [lo que supuso] la administración Obama, sino también contra cambios generales en la relación de razas, de género, que se han producido en Estados Unidos recientemente.

Todo eso ya pasó en la Primera Reconstrucción, en los años 60 y 70 del siglo XIX. En la Segunda Reconstrucción, en la época de los movimientos por los derechos civiles, los años 60, el Supremo contribuyó a que Estados Unidos fuera un país más igualitario. Pero ahora hay un retroceso, un ataque a todo eso desde la promoción de los géneros tradicionales, roles y valores, y desde luego el Tribunal Supremo está teniendo y tendrá un papel muy importante en esto.

La mayoría de sus trabajos como historiador han estado centrados en la Guerra Civil y el período inmediatamente posterior, la llamada Primera Reconstrucción. ¿Vive ahora Estados Unidos una situación de polarización similar a la de aquella época?

La historia nunca se repite a sí misma, pero se pueden encontrar similitudes o quizás lecciones y sí, los Estados Unidos están profundamente divididos ahora mismo. No está dividido en torno a un gran asunto, como lo estaba cuando terminó la Guerra Civil entre proesclavistas y antiesclavistas, pero, no obstante, el grado de polarización ahora es muy extremo. Siempre ha habido diferencias en las ideas políticas, no hay nada inusual en eso, pero lo más preocupante en estos momentos es lo que se puede llamar el odio de una parte hacia la otra. Hay una división en dos bloques, donde un lado desestima completamente a todos los que están en la otra parte. Desde luego es una situación que yo nunca había visto durante mi vida. Ahora bien, ¿está el país encaminado a una nueva guerra civil?

¿Lo está?

Hay gente escribiendo artículos en los periódicos diciendo que sí. No lo sé, lo dudo, sería muy difícil. Antes de la Guerra Civil había hasta una línea geográfica que dividía a las partes, así que era muy fácil contemplar la ruptura del país sobre esa línea, se rompe la nación y cada uno en su parte. ¿Cómo harías eso hoy? Por un lado, tendrías, no sé, a Nueva York y, por otro, a California [que están en dos extremos]... Es difícil ver que eso suceda, pero sí que vamos a sufrir tremendos problemas para un gobierno democrático y tenemos precedentes sobre ello. Si será una guerra civil, no lo sé, pero sí que tenemos extrema derecha, grupos neofascistas, grupos racistas, grupos supremacistas, que parecen querer tomar las armas o al menos, hablar sobre ello, muchos puede que no quieran tomar las armas, pero sí que hablan mucho sobre tomarlas. Es muy preocupante. El proceso democrático, en esta situación, hasta parece ser irrelevante, y eso es una mala cosa.

¿Cree usted que, en esta situación de división, podría haber espacio para un tercer partido en Estados Unidos, como sucedió justo hace ahora 30 años, en 1992, con Ross Perot?

Visto hacia atrás ahora, Perot fue una especie de genio, a su manera. La gente tiende a olvidarlo, pero él sólo obtuvo más votos que cualquier otro tercer candidato a presidente de todo el siglo XX [Perot obtuvo 19,7 millones de votos, frente a los 44,9 de Bill Clinton y los 39,1 de George H. W. Bush]. Perot encontró la forma de atraer, era un hombre de negocios, del que Trump ha aprendido algunas lecciones. Primero, que no necesitas un partido político. Segundo, el énfasis sobre el empleo y la desindustrialización del país como piedra angular del ataque contra el neoliberalismo, una crítica lanzada por alguien de la derecha, no de la izquierda; por eso, Perot se opuso al acuerdo comercial con América Latina [el NAFTA], y Trump tomó eso prestado. Tercero, Perot apeló a muchas personas que sentían ansiedad económica porque la economía mundial había degenerado en un caos. Merece la pena echarle un vistazo a Perot, desde luego.

También hay notables diferencias con Trump.

Él, al contrario que Trump, no hacía llamamientos racistas, era un hombre de negocios que no estaba interesado en eso. Trump no, él hace menciones directas a lo racial, es muy hostil: que si los mexicanos son asesinos, apelaciones a que Obama, quien por ser negro, no sería realmente, dice, un ciudadano de Estados Unidos... Ideas muy extremas. De algún modo, Trump hace por fundir el enfoque económico de Perot con ideas racistas de un Pat Buchanan, quien en 1992 y 1996 se presentó a las primarias del Partido Republicano para optar a ser candidato de ese partido a las elecciones. Él fue, de hecho, quien ya entonces puso en marcha esa idea del reemplazo, de que la inmigración es terrible porque está reemplazando al estadounidense blanco y de que los inmigrantes que entran en el país son unos inútiles, justo un elemento que forma parte del mensaje de Trump.

¿Tendría éxito hoy un tipo como Perot o una propuesta como la suya?

No lo sé, quién sabe, Perot era personaje muy extraño, decía cosas muy locas algunas veces, pero él nunca desarrolló en los demás ese culto a su persona tan propio de Trump, que también es un personaje muy extraño. Trump está muy preocupado por lograr una lealtad extrema de sus seguidores, y esto es muy peligroso porque ya no importa cuáles sean los hechos ni cuál es la realidad, sus seguidores tienen que estar donde está Trump, en cualquier realidad paralela que éste quiera desplegar.

