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Orgullo LGTBI “Mi primer Orgullo en libertad”

Huyeron de sus países por su condición sexual. Recibieron palizas, perdieron a gente querida, dejaron toda su vida atrás y arrancaron de cero. Por primera vez pueden celebrar el Orgullo LGTBI sin ser perseguidos. Ahora les toca desfilar con la cabeza bien alta.

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Sarah Saptz, activista por los derechos del colectivo | LGTBI.

La paliza que le dieron a Sarah la dejó diez días en coma. Un grupo de evangélicos leían la Biblia mientras la azotaban, tiraban piedras, y le pateaban el cráneo. Dramane perdió a su pareja, también asesinada a golpes. Alberto se mudó de barrio un par de veces, pero las amenazas continuaron. El día que le rompieron cuatro botellas en la cabeza y amenazaron de muerte a su familia, decidió irse.

Sarah es de Brasil.

Dramane, de Mali.

Alberto de Honduras.

Todos ellos abandonaron su casa, su familia, su trabajo para mantener su integridad física. Y la otra, la que les dice que son homosexuales, transexual en el caso de Sarah, y que eso no se lo arrebata nadie. Ellos celebrarán este Día del Orgullo LGTBI con una lágrima de alegría, y otra de tristeza. Lo resume el hondureño: “Por primera vez saldré a festejar sin miedo, pero no puedo dejar de pensar que hoy puede ser el último Orgullo que vivan muchos de mis compatriotas”.

Ésta es una historia de reinvención. De reivindicación. Y de valientes. De personas que nacieron de nuevo al llegar a España. Empezaron de cero como si un huracán hubiera arrancado de raíz toda su existencia. A cambio dejaron atrás el peligro inminente, ese miedo de ojos en la nuca.

Este fin de semana se celebra el Día del Orgullo LGTBI en España. Un evento impensable en once países donde ser homosexual es un crimen que puede llevar a la pena capital. Sucede en Arabia Saudí, Irán, Yemen, Sudán, 12 Estados que conforman Nigeria, parte de Somalia, Mauritania, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Pakistán y Afganistán, relata el último informe ILGA (Asociación Internacional de Gais, Lesbianas, Bisexuales,Transexuales e Intersexuales)). Hay otras 26 naciones -sigue el informe- en las que la comunidad LGTB puede ir a prisión desde diez años hasta cadena perpetua. Otros 31 en los que la pena de cárcel puede alcanzar los ocho años. Y otros 68 donde hay leyes que prohíben los actos sexuales consensuados entre personas del mismo sexo.

Luego están aquellas naciones en las que simplemente no hay jurisdicción. No prohíben, pero tampoco protegen. Es el caso de Honduras, donde sí hay tímidas manifestaciones del Orgullo LGTBI, en las que los manifestantes tienen que llevar la cara tapada para no sufrir consecuencias. Manifestaciones donde los que se atreven a salir, tiene que escuchar “Háganse hombres y vuelvan a casa”. Y las lesbianas oír eso de “un buen macho te iba a solucionar el problema”.

Y después, los países donde hay una cierta protección jurídica pero la homofobia social no acompaña. Como Brasil, donde en números absolutos matan más LGTBI del mundo. En el que un día sí y otro también se amanece con el titular de una transexual asesinada. Un lugar en el que su nuevo presidente, Jair Bolsonaro, dice que a los homosexuales “no se toleran, se aguantan”, y en el que diputados homosexuales como Jean Wiilys, ha tenido que exiliarse por acumular amenazas de muerte.

Jesús Estomba es psicólogo de Gehitu, una asociación vasca de LGTBI, donde tienen un programa de acogida para extranjeros. “Aquí nos llega gente de muchos países. Al principio venían más de África, pero en los últimos dos años la mayoría son latinoamericanos que proceden de lugares en los que no están perseguidos por la legislación pero no consiguen vivir con seguridad porque el machismo y la homofobia están muy enraizados”, le explica a Público. “Suelen llegar sin nada, perdidos, buscando un lugar que les acoja. Muchos no saben que pueden pedir la protección por orientación sexual y/o identidad de género, y otros ya vienen informados por Cruz Roja o CEAR”. Entre las diversas orientaciones que ofrece Gehitu está la de ayudar a acreditar su homosexualidad: “Parece absurdo tener que acreditar algo así, pero forma parte de la burocracia que se exige para conseguir el asilo, y en todo lo que podemos, les echamos una mano”.

