Opinión
Bergoglio y el mundo al revés

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Esta mañana estaba retocando la pintura de la pared de mi habitación cuando me llegó un whatsapp anunciando la muerte del Papa, y me pilló por sorpresa que me diera pena. Este es el tercer Papa que recuerdo que se me muere, y el único por el que he sentido algo parecido a la simpatía. Quizás porque era un tipo raro para lo que nos tienen acostumbrados en el Vaticano. En primer lugar porque era argentino. Anticipándose a los chistes y a los memes, el Cónclave nos troleó a todos eligiendo como jefe a alguien que había nacido en un país poco dado a la discreción y a la contención verbal, todo un regalo para ateos y amantes de las extravagancias.
Pero lo que realmente hacía singular a este pontífice era el contraste con sus antecesores, pues veníamos de tener un Papa polaco con alma de folclórica que se convirtió en la tercera cabeza visible, junto a Thatcher y Reagan, de la Revolución Reaccionaria que nos sigue mordiendo el trasero, y otro alemán y fashion victim que amaba la pompa y el boato cual Clemente VII resucitado, y cuya actitud y carácter teutón estaban alejando a la Iglesia de su público hasta que un día se levantó con mal pie, se calzó sus mocasines Gucci y dimitió. Fue entonces cuando saltó la sorpresa con la elección del improbable Jorge Mario Bergoglio, que además de ser jesuita se puso de nombre Francisco, en honor a Francisco de Asís, haciendo con ello un alegato religioso y dando un bofetón en los morros a lo que el Vaticano y la Iglesia habían representado política y simbólicamente desde 1978.
Y en el progresismo no tardamos, poco acostumbrados como estamos a encontrar aliados en la coyuntura actual, en hacer un poquito nuestro a este Papa. Un poquito por falta de cariño, pero también un poquito porque él nos lo ponía fácil, o al menos más fácil que los otros Papas, y sobre todo más que una Conferencia Episcopal Española que hace que a su lado hasta Wojtyla parezca comunista y que debería disimular lo poco que les apena haber perdido a su jefe justo el día después del Domingo de Resurrección.
Porque el Papa Francisco fue un Papa de mínimos éticos, un Papa que hizo de la defensa de los pobres su bandera, que intentó contener la corrupción y opacidad vaticanas, que se mostró empático con el colectivo LGTBI+, que quiso pararle los pies a esa empresa multimillonaria y poderosa que es el Opus Dei y a quien no le tembló la voz a la hora de denunciar el genocidio del pueblo palestino. Hasta su última aparición pública -a pocas horas de su fallecimiento- fue un acto político perfectamente escenificado con el vicepresidente católico estadunidense Vance, a quien leyó la cartilla en defensa de las personas migrantes.
Estos mínimos de decencia moral convirtieron a Francisco en un tipo insólito frente al resto de pontífices, más amigos del poder y las élites, pero también en una metáfora de los tiempos que nos ha tocado vivir, en los que mostrar una mínima empatía y consideración por los derechos humanos te sitúan automáticamente del lado de la Razón y el Progreso frente a los defensores de la Ilustración Oscura y la reacción más zafia.
Sin embargo, que el Papa Francisco no tuviera el corazón de piedra y que tampoco hiciera alarde de haberse dejado deslumbrar por el poder, no puede llevarnos a caer en las hagiografías pontificales ni hacernos perder de vista que era el principal representante de una institución poderosa, rica y corrupta que durante siglos ha sido una rémora para el libre desarrollo de la libertad de pensamiento, del avance científico y social, y que nunca ha dudado en alinearse, cuando no convertirse en cómplice, con el poder político y financiero, con la reacción y con el fascismo. Una institución abiertamente enemiga de las mujeres y cuyo legado de los últimos cien años estará eternamente ligado a la memoria de los miles de menores de edad víctimas de abusos sexuales por parte de unos sacerdotes a quienes la Iglesia protegió y amparó sin ningún escrúpulo.
Estos días de duelo papal viviremos la paradoja de ver al progresismo y a los ateos defender la memoria y el legado de Francisco frente a la actitud de la reacción y de las propias instituciones eclesiásticas que suspiran aliviadas por haberse quitado de encima a un Papa que les incomodaba. Una contradicción acorde a los tiempos desquiciados que vivimos.
Será interesante ver qué nos deparará el futuro, si el Cónclave cardenalicio contraatacará inclinándose por un Papa regresivo que se ponga al servicio del trumpismo y la reacción o, por el contrario, decidirá no salirse de la senda del continuismo franciscano votando por otro señor capaz de sentir una mínima empatía por las clases populares y los derechos humanos, incluidos los de las mujeres, también los de las ateas, los de las que aman las extravagancias y los de quienes quieren que los crucifijos se queden lejos de una vez por todas de nuestros úteros y de nuestros derechos.
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