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Lecciones de un pueblo disciplinado

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Desde hace tiempo, tanto por la experiencia acumulada como por la literatura especializada, sabemos que las consecuencias de cualquier catástrofe no dependen solo de la magnitud de esa catástrofe, sino que estas consecuencias dependen en gran media de la preparación previa de las infraestructuras y de las personas para enfrentar estas situaciones: la formación, la prevención, los planes de actuación, la previsión de riesgos son, sin duda, claves en minimizar los posibles efectos de cualquier catástrofe.

Hemos visto que el terremoto y tsumani en Japón, aun siendo objetivamente mucho mas violentos que los ocurridos en Haití o Sri Lanka, ha llevado a un número mucho menor de víctimas. La razón de este hecho hay que buscarla en una combinación de elementos que van desde la mayor preparación de las infraestructuras hasta el mejor entrenamiento de la población para responder, de manera coordinada y unitaria, a la situación, sabiendo lo que se necesita y cómo responder adecuadamente, y conociendo las respuestas y su gradación y estructuración. Si además a estos dos factores le unimos una mentalidad colectivista y disciplinada como la asiática, tenemos todos los elementos en juego para explicar unos resultados, que dentro de la gravedad, dolor y magnitud de lo acontecido, evitaron males posibles mucho mayores.

Lo ocurrido nos enseña que, nuevamente, lo más importante en una situación de catástrofe es justo lo que se hace antes de que suceda la catástrofe: la formación, previsión y planificación en las respuestas ante la crisis, la información, el saber que uno debe actuar en coordinación con el resto de ciudadanos... Todo estos son los factores sin duda claves para explicar la mayor o menor magnitud en cifras de cada catástrofe.