Opinión
Almeida dirigido por Spielberg

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Hay más de 500 indigentes malviviendo como pueden en la terminal 4 del Aeropuerto de Barajas, un drama colectivo con cuya responsabilidad el presidente de Aena, Maurici Lucena, y el alcalde de Madrid, José Luis Martínez Almeida, están jugando al tenis para ver cómo se la quitan de encima. Almeida echa la culpa al Gobierno de España por dejación de funciones en cuatro ministerios (Interior, Migraciones, Derechos Sociales y Transportes), mientras que Lucena amenaza con llevar al Ayuntamiento a los tribunales por no asumir sus competencias a la hora de atender a personas sin hogar. Mientras sigue ese tira y afloja, unas 500 personas sin hogar van repitiendo a diario la peripecia de Viktor Navorski en aquella desangelada película de Spielberg, La terminal.
Al igual que el protagonista de la película, Navorski, los indigentes de la T4 se encuentran en un limbo jurídico entre dos instituciones, una estatal, otra municipal, salvo por el detalle de que Navorski procedía de un país imaginario, Krakozhia, donde acababa de producirse un golpe de Estado que dejaba su pasaporte convertido en papel de fumar. Atrapado en la zona del tránsito del JFK, en Nueva York, Navorski no podía traspasar las puertas del aeropuerto ni tomar un vuelo de regreso, mientras que sus homólogos del mundo real pueden ir donde quieran y volar donde les dé la gana; lo que pasa es que no tienen dinero para comprar un billete o alojarse en una pensión, de manera que no les queda otro remedio que protagonizar otra comedia sin puta gracia, sin espectadores, sin Catherine Zeta-Jones y sin Tom Hanks.
Digo sin puta gracia, porque La terminal de Spielberg tampoco la tiene. Pese a que intentó, según sus propias palabras, dirigir una película "que nos hiciera reír y llorar y sentirnos bien con el mundo", yo salí del cine más bien cabreado, manipulado y estafado. Algo lógico, teniendo en cuenta el nulo sentido cómico del que Spielberg hizo gala en 1941, una fallida superproducción bélica donde pensó que podía hacer gracia con un submarino japonés extraviado frente a la costa de California en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, más grave aún que su falta de sentido del humor es su ineptitud para empatizar con las desgracias de un pobre hombre prisionero en la terminal de un aeropuerto.
Una reveladora anécdota −fechada varias décadas antes del rodaje de La terminal y relatada por Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes− muestra lo lejos que se encontraba Spielberg de comprender la situación de un desgraciado como Nakorvski. Charlando en una fiesta con John Travolta, que tiene el título de piloto, le preguntó si para subir a su avión privado tenía que agachar la cabeza. "Sí, hay que agachar la cabeza", respondió Travolta. Spielberg, muy ufano, se volvió hacia su esposa, Kate Capshaw, y comentó que ellos no necesitaban agachar la cabeza para subir a su avión. Aparte de que haría falta el talento de Frank Capra o de Vittorio De Sica para sacar sin tropiezos una comedia kafkiana sobre un hombre preso en una ratonera comercial.
En lugar de Spielberg, Capra o De Sica, la desventura multitudinaria de Barajas necesitaría un cineasta de la talla de Berlanga, porque únicamente el genio valenciano podría hacer verosímil un personaje como Almeida, un regidor tan ridículo y tan desprovisto de compasión como para decir, hace sólo unos meses, que todos los niños madrileños se despertarían muy felices la mañana de Reyes. Los niños pobres, los niños sin juguetes, los niños de la Cañada Real están excluidos de sus buenos deseos, lo mismo que los 500 indigentes de la T4 en Barajas. Que menos mal que se llama "Adolfo Suárez" porque se llega a llamar "Miguel Hernández", "Almudena Grandes" o "Vázquez Montalbán", y Almeida ordena cortar el acceso al aeropuerto hasta que lo rebauticen "Millán-Astray". Estos días hemos visto lo que ha hecho con una niña de diez años atropellada por el coche del director de la Policía de Madrid y con las cámaras de una manifestación contra el Gobierno donde había menos gente que en la taberna Garibaldi. En ocasiones España parece un país imaginario, como la Krakozhia de Viktor Navorski, pero Almeida, por desgracia, es real.
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