DRAMANE: De mafia en mafia para sobrevivir

Dramane es de Mali. Tiene 26 años, una alegría incipiente y un dolor que se ha hecho sedentario. “Mi novio…”, empieza la frase varias veces entrecortado por la emoción: “A mi novio lo asesinaron”. Así es como este joven economista elige comenzar a narrar su historia. El asesinato de su pareja como punto de inflexión, como ese golpe seco que paraliza el mundo. Un segundo después ya nada es igual.

Dramane también nos da el contexto. Nos explica que en Mali el 90% de la población es musulmana, que está prohibido ser homosexual, que nunca le contó a su familia que él lo era, y nos enumera una lista infinita de precauciones para no ser descubierto. Como el mes que tuvo que esperar para pedirle la primera cita a su novio, no por una liturgia romántica, sino para asegurarse que el hombre que le gustaba también era homosexual, y no correr riesgos.

Puede que fuera la pasión, la valentía inconsciente del primer amor, o cualquier otra cosa, lo que les llevó a aquella tarde de abril a bajar la guardia. Dramane y su pareja sentados en un banco a las puertas de la Facultad de Economía de Bamako en la que estudiaban, de repente, se abrazaron. “Fue solo un abrazo, un abrazo”, repite Dramane. Lo suficiente para que un corro de compañeros que los habían visto, corrieran hacia ellos gritando “maricones”.

“Salimos corriendo y ellos empezaron a coger piedras, a decir que nos iban a matar”. En la huida estos amantes se perdieron de vista. Dramane llegó a su casa tan asustado que decidió contárselo todo a sus padres. Un portazo y una amenaza recibió como respuesta: “No vuelvas nunca a esta casa porque seré yo quien les diga a tus compañeros dónde encontrarte”, le dijo su padre. Vagabundeó una semana en la calle, sabía que le seguían buscando, pero cuando escuchó en un café que habían matado a su novio -el golpe- empezó a pensar en maneras de huir. Salió apenas con la ropa que llevaba puesta desde el día del abrazo, y su cartera con la tarjeta de crédito que le dio el dinero para sobrevivir.

A partir de ahora en la narración de Dramane siempre repetirá la misma frase. “De mafia en mafia…” Y así llegó en autobús primero a la frontera de Mauritania. “De mafia en mafia” le dejaron en Marruecos. Una semana perdido, estafado por uno de esos grupos que le aseguraba llegar a la tierra prometida. Sin comida, con poca agua, y mucho miedo encontró otra mafia que le habló de un barco, de Europa: “Yo sabía que en Europa podría estar bien, siempre veía en la tele que los gays estaban bien”, nos dice. Y así, el barco era una patera, se coló en el último minuto, y después de casi dos meses de travesía -no recuerda bien el tiempo- llegó a Almería hace apenas un año. Cuando el personal de Cruz Roja le preguntó por qué había venido a España al principio no se atrevió a contarles que era homosexual. “Después vi que podía confiar en ellos y les expliqué toda mi historia, me dijeron que podía pedir asilo, me hablaron de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), me ayudaron mucho”.

El final que nos plantea es feliz. Nos habla del curso de electricidad que ha comenzado. “Aquí me tratan bien, estoy muy contento”. Y nos dice que por primera vez va a celebrar el Día del Orgullo con un grupo de amigos. “Estoy muy agradecido”. Nunca más vio a su familia, ni supo nada de ellos. “No me han querido como soy, aquí me buscaré otra”.

Sarah: “Dale gracias a Dios por no estar muerta”

Esa fue la frase que le dijo la policía brasileña a Sarah Saptz cuando salió del coma y quiso denunciar la paliza que le habían dado un grupo de evangélicos. Esta transexual y activista dice que estaba acostumbrada a los insultos por la calle, a los cuchicheos, a las dificultades para encontrar trabajo, pero fue esa paliza y esa reacción de las autoridades la que le llevó a dejar su país sin mirar atrás. “Me di cuenta de que no tenía protección, ningún derecho garantizado, estaba sola en un país en el que la violencia y la homofobia están institucionalizadas”.

Una vida de indigencia y de miedo -otra vez- fue lo que se encontró cuando llegó a Portugal. “Nada más aterrizar me enteré de que un grupo de jóvenes había asesinado a una transexual y sentí que Lisboa tampoco era un lugar seguro”. Nuevo país, nueva vida, y un nuevo compañero de viaje: una depresión que casi la quita de en medio. “Estaba muy asustada, cansada, me sentía muy frágil. Llegó un momento en el que ya no me importaba vivir”. La ONG ILGA Portugal fue la que le echó una mano, le dio las fuerzas y el sentido que necesitaba. Pero a esas alturas su permiso de residencia había caducado, no podía seguir en el país, y saltó al vecino.

