Opinión
Bukele, Albiol y la rentabilidad de la miseria

Por Miquel Ramos
Periodista
Un inesperado personaje se coló este verano en el paisaje asturiano. Varias vallas publicitarias con la fotografía del presidente salvadoreño Nayib Bukele, bajo la leyenda ‘presidente universal’ aparecieron repartidas por Oviedo, sin que nadie supiera a santo de qué ni quién estaba detrás. Tras unos días de incógnita, finalmente se supo que un empresario local que se declara admirador del presidente ultraderechista había pagado la publicidad del mandatario extranjero. ‘Por todo lo que ha hecho’, decía Tino ante una cámara, sin saber desarrollar el qué exactamente, más allá de decir que ha traído la seguridad a su país. En Oviedo parece que lo saben, y Tino más que nadie.
No es la primera vez que el presidente salvadoreño se cuela en la conversación y en la actualidad española de manera presuntamente espontánea. Hace unos días, una concentración ante el consulado de Marruecos convocada por varios grupos ultraderechistas para protestar por la entrada de migrantes en Ceuta fue animada al grito de ‘¡Bukele!’ por una propagandista habitual del presidente salvadoreño, la ex diputada de Vox, Macarena Olona, que ha estado en más de una ocasión en el país para luego explicar aquí las bondades del régimen.
Fue la misma Olona la que casi al mismo tiempo pedía en sus redes que los ciudadanos no grabaran las actuaciones de la policía y de los militares en Ceuta, que les dejaran hacer sin testigos ni pruebas ante las denuncias y videos de algunos vecinos sobre supuestos abusos por parte de los uniformados. Ese es el modelo que defienden, el de la mano dura y la impunidad, sin testigos, sin pruebas. A los pocos días, la ONG No Name Kitchen, que trabaja sobre el terreno dando de comer a personas migrantes, denunció que varias personas a las que atendían habían sido golpeadas por la policía y que, tras grabar lo sucedido los agentes requisaron sus teléfonos móviles, registraron sus vehículos y detuvieron a dos personas.
Hablar hoy de Bukele en España es apelar a un modelo de gestión opaco, autoritario y performativo, el sueño húmedo de los nuevos fascistas. Para ellos, igual que para el mismo presidente, la democracia y los derechos humanos son un estorbo para gobernar. "Democracia, institucionalidad, transparencia, derechos humanos, Estado de derecho, suenan bien, son grandes ideales en realidad, pero son términos que en realidad solo se usan para mantenernos sometidos", dijo en un acto hace tan solo un año.
Bukele lleva años trabajando su imagen más allá de sus fronteras, invitando a influencers, periodistas y a activistas políticos de derechas a visitar sus prisiones, y a asistir al espectáculo que arma con los presos, dispuestos como extras de un filme distópico: cabizbajos, sometidos y presentados como ganado en el matadero. Dicen allí que todos son pandilleros, a pesar de las múltiples denuncias de detenciones arbitrarias en los barrios más pobres, sin juicios ni garantías procesales, y con al menos 470 personas muertas bajo custodia, según Amnistía Internacional.
Así se ha construido su imagen de héroe implacable ante el crimen, admirado y reivindicado por su mano dura inmisericorde en un país atravesado por las desigualdades y la delincuencia. Hoy, Bukele y su autoritarismo son un ejemplo a seguir para muchos, que usan las cifras oficiales que difunde el régimen para reivindicar su éxito en la lucha contra el crimen. Sin embargo, estas cifras y estos relatos oficiales chocan con las investigaciones de varios periodistas y activistas de derechos humanos, que denuncian el régimen de excepción del país que hoy cuenta ya con casi cien mil personas presas, una de cada cincuenta habitantes, bajo un sistema absolutamente opaco.
Una de las personas que conoce bien las entrañas de este mandato autoritario es el periodista salvadoreño Óscar Martínez, autor del libro ‘Bukele, el rey desnudo’, en el que retrata la trayectoria y el mandato del presidente. Martínez afirma que Bukele pactó con las maras, las mafias locales, para llegar primero a la alcaldía de la capital y posteriormente a la presidencia, algo que documentó el periodista en El Faro en mayo de 2025 tras obtener la confesión de uno de los líderes pandilleros. Este reconocido periodista tuvo que exiliarse por el riesgo que corre su vida allí por ejercer su trabajo y denunciar las corruptelas y las mentiras del régimen. Una cosa es la imagen que proyecta el presidente, y otra bien distinta, cómo atesora su poder, a costa de qué y de quién, y cómo construye su relato para venderse.
Lo que revela esta fascinación por un líder autoritario capaz de reivindicar sin tapujos su desprecio a los derechos humanos y a la propia democracia, es precisamente el modelo de gobierno que sus aduladores tienen. Nada más parecido al fascismo. Y para implementarlo, saben que primero deben transmitir una sensación de inseguridad que empuje a la ciudadanía a sacrificar cualquier derecho por vivir supuestamente en paz.
En España, a pesar de ser uno de los países más seguros del mundo, hay quienes llevan años tratando de generar un miedo extremo capaz de movilizar esas pulsiones autoritarias que tanto anhelan. Para combatirlas, no se puede negar que existen problemas, ni desautorizar a quienes así lo sienten. El miedo y la inseguridad son reales para mucha gente, pero los diagnósticos y las respuestas que se plantean son diferentes. La emocionalidad con la que juega constantemente la derecha, impulsada por la inmediatez y la espectacularidad de las redes sociales es difícil de combatir con la razón, y a eso juegan los populistas de derecha, a ganar la partida apelando a las entrañas y ocultando el origen y lo estructural de los problemas.
El alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, lleva años jugando en esta liga, mucho antes de que existiera Vox. Su propaganda electoral de hace quince años ya mostraba a unos gitanos bajo la perversa pregunta "¿Tu barrio es seguro?". Esta semana volvió a la palestra con un video en sus redes increpando a unos supuestos migrantes ilegales y okupas, prometiéndoles que los echaría. Esta vez, uno de los protagonistas del video salió posteriormente a denunciar el paripé del alcalde. Tiene todos los papeles en regla, trabaja y no vive de okupa. Pero es moro. Y eso le bastó a García Albiol para crear su contenido.