Un trabajo de los historiadores ha sido separar el mito y la propaganda de la historia. En los últimos años, el trabajo se multiplica por las 'fake news'. ¿Cómo lo vive como historiador?

Estamos viviendo un mundo que es completamente extraterrestre para mí en cuanto a las redes sociales y en cuanto a de dónde la gente toma la información. Cuando yo crecía, la gente compraba los periódicos y la información la cogía de ahí, pero eso ya no sucede. Ahora reciben la información por Facebook, por Fox News y otros medios, como podcasts conservadores y muchas páginas de internet que están reforzando muchos conceptos erróneos sobre la historia americana y también sobre la política americana. Si eso es una de las causas de la actual situación por la que atraviesa Estados Unidos, no lo sé. De todos modos, la polarización política, las fake news, nada de eso es nuevo en la política americana, pero la velocidad a la que circulan y llegan a todo el mundo es nueva, antes llevaba tiempo que estas ideas circularan por todo el país y ahora es instantáneo.

Eso va a ser un desafío para los historiadores.

¡Por supuesto! Va a ser un problema hacer una crónica de esta época: de dónde obtener la información, cómo seleccionar las fuentes... Es un escenario abrumador, en el futuro habrá que lidiar con miles de millones de tuits, correos electrónicos, expresiones mediáticas. Pero ¿cómo se podrá hacer eso? ¡Es imposible! Los historiadores estarán abrumados con las fuentes de la política americana en esta época particular.

Cuando entro en una librería en Estados Unidos y voy a la sección de historia, a menudo me encuentro con libros escritos por periodistas, como los de Ambrose sobre la Segunda Guerra Mundial, o biografías como las de Robert Caro sobre Lyndon B. Johnson, o David McCullough escribiendo sobre Harry Truman o John Adams. ¿Es esto un fenómeno particularmente americano?

Los libros en las librerías son aquellos de los que se esperan vender muchas copias, aunque puede que sea una trampa circular: por el hecho de estar en la librería, vas a vender más copias, y si no estás, no las venderás, pero dejémoslo así. Hay un grupo de escritores, no muy amplio, algunos periodistas y otros simplemente buenos escritores, que saben contar una buena historia y a la gente le gusta leer sobre historia. Pero la audiencia académica es muy diferente de la audiencia pública interesada en la historia. La gente que lee a McCullough, Caro o Ambrose, no están interesados en las últimas disertaciones doctorales, que probablemente no estén tan bien escritas. ¿Por qué esos lectores compran esos libros, qué buscan en ellos? Normalmente buscan un libro centrado en un individuo: Theodor Roosevelt, los padres fundadores, Abraham Lincoln… ¡están buscando a un personaje! Esos lectores leen esos libros por la misma razón por la que otros lectores leen a Jane Austen u otros novelistas, están buscando el interior de las relaciones humanas, y está bien que así sea.

¿Y qué le parece eso desde el punto de vista de un historiador?

No lamento el hecho de que esos escritores vendan muchas copias de sus libros, pero eso no es realmente en lo que consiste la historia como disciplina, esos libros producen habitualmente una sesgada forma de historia donde todo son grandes hombres o mujeres y hacen girar la historia en torno a esos individuos. Así no es como los historiadores trabajamos. Hay una enorme brecha entre cómo lo hacemos nosotros de forma académica y lo que el público general lee y quiere leer cuando se interesa por la historia. Eso es un problema en muchas metodologías sobre la historia americana todavía ampliamente empleadas, incluso aunque no estén completamente desacreditadas en el mundo universitario. Lo que sucede es que muchas veces los nuevos estudios no han sido aún difundidos con amplitud entre el gran público. Tomemos como ejemplo el famoso Proyecto 1619 del New York Times. Ha sido leído por muchísima gente. Yo mismo he leído el libro, hay cosas que están muy bien y otras que no tanto, pero el proyecto ha hecho que historiadores sobre racismo y esclavitud hayan presentado a una gran audiencia los resultados de 30 o 40 años de investigación sobre la historia de esos dos temas en Estados Unidos, ¡y eso es bueno! Pero muchos lectores de a pie cogieron el libro y dijeron: "¡Dios mío cómo es que no había oído hablar de esto antes!". Y la respuesta de muchos historiadores fue: "No lo sé, nosotros sabíamos ya todo esto". Y resultó que mucha gente no lo sabía. Desde luego, es positivo que la gente tuviera ese encuentro con la Historia que no se había producido antes.

Recientemente se ha celebrado el 50º aniversario del caso Watergate. ¿Qué influencia tuvo ese escándalo en el devenir del Partido Republicano que ha llevado desde Nixon hasta Trump, y en el devenir del Partido Demócrata, que ya había tomado un rumbo diferente justo con el presidente anterior a Nixon, Lyndon B. Johnson, que hizo de ese partido el partido de los negros y de los movimientos sociales?