Sarah es una mujer sin pelos en la lengua, crítica, directa. No idealiza su llegada a España, nos habla de amenazas, de policías que la agarraron por el cuello y le dijeron “si tienes pene eres un hombre, a mí no me vaciles”. Cuenta que una médica de un ambulatorio madrileño no quiso derivarla a la Unidad de Identidad de Género del Hospital Ramón y Cajal porque “una mujer no se hace sino que nace”. Y también dice que la han mirado mal y que ha recibido algún insulto. Pero también nos habla de la oportunidad de volver al activismo que le ha dado este país, de sus conferencias en universidades y de que por fin el pasado 25 de abril -“el día de a Revolución de los Claveles”, nos recuerda- le dieron el asilo.

No es su primer Orgullo en España, pero dice que es el primero que lo va a vivir en libertad. “Ahora puedo moverme, ir a otros países, no preocuparme si me para la policía, ahora estoy bien”. Y lo va a celebrar a lo grande, pero en Lisboa, con sus amigos de ILGA, los que la sacaron del pozo cuando el miedo se la había comido. “Mi primer Orgullo libre, siendo quien soy, contenta y con muchas ganas de seguir peleando. Me voy con mi gente unos días, tengo que agradecerles y mucho que celebrar”.

Alberto: “Echo de menos un Orgullo más politizado”

Lo que más le sorprendió a Alberto Gómez cuando llegó a España fue ir en el metro y que nadie lo mirara. Pasear por la calle sin que lo observaran, y todo eso sin tener que disimular. “En Honduras tenía que controlar la pluma, incluso cambiaba la forma de hablar, tenía que medir mis movimientos para ser otro”, nos cuenta. En la universidad en la que trabajaba se había inventado que tenía una novia, hablaba de chicas con sus compañeros si hacía falta, y durante 29 años logró tener una doble vida. Un hombre heterosexual en el trabajo, y un activista LGTB en sus círculos más íntimos. “He ido a muchas manifestaciones del Orgullo en mi país, pero con la cara tapada, porque si te identifican te arruinan la vida”.

Pero disimular a diario no es fácil y las máscaras no suelen ser suficiente. Llegó el día que en su barrio se enteraron de su secreto. “Las maras -grupos de crimen organizado- no perdonan a los homosexuales, y mi barrio estaba dominado por una de ellas. Pero no son solo las maras, la homofobia tiene que ver con la sociedad hondureña que es machista e intolerante”. Desde aquel día empezaron los insultos por la calle, las amenazas de muerte, las humillaciones. Se mudó de casa dos veces, pero cuando su hermana recibió una amenaza de las maras, volvió con su familia para ayudarla. No se lo perdonaron. “Viví un infierno, todos los días pensando que me podían matar, mi hermana tenía que buscarme en la parada del autobús cuando volvía del trabajo. Fue horrible”. No le mataron pero le dieron una paliza de advertencia que se tomó al pie de la letra. “No podía seguir allí, me iban a pegar un tiro en cualquier momento, y ponía en riesgo a mi familia”.

En España también le sorprendió el comportamiento de los policías: “En mi país ellos son los que más nos reprimen, aquí son muy respetuosos”, nos dice. A pesar de las dificultades de empezar de cero, de depender de ayudas, y de pelearse mucho para conseguir un trabajo, Alberto está contento: “La tranquilidad y seguridad con la que vivo no se puede pagar. Solo el que se ha sentido perseguido toda la vida se da cuenta del valor de estar en un lugar como éste”. Pero reconoce que en España todavía hay mucho por lo que luchar, y como ejemplo nos habla de la necesidad de residencias de ancianos para LGTBI públicas: “No puede ser que cuando uno se haga mayor y tenga que volver a entrar al armario”. Y el hondureño sigue reivindicativo: “Echo de menos que el Orgullo español sea más politizado. En Honduras todo está tan prohibido que lo nuestro es puro activismo. Aquí veo más marketing, me parece un poco elitista”.

Alberto nos dice que va a preparar sus pancartas en casa y saldrá al desfile con amigos. “Este año mi país no va hacer ni una pequeña marcha, así de mal están las cosas. Ahora más que nunca desde aquí voy a gritar por ellos”.