Opinión
El clima cambia, España es eterna

Investigador científico, Incipit-CSIC
El otro día me crucé con un anuncio de un think tank de extrema derecha, ISSEP, un centro asociado a Vox y dirigido por un aspirante a filósofo que se queda en animador de tiempo libre. El anuncio era de un evento titulado “Ser es defenderse”. La frase es de Ramiro de Maeztu, pensador ultrarreaccionario y admirador de Hitler. Y de lo que hay que defenderse es de los enemigos de España, claro.
Lo que me llamó la atención es que entre los participantes del curso hubiera un negacionista climático -obviamente sin conocimiento alguno en ciencias del clima. Según pude comprobar, el negacionista en cuestión no rechaza la existencia del cambio climático, una actitud con poco futuro, dado que se desmonta simplemente con abrir la ventana. Hoy día los negacionistas absolutos lo tienen más complicado que los defensores de la Tierra plana, porque comprobar personalmente la esfericidad del planeta yéndose al Polo es más difícil que achicharrarse en Asturias a 40 grados a la sombra.
Así pues, la estrategia de los negacionistas menos tontos no es negar el cambio, sino su carácter antropogénico y su gravedad. Según ellos, no hay pruebas de que el ser humano haya contribuido decisivamente a la locura meteorológica que sufrimos. Según los científicos climáticos, sí. De hecho, en 2021, el 99,9% de 88,125 estudios publicados sobre el tema coincidían en que las causas de la crisis son esencialmente antropogénicas. Debe de haber pocos consensos tan amplios en la ciencia.
Respecto a la gravedad del fenómeno, la postura del negacionismo es que no hay que exagerar, lo cual es estupendo porque le da a uno un barniz de sabia moderación, cuando en realidad es, indefectiblemente, un fanático enloquecido, un ignorante o alguien sin escrúpulos.
A este último grupo pertenece probablemente el señor Feijoo, quien hace unos años criticaba las “visiones apocalípticas” y la “dictadura activista” (otra prueba más de que en estos momentos la distancia que separa a la derecha de la extrema derecha en España es la que separaba a Albert Speer de Joachim Himmler en 1942).
Con un argumento digno de Torrente, los negacionistas moderados nos informan de que el CO2 no es malo, porque ¿a ti te ha hecho daño el CO2? El CO2 es esencial para la vida, recuerdan. Claro, y las grasas también, pero prueba a llevar una dieta a base de tocino.
¿Y qué hacemos con el calor asfixiante? Nada. Más calor había en el Ordovícico y no pasaba nada. A decir verdad, pasaba que no había seres humanos ni mamíferos. Un detalle sin importancia. También pasaba que la velocidad del calentamiento de la Tierra entonces se medía en milenios y no en décadas, como ahora. Otro detalle sin importancia.
Lo que más me sorprende del cursillo para Lagerkommandant que organiza el ISSEP es cómo tratan de convencer a la gente de que es normal que el clima cambie, al mismo tiempo que consideran absolutamente aberrante que lo haga España. De eso va el curso, de que España no cambie. De defender la identidad monolítica grecorromana-cristianovieja-aria-castellana-imperial-liberal-en-lo-económico que, como es bien sabido, permanece inmutable desde los visigodos o, al menos desde los Reyes Católicos.
La inversión ultra de la realidad (la crisis climática es normal; el cambio cultural, no) entraña dos peligros: por un lado, nos lleva a la inacción climática, que ahora mismo equivale al suicidio; por otro, defiende identidades fijas y excluyentes que expulsan a amplios sectores de la ciudadanía del cuerpo de la nación. Los excluidos pasan a convertirse en enemigos de los que hay que defenderse: no solo los inmigrantes y sus descendientes, sino cualquier individuo que encarne la anti-España -por motivos políticos, sociales, religiosos o de identidad de género o sexual.
Con semejante programa, si la extrema derecha triunfa, lo único que será eterno en España es el desierto. Eso sí, habitado por un puñado de cristianos viejos de raza blanca.


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