Opinión
Sin culpa y sin vergüenza, sí se puede

Periodista
El Comandante que le toma declaración le dice “Si él le había metido la mano en la boca, no podía estar agarrándola” o “Pero a ver, ¿es tonta o qué, por qué no se hace la muerta?, su violador “Así que te gustan las tías. Para gusto el que te voy a dar yo”, la víctima lo recuerda así “Sus frases, no he tenido tanta vergüenza en mi vida.” Estos son algunos de los pasajes de la novela autobiográfica Por Voluntad Propia (Editorial Tránsito) escrita por Mathilde Forget, en la que relata en primera persona el duro proceso de interrogatorio a los que son sometidas las víctimas de violencia sexual que deciden denunciar ante la policía o en los tribunales, y la mirada culpabilizadora de un sistema que continuamente ejerce la sospecha preventiva como método para disciplinar a todas las mujeres. Aunque su caso ha ocurrido en Francia, es de sobra conocido que el calvario que pasan muchas denunciantes es similar en nuestro país.
Estos días pensaba en el efecto que tiene que a las mujeres nos hagan sentir culpables constantemente y en cómo esa culpa opera a través de una serie de correctivos que se repiten sistemáticamente en todos los casos de violencia sexual. Viendo a Elisa Mouliaá encogerse y retorcerse ante un juez que no dejaba de acosarla mientras Errejón se mantenía firme y con los pies bien plantados en la tierra, no podía dejar de empatizar con el rubor que estaba viviendo ella ante la lista de obscenidades que el juez Carretero le reprochaba. Pensaba en la vergüenza inoculada hacia nuestro cuerpo, nuestras actitudes, nuestra ropa, nuestras elecciones, nuestro discurso, nuestros méritos o deméritos y, por supuesto, hacia nuestra sexualidad desde que somos niñas. Una sexualidad siempre demasiado “algo”: demasiado libre, demasiado irresponsable, demasiado pacata o inexistente. Y sentimos vergüenza, sobre todo, porque se nos educa para pensar en los otros, en las personas que nos rodean, en nuestras familias y hasta en las de los agresores, en nuestras amigas y amigos, en nuestras parejas y también en nuestros exs. ¿A alguna se le ocurriría cachondearse de haberle puesto los cuernos a su expareja delante de un magistrado que está instruyendo una causa contra ti por violencia sexual? Por supuesto, sabemos que ninguna contaría con la complicidad del juzgador, porque el rango de moralidad es muy diferente cuando la lupa se pone en nuestra entrepierna.
Por eso, la infantilización es otra de las herramientas de control que se repite siempre. Si a Elisa Mouliaá el juez le exige que lo trate de usted como a una escolar de Primaria (y después de haberla tuteado usando términos de taberna) a Forget le desconcierta la forma que el Comandante tiene de dirigirse a ella esperando una respuesta hacia lo que él, y solo él, afirma, como si ella no fuese capaz de relatar lo que ha vivido en sus carnes. “Así que el comandante siempre modifica un poco la frase, para ser fiel al objetivo de claridad que supuestamente compartimos. Eso implica la primera alteración de mi palabra. Le seguirán otras.” Sienten culpa y vergüenza porque los interlocutores se empeñan en mostrar su incredulidad, y todo eso acaba convirtiendo las declaraciones en procesos revictimizadores y absolutamente traumáticos. “Los interrogatorios son diálogos a los que les han borrado ciertas réplicas, lo cual le da una apariencia mutilada y vaga al discurso del interrogado (...) Pero es un crimen. Las palabras son importantes. La denuncia es verbal.”
Y así, a las devastadoras consecuencias físicas y psicológicas de las agresiones sexuales se van sumando otras de quienes ejercen gota a gota, desde la atalaya institucional, una violencia invisible e indescriptible: los que cuestionan que la víctima esté demasiado bien o demasiado mal, los que le preguntan por qué se escapó o por qué se quedó, por qué se sometió o por qué se resistió, por qué recuerda con demasiado detalle, o por qué está llena de dudas. “He tenido que decirle quién era el día que menos segura estaba de eso”, escribe Forget. En el fondo, saben que son ellas las que están siendo juzgadas, dentro y fuera de la sala, mientras los Íñigos y los Adolfos compadrean dejando a un lado sus supuestas diferencias ideológicas.
Y a pesar de los infinitos ejemplos de la justicia patriarcal, hoy intento ser optimista porque por fin estamos consiguiendo darle la vuelta al relato: ya no hay agresores invisibles, sin nombre ni rostro. Ahora tienen apellidos, y algunos visten una toga que les va demasiado grande. Reconozco que no había visto tal reacción de los colegas periodistas por algo que nos atañe directamente a nosotras desde la huelga de 2018. Y reconozco también que, de una vez por todas, el foco de las informaciones está puesto en donde tiene que estar, en las actitudes de quienes agreden y violentan a las mujeres. El tratamiento mediático de este caso está siendo, en general, impecable, y lo que hoy nos escandaliza, lo que hoy ocupa titulares, estanterías en las librerías y llena salas de cine, hace poco era motivo de discusión o de jocosidad.
Pero si hay motivos para el optimismo es, sobre todo, porque la acción feminista funciona. En los últimos días, el Consejo General del Poder Judicial ha recibido más de 14.000 quejas en su registro online para protestar por la actuación del juez Adolfo Carretero. Y como todas las acciones feministas, esta también tiene el sello de una mujer, la periodista Carmen G. Magdaleno, que puso una queja el martes por la tarde y después la compartió en su Instagram invitando a sus seguidoras a replicarla. Su texto y las instrucciones para realizar la queja se compartieron hasta la saciedad, hasta que al CGPJ no le quedó más remedio que escuchar a las mujeres y abrir un expediente al Juez Carretero. Una vez más, queda claro que pasar de la indignación a la acción solo es viable desde lo colectivo y también desde unas ciertas garantías que no serían posibles fuera de un Estado de Derecho. Las víctimas ya no están solas.
Las feministas reivindicamos lo colectivo porque sabemos que lo personal es político y, por eso todas nos sentimos interpeladas ante la violencia institucional, la hayamos padecido o no, porque todas fuimos esa niña con las mejillas coloradas por un delito que no habíamos cometido. Por eso, esta nueva ola feminista va de ponerle nombre y apellidos a la violencia sexual, va de ponerles nombres y apellidos a los agresores, va de cuestionarlos a ellos, y va, sobre todo, de contarlo y de contarnos. Porque, como dice Gisele Péllicot, es hora de que la vergüenza cambie de bando. Y Elisa Mouliaá también lo está demostrando.
En España, se denuncian 14 violaciones al día y 55 agresiones sexuales diarias, más de dos cada hora, pero sabemos que la mayor parte de las violencias sexuales no se denuncia jamás. Creer a las mujeres es la asignatura a pendiente que tenemos como sociedad, y el descrédito al que nos enfrentamos constantemente desde lo doméstico hasta lo institucional, es una de las mayores formas de desigualdad. Por eso, necesitamos la ayuda de quienes tienen en su mano buscar las soluciones para acabar con esto, desde los gobiernos hasta los medios de comunicación. Porque sin culpa y sin vergüenza no solo somos más creíbles, también somos más libres, más fuertes y estamos menos indefensas. Que la impunidad no siga siendo su arma.
“Una vez, presenté una denuncia por violación. Después me preguntaron si tenía el recuerdo de que mis padres se quisieran.”
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