Opinión
Consiénteme

Por Leonor Cervantes
Graduada en Filosofía y Ciencias Políticas. Cofundadora de Filosofía en Los Bares
Cuando falleció mi abuela lo pasé verdaderamente mal. Esto es un lugar común, todas las chicas lo pasan mal cuando sus abuelas mueren. Las protagonistas de los cuentos son nietas; las de las novelas, hijas. Ya nos sabemos esta historia, siempre se echa de menos a la abuela. Aquella mañana aproveché el tiempo muerto, nunca mejor dicho, y me arreglé una uña rota en la manicurista mientras mi madre solucionaba el papeleo previo al tanatorio en el hospital. Este es otro lugar común: todas las cosas que pasan mientras tu mundo se queda en pausa. Estos escenarios son clichés. También son impactantes. Cualquiera reconoce en esta una perplejidad boba. Es una sensación parecida a la de mirar el móvil de tu pareja cuando ya sabes que te es infiel. ¿Qué otra cosa te esperabas encontrar? La gente mayor muere y tus compañeros de trabajo siguen tecleando en la oficina mientras tú estás de luto. Lo sabes, claro que lo sabes, y aún así sorprende.
Lloré por muchos motivos. Me asusté por otros. Me dio miedo olvidarme de sus manos pecosas atravesadas por el Guadalquivir y sus afluentes, sus venas hinchadas de color azul klein. En ocasiones, cuando veíamos la tele, me entretenía moviéndolas ligeramente con mi dedo índice de izquierda a derecha. Ella me dejaba. Esto último fue lo que más me aterró. Pasé muchos duelos por la muerte de mi abuela, el más egoísta lo provocó saber que nadie volvería a consentirme tanto como lo hacía ella.
Que te quieran está bien, pero es más delicioso que te consientan. Entra como un tupper de sandía fría cortada a dados, lista para merendar en la playa un viernes de agosto. Hidrata y chorrea. Se te llena la boca. Muchos gestos sirven de pistas para saberte amada: que te inviten a la fiesta o que te pregunten tu opinión antes de tomar una decisión arriesgada. La más pícara es que te consientan. Le atiza un guantazo con la mano abierta a este mundo cruel en el que todo hay que ganárselo. A mí me consienten, porque a mí me aman. Me pasan la mano. Hay un lugar en el mundo donde no tengo que sudar la gota gorda para ser feliz. Como sandía y no me he encargado de pelarla. Tampoco de cargar con la nevera de plástico que la conserva helada en la arena. Porque yo lo valgo. Porque a mí me quieren, entonces me consienten.
Me gusta que el agasaje se juega, como todo lo verdaderamente fecundo de esta vida, en el terreno de lo innecesario. Partirte una pierna y que te lleven en coche al trabajo no es que te consientan, es decencia. Lo que a mí me camela tiene que ver con que me dejen salirme con la mía. Con que me hagan cosquillitas en el brazo hasta quedarme dormida, aunque esto suponga que el otro cierre más tarde los ojos. En una relación podemos pedir que nos cuiden, no que nos maleduquen. Sin embargo, qué bien sienta dar con un buen samaritano. Alguien que te procura banquetes por amor al arte. Lo gratuito es voluble, y también verdadero.
En realidad, y hay que estar muy ciego de soberbia para no darse cuenta de esto, quien te pasa la mano siempre es más fuerte que tú. Si solo sabe ceder, no puede escoger consentir. Solo a los hijos de puta les gusta que les homenajeen por miedo, por obligación o por asimetría. A mí no me mola. Me cambia el tablero, acaba con el juego. Me encanta que me digan que sí, a no ser que sean incapaces de decirme que no. Entonces me arrolla la culpa y la diversión se vuelve ponzoña. Dejo de ser la niña a la que le compran la chuche cara del kiosko, para pasar a convertirme en una esclavista miserable. Toda la gente que me ha consentido en mi vida lo ha hecho porque le daba la gana y, con el mismo poderío, lo han dejado de hacer cuando se han cansado. El precio que se paga por la pureza es no poder invocarla.
La gente que nos consiente rebosa uno de los temperamentos más sexys del menú degustación: no se toman demasiado en serio a ellos mismos. Son guasones a la que no le importa hacer la performance de haber sido abatidos. No se juegan su orgullo en eso, saben que están por encima de dejarnos ganar. Son productores de ocio, gente divertida que jamás te regalaría algo útil el Día de Reyes. No se plantan en tu cumpleaños con una tarjeta de regalo ni, mucho menos, con una aspiradora, porque no son unos burócratas. Han entendido que la vida son dos días, y que vale la pena tirar la casa por la ventana. Tienen elegancia, saben escoger por qué discutir, no van como perros de presa. Son voyeurs, verte rebañar el plato les sacia tanto como comerse ellos la última cucharada. Organizan los planes y, en el último momento, se rajan si les da pereza el encuentro. A ellos, en el fondo, siempre se la sudó esa fiesta. Son peña generosa, se corren primero y dejan tu orgasmo para el final. Más nos vale no olvidarnos de esto: los que nos consienten son, siempre, mejores que nosotros.
El peor tipo de miope con el que puedes toparte es esa rata de alcantarilla que no se entera de que le tienes entre algodones. Es de muy mal gusto que te obliguen a explicitar. Están los que no se dan cuenta de que les miman y están los caprichosos, que son aún peores, porque están convencidos de que el mundo les debe algo. Los buenos consentidos saben que han tenido suerte, que pasaban por ahí y alguien quiso apadrinarlos. Intentan estar avispados, y reconocen cuando alguien les engalana más de la cuenta. Para ser capaces de devolvérselo o, por lo menos, para no darlo por hecho.
