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Vaticano El Papa Francisco, un "terremoto" contra la corrupción dentro del Vaticano

Bergoglio está lidiando con lo que podría ser uno de los mayores casos de malversación, abuso de poder y corrupción dentro de la Santa Sede. Todo empieza con la compra de un edificio de lujo en Londres, pero detrás hay mucho más.

El Papa Francisco reza con los sacerdotes al final de una audiencia pública limitada en el patio de San Dámaso en el Vaticano | Filippo MONTEFORTE / AFP
El Papa Francisco reza con los sacerdotes al final de una audiencia pública limitada en el patio de San Dámaso en el Vaticano | Filippo MONTEFORTE / AFP

Es como una muñeca rusa, pero al contrario. Cada vez que en el Vaticano ve la luz un nuevo caso de corrupción o malversación; con el tiempo se descubre que todavía puede haber algo mayor detrás. Por un lado, la compra de un edificio de lujo en Londres; por el otro, un cardenal sospechoso de haber intercedido en la adquisición del mismo. Y en toda esta vorágine, en el medio, un pontífice entregado en la siembra para cambiar las estructuras de la Santa Sede.

Pero donde los frutos, por el momento, van a tardar en llegar. Y mientras se produce la espera, tal como lo opina la prensa italiana, el obispo de Roma está desatando un verdadero "terremoto" para devolver las aguas a su cauce. Para empezar, Bergoglio le ha quitado a la Secretaría de Estado -en la práctica, Gobierno y Ministerio de Exteriores del Vaticano- su independencia económica.

En los últimos días, el Papa Francisco está lidiando con lo que podría ser, probablemente, uno de los mayores casos de corrupción del Vaticano. Todo empezó hace dos jueves, cuando se conoció que el ex cardenal Angelo Becciu, de 72 años, entonces número tres de la Santa Sede y hasta hace 10 días hombre de confianza de Jorge Mario Bergoglio, había presentado sus "dimisiones". Pero no fue exactamente así dado que, en la práctica, había sido obligado por el obispo de Roma a marcharse como sustituto de la Secretaría de Estado y como prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.

En definitiva, una destitución en toda regla. Es más, la salida de Becciu de las instituciones vaticanas se vieron acompañadas por la "renuncia" de sus derechos cardenalicios, algo muy infrecuente en la historia de las murallas leoninas: no podrá elegir al próximo pontífice. Actualmente, aunque no haya un juicio en curso, se sospecha que Becciu sea, supuestamente, culpable de malversación de fondos.

La telenovela financiera arrancó en 2013, cuando la Secretaría de Estado -ministerio de Exteriores del Vaticano- invirtió en un edificio de lujo en el número 60 de Sloane Avenue, en el centro de Londres. En aquel momento, el monseñor Angelo Becciu, ya influyente funcionario años atrás, también con el Papa Benedicto XVI fue el responsable de la inversión que, en parte, implicaba también el uso de parte del Óbolo de San Pedro, el conocido fondo abierto donde los fieles de todo el mundo aportan sus cantidades voluntarias a favor de la causa del Papa y la Iglesia Católica.

En los últimos días, el Papa Francisco está lidiando con lo que podría ser, probablemente, uno de los mayores casos de corrupción del Vaticano

Unos meses después, saldrán 200 millones de dólares del banco Credit Suisse de Lugano, en Suiza, para la adquisición del inmueble británico. El socio de operación es el italiano Raffaele Mincione, quien comparte un fondo de inversión con el Vaticano gracias a la intermediación de Becciu para la compra del edificio. Pero se sospecha que el fondo de inversión tiene un valor menor respecto al inicial, con la posibilidad de que alguien haya ganado en algunas de las transacciones. Entre ellos, otro financiero, el también italiano Gianluigi Torzi, hoy en prisión. Gran parte de la supuesta trama de malversación y/o corrupción gira en torno a este evento y si, efectivamente han sido empleados fondos religiosos, procedentes del Óbolo de San Pedro, para la ejecución de operaciones financieras e inmobiliarias.

Actualmente, la Justicia vaticana e italiana están investigando el asunto. Tal como publicaba hace unos días el conocido diario italiano Corriere della Sera, hubo un documento interno de la Santa Sede, en 2013, que informaba acerca de unos "elementos de reputación negativos" en relación al financiero Raffaele Mincione. La Secretaría de Estado, sin embargo, con tal de llevar a cabo su inversión en el edificio de Sloane Avenue en Londres, lo desoyó. Es más, en la prensa italiana se detalla que el objetivo de tomar el dinero de la Secretaría de Estado no se centraba sólo en ese edificio londinense, sino también en muchos otros edificios en el extranjero. Por el momento, hay una quincena de personas imputadas por malversación, abuso de poder y corrupción.

Sospechas por malversación

Por si no fuera suficiente, en los últimos días, el ya excardenal Angelo Becciu ha sido objeto de controversia acerca de su supuesta malversación de fondos a favor de su familia. Según relata la prensa italiana, Becciu es sospechoso de haber desviado decenas de miles de euros, más concretamente 100.000 euros, a la Cáritas de la diócesis de la que procede. Pero él se defiende asegurando que eso no es "ilícito". La controversia, además, se ve acrecentada porque un hermano suyo gestiona una cooperativa que, precisamente, trabaja con la Cáritas de esa región. Según confirma el propio Becciu, la cooperativa de su hermano nunca ha recibido ese dinero.

El Vaticano, el país más pequeño del mundo, lógicamente, no tiene una industria propia. Ningún sector productivo, por obvias razones. De modo que, cerca de la mitad de su financiación procede de las donaciones realizadas a nivel mundial por los fieles que creen en la misión del Papa y de la Iglesia Católica.

El resto, son finanzas. En ocasiones, los expertos que trabajan para el microestado exploran otras vías de financiación para dar rentabilidad a la limitada economía del Vaticano, a veces en forma de inversiones. Pero no todas son buenas. Y cuando la oportunidad se mezcla con la avaricia de unos pocos, la malversación y las contabilidades paralelas terminan dañando el esfuerzo de la inmensa mayoría. Y termina mermando el cambio espiritual, necesario para cambiar las instituciones, que pretende el Papa Francisco.

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