Opinión
La buena divulgación

Por Pablo Batalla
Periodista
En materia de escritura de historia, una cosa es divulgar y otra vulgarizar. Son dos formas de escribirla que se suelen confundir, en gran parte porque esa confusión viene bien a los vulgarizadores, para camuflar sus vergüenzas. Lo exponía espléndidamente, el otro día, el historiador Pablo Molejón:
«Si quieres hacer divulgación, la haces en base a los consensos científicos existentes. Si quieres rebatirlos, haz una investigación como dios manda: fórmate, vete al archivo, conoce la historiografía, analiza las fuentes, somete tus hipótesis al juicio y al debate de la comunidad científica, revisa tus análisis, publica un paper, vuelve a discutirlo con el resto de la comunidad académica… Si no es así, tu crítica no vale nada. Repito, esto no es escribir novelas ni pintar cuadros, con todo respeto a novelistas y pintores. Aquí no todo vale».
No todo debería valer en historia, pero algunas editoriales sin escrúpulos actúan como si valiera, y de ahí salen todos esos libros cuyos títulos, muchas veces, ya deberían bastar para descartarlos sin siquiera abrirlos: los La verdadera historia de, los La historia que no te han contado de, los La historia oculta de o, en el límite, el engreído Te voy a contar tu historia del fascista José Javier Esparza. Conspiranoia y antiintelectualismo: si hay que escribir una «verdadera historia», es que hasta ahora solo se ha escrito la falsa; si hay que contar la historia que no se ha contado, si hay que sacarla del inframundo de lo oculto, es que miles de historiadores, hasta la fecha, han sostenido un pacto fáustico para silenciarla. Y eso no es así, porque ninguna conspiranoia es así. Hay historiadores buenos y malos, hay historiadores que mienten en algunas cosas, a sabiendas o no, pero hasta en el peor historiador digno de tal nombre hay información útil e ideas dignas de debatirse, y la historia, nuestro conocimiento de ella, avanza así: debatiendo. Con y entre historiadores de izquierdas y de derechas; con gente como Pedro Carlos González Cuevas, historiador (muy) de derechas, simpatizante de la tecnocracia franquista, con el que cabe y se debe discutir, pero partiendo de un respeto inmenso por su erudición apabullante y su honestidad intelectual, la evidenciada en libros como su monumental Historia de la derecha española.
No es una cuestión de titulitis: hay historiadores estupendos alejados de la Universidad y de la Academia. No se trata de tener un título, sino de merecérselo, se tenga o no se tenga. Los esparzas no debaten ni son honestos, sino que te cuentan tu historia, tiran el micrófono y se van. Y lo único que merecen es desprecio y aquello que decía Clarín de que hay libros que pueden criticarse sin haberlos leído, porque para saber que hay un burro detrás de una tapia no hace falta verlo, sino que basta con oírlo rebuznar.
Hay muchos ejemplos de divulgación histórica bien hecha. Uno magnífico es España con honra: una historia del siglo XIX, del historiador aragonés Daniel Aquillué: un libro ameno, ágil, interesante, divulgativo, que además desacredita algunos mitos persistentes del siglo XIX. En un párrafo memorable, los enumera así:
«[… L]a Guerra de la Convención la pudo haber ganado la España de Carlos IV, Godoy fue un hombre de estado y nunca fue amante de la reina María Luisa, Trafalgar no fue una batalla decisiva y en ella no se perdió la Armada, el Dos de Mayo no empezó la Guerra de la Independencia que fue también una guerra civil, Fernando VII fue un rey muy popular también tras 1814, la Constitución de Cádiz no era democrática pero España fue centro de los liberales del mundo, un pronunciamiento no era un golpe de estado, los carlistas no eran masas ignorantes, España fue de los países más revolucionarios donde el liberalismo se alzó victorioso en 1836 y 1840, la desamortización de Mendizábal fue un éxito y no afectó al campesinado, la Primera Guerra Carlista no fue solo cosa de vascos y navarros, no acabó en 1839 y no hubo tres guerras carlistas sino dos, las guerras de independencia hispanoamericanas fueron guerras civiles españolas, la Revolución de 1868 fue machista, en 1873 había muchos republicanos y el cantón de Cartagena no se independizó de España, la Restauración no fue un remanso de paz pero oligarquía y caciquismo no eran su patrimonio exclusivo. El nacionalismo español fue fuerte en el siglo XIX, hubo industrialización y la economía creció, se construyó el estado liberal de forma exitosa y España era un país plenamente integrado en la Europa occidental, a pesar de visiones exóticas, con muchas similitudes con sus vecinos Francia y Portugal».
Nada de esto lo afirma Aquillué gratuitamente, sino apoyado en la extensa bibliografía que los libros no divulgadores, sí vulgarizadores, no suelen tener (he ahí la obscenamente escueta enumeración de catorce títulos de la bibliografía del Imperiofobia de María Elvira Roca Barea: hay TFGs más documentados), y citando mucho a otros autores en el mismo texto principal, porque divulgar no es no citar: es citar divulgativamente; ser una puerta a otras puertas y una invitación a abrirlas; ser el vestíbulo de un tema y no su mazmorra, el potro de tortura en el que se le obligue a corear las consignas de la ideología que lo torture.
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