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Elecciones en Argentina Perón, el virus y los ultras

El peronismo pierde pero respira tras las elecciones legislativas de Argentina celebradas este domingo. La pandemia pasa factura al Gobierno y la ultraderecha entra en el Congreso. 

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kisilof, saludan al público de su búnker tras conocer los resultados de las elecciones.
El presidente de Argentina, Alberto Fernández, y el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kisilof, saludan al público de su búnker tras conocer los resultados de las elecciones. Juan Ignacio Roncoroni / EFE

"Gobernar es fácil, lo difícil es conducir". Siguiendo a Perón, en la Argentina de hoy podría decirse que gobierna Alberto Fernández, el agrisado presidente, y conduce Cristina Fernández de Kirchner, la carismática vicepresidenta. Aunque en tiempos pandémicos habría que corregir al general: tan difícil parece gobernar como conducir. A gobernante y conductora les ha caído encima una maldición en forma de virus que ha contaminado su programa de reformas sociales. Tan solo dos años después de arrasar en las elecciones presidenciales, el Frente de Todos (la reunificación del peronismo en torno al kirchnerismo) ha cosechado ahora una derrota legislativa menor de lo previsto pero preocupante para afrontar los dos años que le restan de gobierno.

El peronismo pierde pero respira. La votación ha dado oxígeno a ese cadáver político que parecía hasta hace poco el expresidente Mauricio Macri (2015-2019). Su alianza conservadora Juntos por el Cambio sale triunfadora pero no ha logrado aplastar a su rival. La peor noticia para Argentina es la irrupción en el Congreso de la ultraderecha, encarnada en un economista ultraliberal, Javier Milei, un personaje grotesco con atributos de la factoría de Steve Bannon.

El resultado de los comicios legislativos de medio término celebrados este domingo venía determinado por las primarias de hace dos meses, unas elecciones abiertas y obligatorias que ofrecieron una fotografía real del mapa electoral y en las que el gobierno salió mal parado. La buena noticia para el oficialismo es que la derrota frente a Juntos por el Cambio (JxC) se ha mitigado algo desde septiembre (de 9 a 8,5 puntos a nivel nacional).

En la decisiva provincia de Buenos Aires (con casi el 40% del padrón electoral nacional) casi ha habido remontada. La brecha entre la oposición y el oficialismo se ha recortado sensiblemente hasta quedar en poco más de un punto porcentual (39,8% frente a 38,5%). La batalla de la provincia de Buenos Aires, tradicional bastión peronista, siempre es crucial. El oficialismo se ha apresurado a presentar ese avance como un triunfo general, pero la realidad es que el Frente de Todos (FdT) ha perdido cinco millones de votos respecto de las presidenciales de 2019. Es cierto que la participación ha sido diez puntos menor, pero los conservadores solo se han dejado en el camino poco más de un millón de votos.

La brecha entre la oposición y el oficialismo se ha recortado sensiblemente hasta quedar en poco más de un punto porcentual

En las elecciones de este domingo se renovaba la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del Senado. Aunque derrotado, el peronismo mantiene la ilusión de llegar unido a las elecciones presidenciales de 2023. Conserva la mayoría en Diputados pero la pierde en el Senado, donde tendrá que negociar su agenda legislativa con la oposición. A Cristina Kirchner, presidenta del Senado por su condición de vicepresidenta, le tocará tragarse más de un sapo a partir de ahora.

El Gobierno tiene ahora dos años por delante para marcar la agenda política, aunque tendrá que abrirse a negociaciones. No se vislumbra un cambio en el gabinete pues este ya se produjo tras la derrota en las primarias de septiembre. Abandonaron entonces el cargo varios ministros, entre ellos Santiago Cafiero, el jefe de gabinete (un cargo similar al de primer ministro), degradado a canciller. Cristina Kirchner le ganó entonces el pulso con Alberto Fernández manteniendo a sus fieles en el ejecutivo. Su distanciamiento del presidente ha ido in crescendo.

