Opinión
La culpa fue del Peugeot

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
-Actualizado a
Sería muy triste, además de injusto, pasar a la historia de la política hispana engrosando las filas del Tripartito del Perdón: Pedro Sánchez, el rey Juan Carlos y Mariano Rajoy. Aznar no, porque el carácter de Aznar, con la mayor parte de sus ministros encarcelados o en causas penales por robo y corrupción, además de meternos en una guerra con miles de muertos partiendo de mentiras, no es de pedir perdón. Lo suyo es la soberbia y darnos lecciones de democracia. Cobrando.
Por eso, nos quedamos con tres perdones ibéricos, muy pata negra: Del borbónico elefantino "lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir", pasando por el gürteliano de chorizos y sobres "en nombre del PP quiero pedir disculpas a todos los españoles por haber situado en puestos de los que no eran dignos a quienes en apariencia han abusado de ellos", referido a "Luis, sé fuerte"; para rematar con el compungido victimismo del "quiero pedir disculpas a la ciudadanía" de Pedro Sánchez el otro día.
No sería justo meter a los tres en el mismo saco, como no es justo decir que todos los políticos son iguales. En absoluto. Y escribo este riguroso artículo para demostrarlo. Si aceptamos que "la culpa fue del cha-cha-cha", aceptaremos igual y científicamente que en el caso que nos ocupa, "la culpa fue del Peugeot". Digo científicamente, pues ningún ciudadano razonable, con dos dedos de frente, entendería que "se pueda hacer el amor en un Simca 1000" y que en un Peugeot 407 quepan Ábalos, el gigante Koldo, Santos Cerdán y el baloncestista Pedro Sánchez al volante. Cuatro tipos de su envergadura en ese viejo trasto. Unos pedazos de hombres oliendo a macho… en tan reducido habitáculo. Vamos con ello:
La historia reciente de España se puede describir y resumir por las marcas de los coches. El Seat 1500 negro de los gobernadores franquistas con el que se desplazan para asistir a la última ejecución de pena de muerte por garrote vil, el pequeño 600 como suspiro y anhelo de democracia, las furgonas de los grises de casco y porra marca Renault, el Toyota en el que huye la escapista Esperanza Aguirre – la que siempre escapa –, el Jaguar en el garaje de la ministra Mato que apareció por arte de magia, los Mercedes Maybach S680, con chófer y cristales tintados de negro, en los que viajan los consejeros delegados que pagan las comisiones de las mordidas y nunca aparecen en los sumarios pero sí en los palcos, el "coche invisible" que lleva a Mazón al restaurante El Ventorro para desaparecer cinco horas mientras sus valencianos se estaban ahogando sin aviso previo, o el Maserati, para no desmerecer a su ático, del novio de la Ayuso, la presidenta más chulapa de España.
El coche como seña de identidad patria. A Abascal un buen tractor amarillo en rancia sintonía, como a ellos les gusta, con "la Ramona es pechugona, tié dos cántaros por pechos", desde el que grita ridículamente como un energúmeno: "Yo parler en francés. Viva la torre Eiffel y también la Republiqué". A Núñez Feijoo, más que coche, barco; dándose cremita en la espalda con el narco.
La culpa fue del Peugeot porque sólo ese vehículo podía acoger en su interior a sus cuatro ocupantes. En otros modelos de gama similar no habrían cabido. Imposible. Lo juro, pues vengo de comprobarlo en un desguace con unos figurantes que me han costado una pasta. Solo, insisto, ese Peugeot, con su amplio espacio, engañoso por fuera, pudo albergarlos para recorrer España, haciendo miles de kilómetros de norte a sur y de este a oeste, para conseguir el apoyo de los militantes del PSOE y ganar legítimamente la Secretaría General. Un prodigio de coche.
¿Y la culpa, por qué? Pues porque de no haber cabido en el humilde Peugeot, obligados a tal cercanía, a contacto tan íntimo y directo, la relación de confianza y camaradería no se habría producido y Pedro Sánchez jamás hubiera nombrado a Ábalos y Cerdán secretarios de organización. Poniendo en sus manos el máximo poder del partido. El coche es el culpable, qué duda cabe. De haber viajado separados o en un vehículo más moderno y más amplio, sin tanto roce ni obligado tocamiento carnal, el devenir de la relación nunca habría sido la misma. ¿Cómo entender si no, que Pedro Sánchez no pudiera dormir tranquilo teniendo a Pablo Iglesias, con sus enjutas hechuras, de vicepresidente, y sí soportar, con cariño y comprensión, los ronquidos de Koldo García? ¿El olor a pachulí de Santos Cerdán? ¿El eructo de Ábalos tras zamparse unas gambas y un pincho de tortilla con su jarra doble, bien fría, para satisfacer la demanda cervecera de esa barriga?
Ese viaje fue una odisea, tan dura como la de Ulises a su regreso a Ítaca, y solo pudo realizarse gracias a ese coche. Si ese coche hablara, como lo hacía el coche fantástico de Michael Knight, desvelaría toda la martingala y los pobres españoles – conmocionados, decepcionados y estupefactos – sabrían decidir con criterio si es mejor seguir confiando en Pedro Sánchez con su petición agónica de perdón o dejar que gobierne el PP, con su corrupción de fábrica, siempre aceptada y perdonada, y con los impresentables de VOX. ¿No hay otras alternativas, por complicadas que parezcan? A mí, en mi inocencia, me bastaría con saber qué contestó Pedro Sánchez cuando uno de los ocupantes dijo algo de unas colombianas al pasar de noche en la oscura carretera por un puticlub con luces rosas de neón. Con eso... me sobra y basta.
Puestos a rizar el rizo del análisis psicológico y del periodismo de investigación al más puro estilo, inmoral, sucio y vomitivo, del detective Torrente, me cuenta un experto freudiano que la verdadera causa de la explosión del tema, está en el resentimiento que se fue larvando a diario por parte de Koldo García en ese viaje. Por lo visto, y no me pidan que desvele mis fuentes, a pesar de ser un coloso de talla y andares pantagruélicos, nunca le dejaron sentarse delante. Lo pedía insistentemente, porque atrás se le embotaba la cabeza y se le dormían las piernas porque no le cabían, y nunca se lo permitieron. Jamás. Quizás, con haberle dejado ir de copiloto tan solo unos cuantos kilómetros, de igual a igual, nunca se habría llegado a esto. Una venganza de gusano que se mete en tu cerebro hasta taladrarlo por aquellas humillaciones que le llevaron a grabar las conversaciones que descubrió la UCO en su domicilio desvelando la trama. Todo grabado. Guardado. Listo para el chantaje. ¿Quién creen ustedes que se bajaba siempre siempre del Peugeot para comprar agua, periódicos, tabaco y bocatas? El paquete de Marlboro de Ábalos. Efectivamente, Koldo García, el más "pringao". Obediente y bien "mandao". Lo que nadie sabe, y yo lo desvelo por primera vez jugándome el pellejo de reportero, es que, del dinero que le daban, siempre se quedaba el cambio.
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