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Alberto y el lobo

El relato del PP sobre la situación actual, desconectado de la realidad, empieza a generar desconfianza.

23/1/23 Feijóo charla con unos vecinos de Cádiz, este lunes antes de un acto del PP en esa ciudad.
Feijóo charla con unos vecinos de Cádiz, este lunes antes de un acto del PP en esa ciudad. Nachon Frade / Europa Press

El barómetro del CIS de noviembre de 2022 informaba de unas respuestas sobre la situación económica que pueden parecer contradictorias. Mientras que al 63,2% de las personas preguntadas su situación económica les parecía buena, la de España les parecía mala al 47,9% y muy mala al 22,4%. Podemos decir que la percepción de nuestra economía particular o familiar depende de la vivencia directa, de parámetros de la realidad, y la de España depende de un relato que se instala a través de la comunicación política y de los medios.

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Naomi Klein, en su libro The shock doctrine, describe una estrategia de avance del neoliberalismo, comandada por quien apodaba Doctor shock, Milton Friedman, basada en la creencia de que "solo una crisis –real o percibida– da lugar a un verdadero cambio". Se trata de generar en la población una sensación de miedo, caos, inseguridad tal, que se acepten pacíficamente cambios inusitados de las condiciones de vida. De este modo, "lo políticamente imposible se vuelve políticamente inevitable". El matiz en el que quiero fijarme está, y no es poca cosa, en la diferencia entre las condiciones de real y percibida de la crisis. En cómo se genera esa percepción. Si no es por la vía de la experiencia individual y colectiva, de los hechos fácticos, será por la vía de un relato que se torna hegemónico por más que los contradiga.

La crisis del coronavirus fue real para la mayor parte de la población mundial. Aceptamos restricciones inauditas de nuestra libertades y pusimos nuestra vida en manos de los gobiernos porque confiamos en su versión de lo que estaba pasando y de cómo resolverlo. Sin embargo, sabemos de la existencia de un relato alternativo, una corriente negacionista que discute la propia existencia del virus y no ve justificadas las limitaciones y los cambios. Yo diría que la base para que funcione la doctrina del shock, para que se cree una pulsión social de cambio, es la percepción de una honda crisis, incluso cuando los datos de la vida real individual y colectiva, la contradigan radicalmente.

Cada movimiento del gobierno de Sánchez viene seguido de una batería de críticas tremendistas y de anuncios amenazantes

La aparente contradicción del barómetro del CIS se puede deber a un cierto triunfo del argumentario catastrofista de la derecha política, mediática y judicial. Mas el "todo va mal" de la derecha se está encontrando con algún problema. Está la dificultad de combinar los roles de Gobierno (autonómico) y oposición (estatal) en la interpretación de los datos: cuestionar la bondad de los del paro en el Congreso en Madrid y atribuirse el mérito de esos mismos números en Sevilla o en Santiago. ¿Son buenos o son malos? Depende. Resulta confuso para la audiencia que, a veces, el mismo conselleiro de Economía llegue a hablar bien y mal del mismo dato.

Otra dificultad es que eluden hablar de temas de la vida cotidiana que realmente cuestionan la acción del Gobierno de Sánchez porque no son relevantes para su marco ideológico o no tienen alternativa para ellos. Por ejemplo, no parece preocuparles que el alto nivel de empleo conviva con uno altísimo índice de pobreza infantil, lo que significa la extensión del precariado como nunca desde la restauración borbónica. Y se centran en otros indicadores desconectados del día a día de la gente, como el lugar que ocupa España en la evolución comparativa del PIB en el entorno de la UE antes, durante y después de la pandemia.

También sucede que, más que crear agenda propia, destinan mucha energía a reaccionar dramáticamente ante la agenda gubernativa. Cero propuestas y todo mal. Cada movimiento del gobierno de Sánchez, sobre todo en los cambios legislativos, viene seguido de una batería de críticas tremendistas y de anuncios amenazantes. Se va a acabar el mundo cada día. La subida del salario mínimo iba a desatar un tsunami de desempleo, petos se creó empleo. El Gobierno Frankenstein iba a durar dos telediarios por las reyertas entre los socios y ahí lo tenemos, terminando la legislatura con un presupuesto aprobado en cada anualidad. Había que bajar impuestos como había sido, y entonces Truss se tiene que marchar y Sunak habla de subir impuestos a los ricos.

23/1/23 Portada de 'The shock doctrine', de Naomi Klein.
Portada de 'The shock doctrine', de Naomi Klein.

Y solo en los últimos días y entre otras perolas: la ley de libertad sexual libera cientos de violadores por la incompetencia de la cajera de supermercado, el cambio de los delitos de secesión y malversación va a romper definitivamente España y el bloqueo del PP a la renovación del CGPJ es para protegerlo del Gobierno de Sánchez. Esta vorágine apocalíptica de la que Feijóo no sabe, no quiere o no puede salir, probablemente tiene la intención de paralizar al Gobierno por miedo a la evolución de la opinión pública y, sobre todo, de crear el relato de la crisis que se instale como marco necesario para el cambio político.

Podemos intuir que el relato está instalado (volviendo al barómetro del CIS), sin embargo, es difícil prever como afectará a la intención de voto. Y a unos meses vista de las generales, ¿a dónde va a llevar al moderadísimo Feijóo esta escalada? ¿Cómo superar en contundencia y rapidez el argumento anterior sin quedar convertido en un meme grotesco?

"¡Que viene el lobo!", chillaba el pastor de la fábula atribuida a Esopo El pastor mentiroso. Las primeras veces el vecindario corría en su ayuda a pesar de que el lobo no venía. Pero la broma les saturó, perdió el pastor su credibilidad y, cuando el lobo vino de verdad, se hartó de chillar mientras le iba matando a las ovejas. Nadie acudió, pensando que era otra chapuza suya más. La fábula tiene una moral de aplicación en la política: los relatos desconectados de la realidad generan desconfianza en votantes e incluso correligionarios. Y sin confianza no hay paraíso.