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El islam político, perseguido en Oriente Próximo

Los paladines de la lucha contra el islam político en Oriente Próximo son los príncipes Mohammad bin Zayed y Mohammad bin Salman. Desde los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí dirigen y financian una larga serie de conflictos regionales, y afirman defender la tolerancia pero solamente la permiten entre aquellos que acatan el poder que representan.

Mohammad bin Zayed, príncipe heredero de Abu Dhabi  y uno de los hombres más poderosos del país. / Reuters
Mohammad bin Zayed, príncipe heredero de Abu Dhabi y uno de los hombres más poderosos del país. / Reuters.

eugenio garcía gascón

Los recientes atentados en Francia y Austria han reavivado el temor europeo al islam político en Europa, un temor que viene de lejos pero que cada vez está más enraizado en el continente, como demuestran las controvertidas reacciones del presidente Emmanuel Macron y los comentarios de analistas e intelectuales, abundantes en Francia, principalmente relacionados con el sionismo.

La percepción que tienen los musulmanes de Europa es que Macron y sus acólitos son incapaces de distinguir entre el islam y el extremismo yihadista, aunque esta no es una opinión solo europea. También se observa en Oriente Próximo, especialmente en los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Egipto, además de Israel.

Quizás el más activo de todos los dirigentes de esa camada sea el príncipe emiratí Mohammad bin Zayed (MBZ), que está librando una guerra sin cuartel contra el islam político en distintos países de la región, con el visto bueno, verbal y en forma de armas, de las principales potencias occidentales, incluida la Francia de Macron, bajo la bandera nominal de una lucha contra el fundamentalismo islamista y el terrorismo.

La narrativa de Macron es la misma que la de MBZ y sus aliados árabes: existe una superioridad constatable de la cultura y las sociedades occidentales y liberales sobre la cultura islámica, y el islam político constituye una amenaza para sus valores que conviene erradicar sin demora.

En el caso de los Emiratos, el país árabe líder en esta lucha, estamos hablando de un país absolutista que carece de libertades, al menos tal como se entienden en Occidente, y donde el islam oficial se ha subordinado al poder civil para justificar la opresión, la carencia de la libertad de expresión o cualquier otra forma de disidencia que no esté autorizada por los gobernantes.

El influyente Consejo de la Fatua emiratí se ha convertido en una poderosa herramienta al servicio del gobierno, mediante que la que se controla el islam, y mediante la que se da forma a un discurso islámico local apelando a una "tolerancia" que solo existe cuando uno se identifica con las directrices del gobierno. En esos países el único autorizado es el islam quietista y obediente, mientras que el islam político está sometido a la persecución.

Algunos críticos han señalado que la despolitización del islam tal como se lleva a cabo en los Emiratos no es tal. Sería más bien una politización que pone la religión al servicio del gobierno y la instrumentaliza en función de sus intereses y ambiciones, al tiempo que se reprime cualquier forma de discrepancia.

El conflicto con los Hermanos Musulmanes

Recientemente el Consejo de la Fatua de los Emiratos declaró que los Hermanos Musulmanes constituyen una "organización terrorista", apelando a un concepto islámico disputado, llamado wali al amar, que exige la obediencia de cualquier musulmán al poder consolidado, un concepto que en otros países como Arabia Saudí y Egipto también se usa para proscribir la disensión de organizaciones musulmanas.

Una de las políticas transfronterizas del príncipe MBZ consiste precisamente en apoyar a líderes autoritarios y no democráticos que pueden considerarse tiranos pero que en opinión de MBZ y sus aliados son autócratas benevolentes que se esfuerzan por sacar a las sociedades musulmanas del atraso en que están inmersas.

El ejemplo más notorio sería Abdel Fattah al Sisi, quien dio un golpe de estado en Egipto en 2013, con el apoyo decisivo de emiratíes y saudíes, y que desde entonces controla con mano de hierro cualquier disidencia, especialmente la de los Hermanos Musulmanes. Este modelo quiere exportarse a otros países de la región que en 2011 experimentaron las llamadas primaveras árabes, como Libia, Argelia o Túnez.

De aquí se sigue el problema esencial de la concepción de la democracia en sí misma. Grupos como los Hermanos Musulmanes, que desde hace tiempo abogan por someterse al dictado de la urnas, no tienen ninguna oportunidad de concurrir a elecciones. Otra cuestión es la clase de democracia que aplicarían los islamistas, un punto que ningún país árabe ha podido experimentar. La simple mención de esta posibilidad dispara las alarmas en los Emiratos y Arabia Saudí, y también en Occidente.

Como Macron en Europa, los líderes de esos dos países árabes consideran que el islam político conduce necesariamente al yihadismo y al terrorismo, de manera que hay que eliminarlo cuanto antes, mientras que sus detractores argumentan que ese razonamiento sería similar al de considerar que el liberalismo occidental conduce necesariamente al nazismo.

Arabia Saudí, donde durante décadas hubo una amplia presencia de los Hermanos Musulmanes que contribuyó al progreso del país, ha entrado de lleno en el juego del príncipe emiratí MBZ. Su equivalente saudí es Mohammad bin Salman (MBS), que ha llenado las cárceles de islamistas y que en numerosos frentes exteriores actúa coordinado con MBZ.

Los dos príncipes defienden una tolerancia que solamente está permitida cuando responde a sus objetivos. Con los millones que genera el petróleo, apoyan a los países que están en su órbita y actúan directamente, incluso a través de mercenarios armados y pagados, para lograr que otros países se sumen a la coalición.

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