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Una forastera en Brasilia

Fue la elegida de Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores (PT) nunca se lo perdonó. También la primera mujer en ocupar la presidencia de Brasil, un país que la ha colocado dos veces en el banquillo de los acusados: durante la dictadura y en plena democracia. La estadista honesta no supo hacer política a la brasileña, hoy paga el precio de no haber sabido escuchar.

La presidenta brasileña Dilma Rousseff, suspendida de sus funciones por un juicio de destitución, habla en un acto en Brasilia (Brasil). EFE/Cadu Gomes

AGNESE MARRA

BRASILIA.- En sus últimos 109 días en el Palacio de la Alvorada Dilma Vana Rousseff ha estado sola. Desde que el pasado 12 de mayo fue apartada de sus funciones como presidenta, se quedaron a su lado un pequeño equipo de fieles escuderos: seis asesores personales, su jefe de prensa, el fotógrafo, el de las redes sociales, la que está de guardia en internet; y su mano derecha en la sombra, Giles Carriconde Azevedo, o como le llama Dilma: “Gils e Les”.

Rousseff no ha escuchado el ruido de las manifestaciones pidiendo su vuelta. Ni ha sentido la palmada en la espalda de sus compañeros. Desde que la semana pasada comenzó el juicio por el que este lunes se sienta en el banquillo, lo que más se ha oído es el cacareo de los senadores que han hecho del Senado un gallinero. En las calles lo que ha retumbado es el silencio. La resaca de las Olimpiadas y el hastío ante un proceso que ha tardado un año en pasar de amenaza a realidad, han hecho que el segundo impeachment que sufre la joven democracia brasileña —el primero fue en 1992 a Fernando Collor—, pase casi desapercibido para la sociedad.

Rousseff llega este lunes al Senado sola. Su padre político, Lula da Silva, la acompaña de cerca, pero el Partido de los Trabajadores (PT) la mira desde muy lejos, como el que no se da por enterado, como el que ya no tiene que prestar cuentas a nadie. Dilma Rousseff llega al Senado no para defender su mandato, dado por muerto desde hace tiempo, sino para dar un discurso para la historia, aquella que se escribe con mayúsculas.

Por eso lleva dos semanas escribiendo y reescribiendo las palabras que se escucharán este lunes. Por eso ha vuelto a leer los discursos de Getúlio Vargas, para encontrar una inspiración solemne. Por eso Lula da Silva llegó el domingo a la Alvorada a repasar punto por punto un speech donde él y su pupila se juegan mucho. Un discurso del que al menos, simbólicamente, tienen que salir ganadores.

Dilminha y el presidente

Atrás queda 2002 cuando Lula da Silva acababa de ganar sus primeras elecciones y buscaba un candidato para la cartera de Minas y Energía. Una compañera de esta secretaría en el estado de Río Grande del Sur le llamó la atención: “Iba con un pequeño ordenador en la mano y entre los quince que estaban en la reunión tenía un diferencial muy claro: era muy práctica. Ahí pensé que ya tenía a mi nueva ministra”, contaba Lula da Silva en 2008 a la revista Piauí.

En 2003 la convidó formalmente en su Gobierno y desde entonces se hicieron uña y carne. El carácter fuerte de Dilminha —como siempre la llama Lula—, su valentía ante las situaciones difíciles, y su minucioso trabajo, casi obsesivo, conquistaron al presidente. Las mismas cualidades que hoy le critican y que para muchos han sido la clave de su inminente derrota.

Rousseff era la praxis y Lula la emoción. Ella daba los datos y él sabía contarlos al pueblo. Durante la primera legislatura del petista, ella estuvo en la sombra, resolviendo problemas, encerrada con su ordenador haciendo estadísticas. Esta economista nacida hace 68 años en Minas Gerais, con una ideología a la izquierda de Lula, siempre creyó en la fuerza del Estado y en el intervecionismo económico. La esencia del neodesarrollasimo: fortalecimiento de la industria e inversión en infraestructuras. Ningún interés por el medio ambiente, poco por la política internacional, y poquísimo por todo lo relacionado con causas indígenas, o movimientos sociales. Dilma era y es industria.