El paripé de Albiol y la performance de las patrullas nazis no están muy lejos de las miserias que esconde el exhibicionismo autoritario de Bukele. Los líderes de la derecha como Trump, Ben-Gvir, Milei o Bukele, y su retorcida maldad, son productos bien pensados para generar adhesión ante un mundo que presentan en ruinas. Todos ellos son productos refinados para estos nuevos tiempos de redes y espectáculo, en los que los consensos humanistas y democráticos son caricaturizados y criminalizados.
Fruto de esta ofensiva cultural reaccionaria es la proliferación de las llamadas patrullas ciudadanas en diferentes países. Aquí, las más recientes, las escuadras fascistas montadas en València por un partido ultraderechista para patrullar las calles en nombre de la seguridad y señalando a los migrantes como el principal problema. Nada nuevo, pero hoy, sin embargo, con un amplio encaje en los relatos de políticos y medios que han hecho del miedo y del odio su principal sustento.
Sin embargo, las instituciones parecen estar hoy paralizadas ante esta usurpación de funciones que lleva a cabo la extrema derecha desde hace tiempo. Si desde un Gobierno que insiste en alertar sobre la ofensiva ultra, no se atiende a los problemas, llega la extrema derecha con sus propios marcos y sus soluciones autoritarias y excluyentes, haciendo como que escucha a la ciudadanía y que toma partido ante la parálisis gubernamental. Dejar que fermente la desafección por inacción institucional es la mejor baza con la que juega hoy el fascismo, para señalar así el fracaso de la democracia y la responsabilidad de quien gestiona. No basta pues con señalar las mentiras y las falsas soluciones ultraderechistas, hay que mover ficha.


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