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El Shangai Express: el tren Galicia-Barcelona que conectó más que territorios

El tren 4025, Galicia-Barcelona, bautizado Shangai Express en 1950 por un ferroviario monfortino destinado en Vilanova i la Geltrú hizo, como los ferrocarriles que conquistaron el Oeste, algo más que conectar territorios. Creó también en el punto de destino una sociedad nueva y mestiza. 

Basilio Losada, dirigiéndose a 15.000 asistentes a un acto gallego en Les Planes en 1962. Foto del archivo del Centro Galego de Barcelona.
Basilio Losada, dirigiéndose a 15.000 asistentes a un acto gallego en Les Planes en 1962. Foto del archivo del Centro Galego de Barcelona. LUZES

LUZES-PÚBLICO | Anxo Baranga y Lito Caramés 

«Sale de Barcelona el tren 4025, el Shanghai, con destino Vigo y A Coruña. ¡Ahí va!». Los trabajadores de las siguientes estaciones encontraron acertado el nombre y lo fueron repitiendo una y otra vez, un día tras otro. De este modo Ángel Rodríguez, gallego de la hondamente ferroviaria parroquia monfortina de Ribas Altas, trabajador de Renfe en Vilanova i la Geltrú, bautizó en el año 1950 el convoy que todos los días recorre la distancia más larga que hace un tren en España. Para tal denominación Ángel se inspiró en el bien conocido film Shanghai Express (Josef von Sternberg, 1932), protagonizado por Marlene Dietrich. La conexión Galicia-Cataluña no podía tener otro origen más que la cinematográfica. Las 36 horas de viaje, vagones repletos, componían el celuloide diario más realista. La pregunta del niño: «¿cuánto falta?», asientos incómodos con aromas de cebolla-empanada, corredores llenos de humo, conversas sin fin. Mucho más realista que todos los filmes de Rossellini, Visconti y De Sica juntos. Aunque la película en sí misma —en planos americanos— conformaba la mezcla surrealista jamás imaginada por Buñuel, ni por Lugrís o Granell, ni por la misma Maruxa Mallo.

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Desde entonces Shanghai se convirtió en una palabra con autonomía, con entidad propia. Shanghai ya no solo era el conjunto de vagones que desfilaba por la meseta hasta llegar a Barcelona, llenos de personas, maletas y bultos de toda forma y condición. Shanghai también venía siendo el lugar al que llegaba el convoy. Como en la película de Dietricht: el expreso recorre valles y montañas, agujerea la noche como luciérnaga infernal y entretiene con chirríos metálicos y amenazadores.

Roberto, el chico que el sábado va al baile en aquel local de Poble Sec, se encuentra con gente de su edad que también viajó en el tren, que también mudó rumbos vitales y llegó a Shanghai. Y quedan para verse y hablar, para preparar una pieza de teatro y una cena, para escuchar una charla y organizar un baile de carnaval. Cosa similar le acontece a Celia, chica aguda, que le gusta reír y formar parte de las pandereteras que tocan y cantan que da gusto oírlas. Ellas y ellos configuran teselas polícromas para componer el mosaico, como versos que encajan en poemas de renovado navegar.

Pasan trenes, a todas horas, acarreando a quien escoge los caminos de oriente. Van para Shanghai. Por esos años Olegario, chico emprendedor y cuidadoso, quiere ser escritor y director de cine, como Cesáreo González, el propietario de Suevia Films. Mientras, crea programas de radio y mismo una emisora. Su gusto por los libros lo lleva a fundar Estela Editorial, y más tarde Sotelo Blanco Ediciones. Escribe y publica libros de cuentos, muchos de ellos relacionados con la emigración, con eso que hace el tren. Su amor por la escritura lo animó a juntar libros gallegos en la Pedrera, el emblemático edificio de Antoni Gaudí.

La lectura es un placer. Un libro transporta a quien lee a un lugar mágico, y eso sin salir del cuarto. Los libros cambian manías, rumbos y pensamientos. Ana y Fina trabajan en Sargadelos. Reparten su trabajo entre la librería y la galería, devienen celosas guardias de tesoros, filas de sensaciones que no caben en un solo viaje del mítico convoy. De este modo, viven rodeadas de las historias que se encuentran editadas y de las que le vienen a contar los cuentacuentos, las que escuchan a quien expone sus trabajos y les desvela los secretos de sus diseños, fotos o pinturas.