Que te consientan es que te enjabonen sin haberlo pedido. Cuidado, con la misma discreción pueden dejarte sola en la ducha sin avisar de antemano. Un día, por primera vez, tu amiga te pide un bizum de tu parte del taxi compartido. Una noche, de la nada, tu pareja no quiere darte un masaje en los pies. Una comida, de repente, tu hermano se queda con los cubiertos bonitos. Ante una despedida una, primero, deja de consentir al otro. Luego de pensar en él. Y, por último, coge las maletas y sale por la puerta. La venganza se sirve en plato frío, la falta de privilegios en bandeja congelada. Quizás te deje seguir viniendo a mi casa, pero ya te va a cocinar tu comida favorita tu puta madre. Que te traten bien pero no divino, cuando has saboreado la excelencia, se clava en silencio como una sesión de acupuntura.
Mi safari favorito consiste en infiltrarme en las casas de mis amigas con pareja para observar su ritual de apareamiento: auténticas titanas se dejan consentir por sus novios, que las obsequian con todo tipo de chorradas domésticas. Yo también soy así. He visto a las mujeres más fuertes de mi generación hablando como bebés a hombres de metro setenta con alopecia incipiente. Mis amigas lesbianas también piden que las consientan, y también me la gozo cuando veo a mis butchones fingiendo estar impedidas como polillas pisoteadas. Mujeronas forjadas en acero que podrían conquistar Polonia si se lo propusieran, rogándole a sus parejas para que les desabrochen los cordones de las zapatillas al llegar a casa porque ellas ya se han tumbado en el sofá. Las amo cuando las descubro en esa capa de intimidad, tan vulnerables y tiránicas. Y, evidentemente, espero que los otros cumplan y les traigan un vaso de agua porque a ellas no les apetece levantarse. Faltaría más, ¿te has olvidado de que estás saliendo con la Reina de Saba?
Me gusta porque, por primera vez, se permiten ser un poco malas. Saben lo que quieren: que las malcríen. Saben a quien no les da vergüenza confesarles ese secreto, más sucio que un anal: a sus parejas. Mis amigas, que de puertas para fuera son CEOS, estudiantes, coachs, hijas del año y hermanas del mes, aspirantes a campeonas olímpicas, premios nobeles de la paz, futuras herederas de la dinastía astrohúngara, barbies enfermeras y suplentes de la perra Laika, llegan a sus casas, ven a sus parejas y dicen: "mímame".
No creo que esto se dé en todas las relaciones. Tampoco que sea una conquista feminista. Pero me alegro de que mis colegas encuentren un espacio en el que, sin pudor, se dediquen únicamente a existir. Me duele que, generalmente, sólo se lo permitan en la intimidad del hogar, a manos de sus parejas. Me enfada que, además, sea con auténticas estupideces cotidianas, como quedarse con el asiento con ventanilla en un vuelo. No estamos saliendo con el santo Job porque nos dejen ir de copiloto. Conduce una horita más, que no te va a salir una hernia. Quizás deberíamos aprender a manejar la culpa que sentimos al decir en voz alta lo que nos apetece. Así, a lo mejor, no reservaríamos nuestras peticiones al ámbito que consideramos más privado.
Esta asignatura la tenemos pendiente las amigas. ¿Por qué no nos atrevemos a pedirnos tantos favores? ¿Por qué tratamos de ser complacientes entre nosotras? A veces siento que, entre colegas, aún queremos mantener las apariencias. No vaya a ser que resultemos cargantes o injustificadas. ¿Nos da miedo pasarnos de frenada y que ya no nos vuelvan a llamar? Me gustaría decirle a mis amigas, esas que andan balando como ovejitas a sus parejas, que yo no las voy a juzgar. No quiero que se guarden sus caprichos para sus parejas. Las quiero cuando no me dejan escoger en el restaurante. Me gustan irracionales y mandonas, como cuando lloran porque tienen sueño o son pérfidas y me preguntan asustadas "¿puedo ser mala?" antes de soltar una barbaridad que las encerraría en Guantánamo. Quiero quererlas, también, cuando me resulten incómodas. Dejadme consentiros.
Cuando una de estas sultanas lo deja con su pareja veo el pánico en su mirada. Es la misma película de terror que me tragué yo cuando falleció mi abuela. ¿Quién volverá a permitirme tanto? La vida se convierte en una cámara frigorífica cuando sabes que ya nadie te comprará diez paquetes de galletas solo porque una vez probaste una y dijiste, sin mucho aspaviento, que estaba rica.
Yo era la consentida de mi abuela, y eso me hacía aminorar la carga. Junto a ella yo soltaba lastre. Ahí no tenía que ganarme el cariño, se me concedía como la genética me dio ojos marrones y pelo lacio. El mundo es más ligero cuando cuentas con un compinche, un aliado que no te pide nada a cambio de sus mimos. Cuando visitaba a mi abuela no me hacía falta nada más que acudir a su casa. Era suficiente con sentarme a su lado en el sofá. Podía ir despeinada, eufórica, cansada, maquillada, con el corazón roto, hambrienta o pegada al móvil. Estuve con ella de muchas formas, y nunca me preocupó si encontraría una cara amiga. Quizás ese es el Cielo en la Tierra, saber que hay alguien a quien le basta con que tú existas.

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