La expresidenta (2007-2015) no ha participado en esta campaña. Se sometió a una operación quirúrgica programada y se desentendió de la elección. Se temía, tal vez, una derrota más severa. Pese a una mejora de las perspectivas económicas y la suspensión de las restricciones sanitarias, el descontento social no ha desaparecido. La popularidad de Alberto Fernández, que superaba el 90% en mayo de 2020, ha caído hasta el 40%. La negociación con el FMI para pagar la gigantesca deuda contraída por Macri será decisiva para comprobar el estado de forma del mandatario y su capacidad de gobernar, dado que nunca aspiró a conducir el peronismo.

Argentina controló el virus en un primer momento con medidas muy restrictivas, pero los contagios, las hospitalizaciones y las muertes se multiplicaron poco después. La economía colapsó (10 puntos de PIB), la inflación siguió desbocada (por encima del 50%) y la pobreza estiró su atrofiado cuello hasta el 40%. Muchos argentinos no entendieron por qué debían permanecer cerradas las escuelas durante tantos meses. La derecha, que había salido escaldada en 2019 tras cuatro años de políticas neoliberales desastrosas para el país, sacó pecho. Las promesas peronistas de una mejora social brillaban por su ausencia. Al renovado kirchnerismo solo le había dado tiempo a gobernar 100 días en una situación normal desde la toma de posesión de Alberto Fernández en diciembre de 2019.

El enigma Kirchner

Tras las legislativas, queda por saber qué papel jugará a partir de ahora Cristina Kirchner y cómo se articulará su relación con el presidente. El Frente de Todos tiene ante sí una disyuntiva: reforzar el jacobinismo cristinista o refugiarse en el pragmatismo de Alberto Fernández para no perder votos por el centro. Si el peronismo no logra reorientar su programa político, con mejoras del salario real y una reducción de la pobreza, el malhumor social crecerá. La crisis, además, ha hecho avanzar significativamente al Frente de Izquierdas, tercera fuerza política del país a nivel nacional (6%) y rival del kirchnerismo entre el electorado progresista.

La alianza del FdT nació con fórceps unos meses antes de las presidenciales de 2019. Con un olfato político infalible, Kirchner accedió a ceder algo de su poder para que el peronismo volviera a la Casa Rosada. La expresidenta conservaba una bolsa de votos del 35%. Con la suma de otras familias peronistas, la coalición obtuvo un 48% en esas elecciones. El fantasma del FMI (con el que Macri había suscrito la mayor deuda de la historia del organismo: 50.000 millones de dólares) sobrevolaba de nuevo en las conciencias de millones de argentinos. Macri, que había arrasado en las legislativas de 2017, dilapidó su hegemonía política enseguida, arrollado por sus propios errores e impopulares ajustes.

Pero el peronismo no ha podido concretar sus promesas de una mejora en las condiciones de vida de los argentinos. Muchos se cansaron de esperar, refugiándose en la abstención. Un hipotético retorno al macrismo dentro de dos años sería catastrófico para Argentina. Volverían los ajustes draconianos, la concepción del Estado como una empresa privada y el endeudamiento continuo. Macri ha renacido gracias a la pandemia pero tendrá que pelear su candidatura presidencial frente a figuras emergentes en sus propias filas, como su antiguo delfín y hoy alcalde de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta.

La entrada en escena de la ultraderecha, representada por Avanza Libertad, no es todavía preocupante para JxC. Macri se ha mostrado dispuesto a hablar con Milei. Tienen más coincidencias que diferencias pese a que el economista outsider le reprochara su gradualismo a la hora de aplicar recetas neoliberales cuando gobernaba. Milei se dio a conocer hace unos años en tertulias televisivas con declaraciones extravagantes. Nada hacía pensar entonces que algún día entraría en el Congreso. Pero ahí está, con toda su parafernalia antisistema, respaldado por un 17% de los porteños. Su populismo ultraderechista se apropia del cabreo de algunos sectores sociales, como ha sucedido en otras partes del mundo. Hasta ahora, la ultraderecha había sido residual en Argentina. Los estragos de la dictadura todavía están muy presentes y las organizaciones de Derechos Humanos continúan movilizando a cientos de miles de personas. Pero el discurso altisonante de Milei podría permear la narrativa de la derecha tradicional. Y la mente de miles de argentinos que todavía se acuerdan del "que se vayan todos" de 2001.

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