Leer es hermoso. Pero algunos de los que llegan a Shanghai prefieren hablar, hablar para los otros. Un conjunto de jóvenes articuló un grupo con el que ir a la búsqueda de nuevas bogas. Así nació Espacios Radiofónicos Gallegos en Catalunya (ERGAC), una agrupación donde periodistas se ayudan para dirigir programas de radio como Aturuxos, Galicia más cerca, Galicia en el Vallès, Morriña, Galicia…algo más. Hablar por las ondas es humana ficción. ¿Hablar para quién? Hablar asombrando crepúsculos, espacios sin cuento. Historias de radio, navegaciones en paralelo a las líneas ferroviarias. Una mañana de Sant Jordi un tal Xurxo Souto realizó su programa radiofónico La tropa de la tralla desde Shanghai. Y allí, mirando la Rambla abarrotada de libros y gente, entre invitados que le iban explicando las iniciativas que se realizaban en estas tierras, el director del programa exclamó por las ondas hertzianas: «¡Si quieres hablar gallego ven a Barcelona!». El grito se debió escuchar por lo menos en Vigo, en la cabecera del tren.

El Basilio ya de niño sentía pasión por los secretos que duermen en los libros. En los territorios aldeanos le volaba la imaginación como para dar la vuelta al mundo con solo mirar a las vacas, o correr por Alaska mientras juega con el perro. Basilio Losada tan bien se adaptó a vivir en Shanghai que acabó de catedrático en la universidad. Gracias a sus estudios de literatura medieval acabó por conseguir la Licenciatura de Filología Gallega. En la actualidad, aquello es una fábrica de conocimiento, de ilusiones desahogadas, en manos de las profesoras González y Lama, entre otra mucha gente.

Mudan los tiempos, mudan los siglos. Aun así, el tren insiste en acarrear gente cara el Levante. Los ánimos de muchos maestros alcanzaron que la juventud que no había venido en el tren, que ya habían nacido en el Territorio Shanghai, acabaran conociendo la lengua gallega. El Marc se quejaba de que le costaba pronunciar «cogomelos (setas)», mientras que Laia no era quien de decir «cóxegas (cosquillas)» sin reír. Qué decir de la Julia, formal y tensa, al inicio de la representación de su conversación en público: «La noche cae sobre el Camino de Santiago, por las vueltas de…». El Albert se resentía de la timidez y poco hablaba. Un día Sabela Labraña, la entusiasta directora del Proyecto Galauda, al saber lo que le acontecía, le cogió las manos, lo miró a los ojos y le dijo: «Albert, esto de las lenguas es cosa de vasos comunicantes». Al salir de allí el Albert andaba más suelto con el gallego.

Cuando Galicia se vistió de negro, cuando fue manchada por el chapapote y por las palabras de los políticos, la plataforma Nunca Más fue cemento para la unión de personas de diversos orígenes, edades e intereses, fue chapapote que lijó las almas y despertó conciencias. La cólera de personas como Eva, Xepe, Laura, Vítor, Anxo, Sara y tantas y tantos convocó la manifestación del día 15 de Navidad de 2002, en la que 30.000 personas marcharon por la Rambla barcelonesa hasta Pla de Palau. Esa manifestación fue un aldabonazo, representó el germen de nuevas complicidades en las jornadas colectivas. La solidaridad con la catástrofe que inundaba la costa gallega permitió publicar Nunca Más. Sí tots nosaltres som lana mirada i él vent, un libro de poemas y diseños de variada autoría, de personas que vivían el Mundo Shanghai.

Por entre libros, panderos o raciones de pulpo, perforando salones, escenarios o calles, haciendo —en fin— honra de su nombre, con frecuencia es fácil encontrare por estos entornos a componentes de Furafollas Agrupación Teatral. Inquietos, como animaliños que son, van de una actividad a otra, en la búsqueda de textos que representar, a la espera de la inspiración que les conceda la pieza con la que entretener a grandes, niños y turistas. Llevan años provocando, atizando con una piedra —marca que limita amistades, que detiene pensamientos—, pisando duro, al son de Grândola Vila morena para anunciar revoluçôes, nuevos rumbos, otro navegar. Ya los han visto declamando poemas en los mercados, y en las calles preguntando quién mueve el mundo y cagándose en los teóricos y en las praxis del capitalismo.

Pasan trenes, a todas horas, acarreando a quien escoge otros caminos. El filme hiperrealista, las tomas de franco surrealismo continúan. Quizás en el cine resida el futuro de tantas personas en inquieto vagar y empeñoso piar «peor estoy yo». Hace unos años se publicó Y ahora pasa un tren, una brazada de 20 cuentos que tienen por denominador común los viajes en ese tren mitológico, transmesetario, el Shanghai. Poco después se inaugura en Sargadelos la exposición de pintura MOR. Este acrónimo esconde la expresión Mudar el Rumbo. («Tiempo impostor / El presente se ríe de nosotros / Mudar el Rumbo»). La muestra presentó obras con temas marinos (¿inconsciencias de la catástrofe del Prestige?), y jugó con significados, colores y texturas con motivo de denunciar injusticias, de favorecer cambios sociales.

Pasan trenes. La gente baja, corretea por la estación, se va, y acaba coincidiendo en tantos sitios y combates. Son evidentemente las estelas del Shanghai: atesorar historias, invitar a mover rumbos, a Mudar los Rumbos.

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes.  Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Aquí puedes encontrar más artículos de Luzes en Público