El caso Watergate fue muy importante, pero creó un falso sentimiento de optimismo en el Partido Demócrata. El público reaccionó muy en contra del Partido Republicano y eso llevó a Carter a la presidencia en las elecciones de 1976. Un nuevo Partido Demócrata entraba en existencia en esos años, diferente del partido del New Deal, no tanto apoyado en los trabajadores industriales,  sino en los movimientos por los derechos civiles de los años 60, el de los derechos de los negros, el feminista, el ecologista, con un perfil más activista, no tanto necesariamente la clase media trabajadora sino en muchos casos más bien clase media alta más preocupada por los temas de estilos de vida, si queremos llamarlo así.

¿Cómo evolucionó el Partido Republicano?

Mientras eso pasaba, Ronald Reagan llegó para unir al partido tras el Watergate y tuvo la habilidad de juntar de nuevo a los proNixon y los antiNixon. Pero dada la situación económica de los años 70, el colapso del Partido Republicano no duró tanto tiempo. Carter fue elegido en el 76 y en el 81 Reagan fue elegido por una amplia mayoría y desde entonces hemos tenido sobre todo presidentes republicanos [Reagan, Bush padre e hijo y Donald Trump han gobernado durante 24 años; frente a Clinton, Obama y Biden, que han gobernado por 18 años]. En parte porque tenemos un sistema político que, aunque obtengas más votos, no eres presidente, y eso ha pasado dos veces en esos años, con Donald Trump y George W. Bush. Aun así, pienso que hay un determinado número de políticos republicanos que están esperanzados en que el partido se distancie de Trump y sea un poco más normal en el próximo año o dos años, pero los votantes parecen tener mucha devoción por Trump y por eso ningún líder republicano se atreve a dar un paso adelante y decir que todo esto es un error, que esto no es democrático, que tratar de alterar el resultado de una elección es definitivamente la peor cosa que hacer. Eso podría acabar pasando, pero es difícil saber cómo porque ningún político republicano significativo está queriendo desafiar el rumbo que ha tomado el partido.

¿Las recientes audiencias del Congreso que investigan el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 podrían jugar un papel en eso?

Precisamente, hacía mucho tiempo que no se pensaba en el escándalo del Watergate y estos días [entre el aniversario y también] con las audiencias en el Congreso, los demócratas, como entonces, se preguntan: ¿habrá una reacción del votante republicano contra el Partido Republicano debido a las actividades criminales reveladas? Los demócratas ganaron las últimas elecciones por un margen muy pequeño y se plantean si se producirá esa reacción, porque eso les permitiría tener una mayoría más amplia en el Congreso. Sin embargo, en las últimas elecciones hubo de hecho importantes signos de alarma.

¿Cuáles?

Trump de hecho incrementó su apoyo comparado con las elecciones de 2016 entre sus adeptos, pero también entre las mujeres, entre los negros... El único grupo que, en realidad, dio menos votos a Trump que cuatro años atrás fueron los hombres blancos de los suburbios, que no es un grupo sobre el que uno pueda cimentar una nueva mayoría. Ellos fueron los que eligieron a Biden. Creo que ambos partidos están en un punto de inflexión ahora mismo. Nadie sabe hacia dónde se dirigen y puede que lo que nos espere sean años de paralización y bloqueo político. Pero la idea de dos partidos políticos sobre los que uno sabe perfectamente qué proponen y cuál es su estrategia ha dejado de existir en Estados Unidos.

A menudo gira todo en torno a la personalidad del líder.

En general ha sido así en los últimos años. Hay excepciones: miras a un tipo como Jimmy Carter, cuya personalidad no era muy fuerte, o alguien como John Kerry, el candidato demócrata de 2004, que no solía gustar mucho a la gente tampoco. De modo que sí, personas con mucha personalidad pueden en estos tiempos obtener un apoyo político enorme, pero también hay que preguntarse: ¿es la personalidad de Trump la que le hace ganar tantos apoyos o es otra cosa? No lo sé, no estoy muy seguro. De todos modos, los demócratas parecen tener una carencia de candidatos con... no sé cómo llamarlo, pero sí, digamos que candidatos con personalidad.

Tampoco el Partido Demócrata parece tener una ideología o un programa claro.

En estos momentos, la única ideología del Partido Demócrata, que a lo mejor les da la victoria, vete a saber, es ser antiTrump. Trump es racista, Trump es una amenaza contra la democracia, Trump es esto o lo otro, así que ¡vota por nosotros porque de otro modo gobernará Trump! El problema es que esto podría funcionar en un contexto donde la economía esté yendo bien, pero ahora mismo la economía no va bien y la mayoría de la gente vota según el criterio económico. Los demócratas habían asumido que la recuperación llegaría este año, pero las dificultades duran y no hay ninguna evidencia de que las cosas vayan a ir a mejor pronto. Desafortunadamente, el Partido Demócrata va a tener que enfrentar el riesgo de perder muchos votos de gente que querrá votar a los republicanos para provocar un cambio en el gobierno.

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