Opinión
Culpable de ser gitano
Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Para inaugurar por todo lo alto la temporada veraniega, este fin de semana han agredido a una pareja de homosexuales en una playa de Almería y a un chaval asiático en el metro de Barcelona. Propongo algunos eslóganes ministeriales para el próximo verano: “España, paraíso de la raza blanca”. “De la Costa Brava a la Costa del Sol, si eres diferente, mejor no vengas”. El problema es que tendrá que competir con el resto de Europa.
De cualquier modo, el racismo español siempre ha sido algo muy sui generis; desde la expulsión de los judíos y los moriscos y los edictos de limpieza de sangre no hubo mucho con lo que ejercitarlo. No recuerdo si era Vilallonga quien contaba aquella anécdota genial de una reunión de negocios en Madrid con un empresario estadounidense. De repente, en mitad de la conversación, surgía el tema del racismo y entonces uno de los españoles se lanzaba a tumba abierta: “Los españoles no somos racistas. Vea, vea, aquí estamos cenando todos tan tranquilos y no nos importa nada que usted sea negro”.
A falta de negros, durante décadas, durante siglos enteros, aquí el odio permaneció circunscrito a los gitanos, básicamente porque no había otra etnia que pagara el pato. No hay más que recordar las frases iniciales de La gitanilla de Cervantes, apenas superadas por el antisemitismo brutal de ciertas líneas de El mercader de Venecia de Shakespeare. Si hasta las dos cimas más altas de la literatura occidental están contaminadas de intransigencia y xenofobia, no es únicamente por la influencia de la iglesia cristiana o por alguna creencia insensata implantada en el subconsciente de Europa. El racismo, al igual que el machismo o que la homofobia, es una enfermedad universal instalada en todos los lugares y épocas. Se pueden rastrear vestigios xenófobos en muchas tribus africanas, en la cultura japonesa, en la religión hindú, entre los incas y entre los aztecas. Pero, para ir ganando tiempo, están todos resumidos en aquella famosa declaración platónica: “Doy gracias a los dioses por haber nacido libre y no esclavo, hombre y no mujer, griego y no bárbaro”.
Reflejo tribal del miedo a lo diferente, lo extraño y lo novedoso, para el racismo sólo hay dos antídotos: la cultura y la ley. Por desgracia, vivimos en un país (más correcto sería decir un mundo) donde han vuelto a proliferar los cuerpos extraños de la xenofobia, donde desde ciertos periódicos y ciertos medios se están recargando algunos viejos proyectiles del siglo XX: la homofobia como enfermedad, el pánico a que los extranjeros nos dejen sin trabajo. Permitir la libre propagación de esta bazofia intelectual es el primer paso para regresar a la noche de San Bartolomé, la noche de los cuchillos largos, la noche en que mataron a Lorca. He ahí un buen lugar donde la fiscalía y la policía deberían empezar a trabajar en lugar de preocuparse tanto por limpiarle los bajos a la infanta. Hace apenas una semana Francia se escandalizó con la fotografía de un niño gitano al que reventaron a golpes porque una turba desmelenada lo juzgó autor de un robo y se tomó la justicia por su mano. La gente preguntaba: “¿Pero era culpable?” Por supuesto: culpable de ser gitano.
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