Opinión
Cazar a mujeres infieles

Periodista
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“¿Sospechas que tu esposa te engaña? Tengo un grabador de voz aquí. Solo tienes que dejarlo en el coche y ella nunca lo encontrará”, era uno de los reclamos publicitarios en TikTok. Promocionaba un GPS que permitía “cazar” a mujeres infieles. Durante el vídeo, aparecía un mensaje anclado que decía: "Si tu mujer tiene una cita para echar un polvo…". Y una voz insistía en que el producto estaba especialmente dirigido a "hombres con mujeres infieles".
En 2025, que esto circule por las redes como si nada, es la demostración de que no es solo una situación aislada ni una torpeza de marketing: es la prueba de cómo el machismo se adapta y aprovecha cada herramienta disponible. El producto ha sido denunciado por Facua ante el Ministerio de Consumo. Habrá que recordar que esto tiene consecuencias, y que poner un geolocalizador para rastrear la posición de una persona sin su consentimiento, es un delito contra la intimidad.
No es la primera vez que ocurre algo así. Ya en 2022, otro producto que permitía localizar las llaves, estaba siendo usado por acosadores para controlar a sus víctimas. Y junto a esto, más formas de control tecnológico para controlarlas y acceder a sus mensajes privados, a fotos o vídeos íntimos o manejar el propio móvil de su mujer. Es cierto que estos mecanismos pueden usarse también para los hombres, pero da la casualidad que la mayoría del reclamo publicitario va dirigido a ellos para controlarlas a ellas. De la misma manera que, recuerdo, hace unos meses se canceló un videojuego que incitaba a violar mujeres.
Durante siglos se han inventado mecanismos de control sobre las mujeres, algunas fueron (y son) hasta leyes. Hoy, aunque haya tecnología de por medio, la intención sigue siendo la misma. Todo porque nuestra cultura sigue legitimando vigilar, acosar o perseguir a las mujeres en nombre de los celos, la posesión o el poder. Que se lo digan a la cabo víctima de los seis militares del Ejército de Tierra condenados por el Supremo que la acosaron y que decían frases como “las mujeres solo valen para follar y fregar, no me extraña que las maten”.
El problema no es el GPS en sí mismo, sino lo simbólico: la idea de que las mujeres son sospechosas y el poder sobre el cuerpo femenino. Y para ello vale todo, aplicaciones que permiten acceder a mensajes, fotos y llamadas sin que la víctima lo sepa; difundir imágenes íntimas no consentidas de sus parejas en grupos de WhatsApp, hacer deepfakes o montajes porno con fotografías de mujeres, o ejercer la sextorsión y el chantaje. Eso sin contar, dentro de dinámicas de pareja, cuando se obliga a compartir contraseñas, revisar con quién se habla o criticar cada publicación.
Estamos en un mercado que se suma a la misoginia y encuentra rentable explotar el nerviosismo masculino de cuando pierden la capacidad de control. Es el machismo como modelo de negocio. Y las plataformas que difunden esos anuncios son cómplices de ese sistema.
No son celos, es violencia. No es humor, es control. No es innovación, es patriarcado digital. ¿De qué sirve hablar de empoderamiento online, de emprendimiento femenino en redes, si normalizamos este control digital? Dijo Feijoo hace unos días que “las mujeres no necesitan talleres de masculinidad, necesitan policías y pulseras que funcionen”. Claro, es que los talleres no son para nosotras, son para ellos. Pero se van a seguir necesitando para que no llevemos pulseras, no tengamos que llamar a la policía y no sigamos rodeadas de machistas que nos controlen. Queremos y merecemos ser libres. Todo porque falta cultura y educación.
Ese anuncio existe en TikTok porque es reflejo de su sociedad. Si un algoritmo permite que aparezca ese mensaje en una red usada por millones de jóvenes, está normalizando un imaginario peligroso: que controlar a las mujeres es un derecho masculino. Y ahí está el verdadero escándalo.

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