El salto lo dio cuando Lula decidió darle un ascenso. En 2005 el escándalo de corrupción del mensalão dejó al sindicalista sin sus principales bastiones, acusados de desviar dinero para la financiación de campañas. Lula comenzaba su segunda legislatura y necesitaba a alguien de confianza. Dilma fue la primera que se le pasó por la cabeza. Porque Dilma también es lealtad. Dicen que se asustó cuando la llamó para ser jefa de la Casa Civil, que tuvo miedo de no dar la talla.

Lula quería a alguien discreto que trajera a este ministerio un aire más técnico y menos político, todo lo contrario de su antecesor, José Dirceu, que acabó entre rejas. Esa tarea es la que mejor sabía hacer y la cumplió a la perfección. Los encuentros entre Dilminha y “el presidente” —como ella sigue llamando a Lula— eran diarios. Poco a poco pasó de ser su mano derecha, a su sucesora presidencial. El líder del PT no dio otras opciones, la lanzó como candidata sin hacer preguntas: Rousseff sería su sustituta.

La noticia no cayó especialmente bien entre las filas petistas. Dilma se había afiliado al partido tarde, apenas en 2002. Venía del Partido Democrático de los Trabajadores (PDT), más a la izquierda que el PT, y más intelectual. Era una intrusa que había llegado muy alto casi sin darse cuenta, una empollona a la que no querían en clase, la alumna que nunca se deja copiar en el examen y que siempre saca un diez. A ella nunca le importaron los corrillos y a Lula mucho menos: era su apuesta personal. Hoy, según algunos, ha sido su mayor error político.

Entre la macroeconomía y el “estilo”

Dilma ganó sus primeras elecciones en 2010, cuando su antecesor dejó el poder con el mayor índice de popularidad de la historia: un 88% de brasileños adoraba a Lula da Silva. El 1 de enero de 2011 Rousseff se convirtó en jefa del Ejecutivo con un 70% de popularidad. Llegaba con la fama de ser una técnica, responsable del Programa de Aceleración al Crecimiento (PAC), uno de los mayores logros petistas al que daría continuidad en su nuevo mandato. Protección de la industria y del empleo, inversión en infraestructuras e incentivos al consumo eran la fórmula perfecta para mantener las políticas de inclusión social que dieron fama a la era Lula.

Como primera mujer presidente de la historia del país, dio varios puestos de poder a sus compañeras, y Lula le impuso el nombre de la mitad de sus ministros. Ella lo aceptó sin rechistar. Pero a los seis meses despidió a siete, cuatro de ellos, indicaciones directas de su antecesor. La mandataria no permitió que en su equipo hubiera nadie acusado de corrupción. Ese despido masivo dio confianza a los brasileños. Las élites del país estaban contentas: tenía estudios —no como Lula, tildado de analfabeto por las clases más altas— y parecía seria. Pero en la cúpula del PT esos despidos fueron una primera señal de alarma. Después vendrían otras.

Dilma cerró 2011 con la creación de dos millones de empleos, colocó a Brasil como la sexta economía del mundo por delante de Inglaterra y la aprobación de su gobierno alcanzó el 64%, un récord en el país. Pero la aceptación en las calles poco tenía que ver con lo que sucedía en Brasilia. En el Palacio de Planalto, Rousseff sólo quería trabajar por el ansiado crecimiento económico. La relación con sus ministros era mínima. Daba órdenes, exigía resultados y no aceptaba ni un solo fallo. No quería negociar, sino trabajar. No quería hacer favores a nadie, sino resolver problemas y aplicar medidas. En definitiva no quería hacer política, al menos al estilo de como se hace en Brasilia, y sobre todo al estilo de cómo la hacía Lula da Silva.

Mientras la economía y el empleo crecían, la falta de cintura y los constantes relatos sobre cómo humillaba a sus subordinados quedaron en simples anécdotas: “Soy una mujer dura rodeada de hombres dulces”, repetía irónicamente cuando se la cuestionaba por su carácter. Después le pasarían factura.

Sus éxitos continuaron en 2012 y la envalentonaron a expandir el gasto público y preocuparse menos por la inflación. Bajó la tasa de interés de los bancos estatales para fomentar el crédito y obligó a los privados a hacer lo mismo. Comenzó a controlar la lucratividad de las concesiones privadas que promovía y forzó la bajada del precio de la electricidad, lo que generó grandes pérdidas para las empresas del sector. Rápidamente saltó la alarma de los empresarios y los grandes medios de comunicación le colgaron la etiqueta de “gastadora”. Rousseff estaba encerrada en el Planalto, cada vez más aislada: “Uno de sus grandes errores fue creerse que podía gobernar sola, ella representaba un proyecto político y no a ella misma”, diría uno de sus ex ministros en la revista Piauí hace un par de años.

“Su caída no ha sido por la macroeconomía, sino por su arrogancia, por su estilo de tratar a la gente”

Las manifestaciones de junio de 2013 que empezaron como una protesta contra la subida del billete de autobús, derivaron con la indignación de la ciudadanía por los gastos millonarios de la Copa del Mundo y la escasa inversión en los servicios públicos. La rabia se centró en Brasilia y la popularidad de Dilma cayó en picado. Dicen que la única vez que cambió de idea fue después de esas manifestaciones: empezó a reunirse con líderes sindicales, políticos, empresarios, con todos los que hasta el momento había ignorado.

Pero en cuanto aumentó su popularidad, volvió a encerrarse en el Planalto y siguió con su modus operandis: ejecutar sin negociar, ni preguntar, y mucho menos hacer favores a nadie. Su actitud acabó pesando en el Congreso. En 2014 los diputados dejaron de apoyar sus propuestas de ley, nunca había votos suficientes para aplicar sus medidas. Así empezaba la crisis de gobernabilidad que continuó en su segundo mandato: “Su caída no ha sido por la macroeconomía, sino por su arrogancia, por su estilo de tratar a la gente”, decían personas de su partido a la periodista Daniela Pinheiro.

La amenaza cumplida

Rousseff llegó a las elecciones de 2014 con el desprestigio del Congreso y la desconfianza de su sigla. Las previsiones electorales eran negativas para el PT y Lula a último momento decidió tomar las riendas de la campaña y dar la vuelta a los resultados. Ganó por poco, por un 1,6% de los votos. En el PT recuerdan que ganó por ellos, por prometer a sus bases que enfrentraía la crisis con políticas de izquierda, y no con los recortes que exigía el Congreso.

Rousseff empezó su segundo mandato con una oposición (PSDB) enfurecida por haber perdido una vez más contra el PT. Aécio Neves no esperó ni una semana para comenzar con las amenazas de hacer un impeachment. Dilma en un intento de contentar al Congreso y al empresariado aceptó apostar por una economía más neoliberal y anunció recortes fiscales. Pero el presidente del Congreso, Eduardo Cunha, enemigo acérrimo del PT se encargó de que no consiguiera apoyos. Los escándalos de corrupción de Petrobras salpicaban a diversos aliados del Gobierno y del propio PT. Los medios atacaron sin piedad con dos rótulos: el PT era el partido de la corrupción y Dilma la responsable de la crisis económica.

Durante meses diversos juristas contratados por la oposición estudiaron medidas para intentar hacer un impeachment. Lo que encontraron fueron tres decretos presupuestarios que Rousseff firmó sin permiso del Congreso para conseguir dinero por adelantado cuando todavía no había devuelto los préstamos anteriores. Un delito de maquillaje de cuentas. Mientras, el principal partido alíado de Rousseff (PMDB) y su vicepresidente, Michel Temer, como mayor representante de la sigla, le daban señales de que abandonaban el barco.

A finales de 2015 Dilma Rousseff estaba sola en el Congreso y en el Ejecutivo. Sola en las calles, con los ciudadanos más preocupados por el aumento del desempleo y del precio de los alimentos. Sola en su partido. Y sola ante el resto de la izquierda que dejó de ver diferencias entre sus políticas y las del programa de la oposición. Así se creó un contexto perfecto para llevar a cabo un juicio político donde la justificativa legal de crimen de responsabilidad nunca fue lo más importante. Los senadores ya habían decidido.

Este lunes a Dilma Rousseff todavía le queda la palabra —aunque la oratoria nunca ha sido lo suyo— para mantener su dignidad y defender su honestidad ante unos jueces más preocupados por sus negocios personales que por el rumbo del país. Con la salida de Dilminha, la política vuelve a Brasilia, con los favores de siempre, las alianzas imposibles y los guiños en los pasillos.

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