Opinión
Una década después, ellos tienen miedo

Periodista y escritora
En el interior de las mujeres, carne dolorida, con la herida abierta, herencia, borbotea la rabia, se afila la ira. No queremos paz.
Yo no quiero paz.
Querría Justicia, pero ¿qué Justicia?
¿Justicia de quién?
Vamos a volver al tema de la opinión pública, porque la opinión pública es todo y justamente ahí está el lugar desde el que mirar una conmemoración que no sabemos dónde colocar. Mucho más en el caso de las mujeres. Y muchísimo más aún en el de las mujeres que denuncian públicamente.
La sentencia de la llamada Manada de Sanfermines era una cuestión comunicativa. Toda construcción comunicativa podría responder a una pregunta: ¿De qué estamos hablando? De eso se trataba. Era una cuestión de voz, de una realidad que no existía y necesitaba su construcción colectiva.
Si yo cojo tu bolso, te lo quito y me lo llevo, lo llamamos robo. Más: la Justicia lo llama robo.
Hace exactamente una década, la madrugada del 6 de julio de 2016, los hombres llamados José Ángel Prenda, Alfonso Jesús Cabezuelo (militar), Antonio Manuel Guerrero (guardia civil), Jesús Escudero y Ángel Boza agredieron sexualmente a una joven de 18 años. A aquella joven la metieron en un portal, la violaron vaginal, anal y oralmente entre los cinco y lo grabaron en vídeo. Un juez, Ricardo Gozález González, llegó a ver en aquel acto una situación de “jolgorio” general, ella incluida.
Nombrar es necesario. Nombrar las normas, las acciones, lo permitido y su contrario. En aquella violación múltiple, grupal, la Audiencia Provincial de Navarra vio solamente un caso de “abuso sexual”. No vio agresión porque el tribunal no apreció violencia ni intimidación. Aquella gente pensó que cinco hombres grandes como cinco armarios pueden coger a una chavala, empujarla dentro de un portal, desnudarla, penetrarla, filmar su cuerpo, difundir su “hazaña”, y todo sin “violencia”. ¿Quién nombra las violencias?
Si yo cojo a tu hijito, me lo llevo y te pido 50.000 euros a cambio de devolvértelo, lo llamamos secuestro. Es más, la Justicia lo llama secuestro.
A la vista de la resolución, la conclusión de aquel tribunal era salvaje. Dos jueces y una jueza, en los “hechos probados” de la sentencia, describían una violación. Incluso daban detalles, porque habían visto el vídeo que grabaron los hombres durante las sucesivas agresiones a las que sometieron a la adolescente. Pero concluían que no era una agresión sexual, o sea, que no mediaba violencia ni intimidación. Es decir, ese tribunal venía a decir que se puede violar a una joven, a una mujer, sin violencia.
Si cojo tu bolso y me lo llevo, lo llamamos robo. Si me llevo a tu hijito y te pido un rescate, lo llamamos secuestro. ¿A qué llamábamos “agresión” y a qué “abuso”? ¿A qué llamamos “violencia sexual”? ¿Quién lo había decidido así? ¿Quién lo dice?
En lo alto de las elites judicial e institucional se sientan un puñado de hombres blancos ricos y heterosexuales (de puertas afuera). Es una construcción jerárquica y compacta, cerrada, que permanece así desde tiempos inmemoriales. Ellos deciden qué está permitido y qué no. Ellos deciden cómo nombrarlo y si merece premio o castigo. Así es y así ha sido desde siempre. Llamábamos y llamamos violencia sexual a lo que ellos consideraban que lo era. Y punto. Así sigue siendo: Hombres, blancos, ricos, héteronormativos, en la cúspide de las cúspides, definiendo qué vulnera nuestros cuerpos y qué no puede considerarse “agresión” sino folclore, qué sé yo, costumbre o impulso.
Gracias a la víctima que hace hoy una década decidió denunciar, pese a que el silencio era la norma, pese al horror que le echarían encima, gracias a ella, nosotras empezamos a poner nombre a las violencias recibidas. Hasta ese momento, nuestros cuerpos estaban en manos de un hatajo de machos misóginos. Algo empezó a cambiar con el gesto de aquella joven que no conocemos. Aquello nos desamordazó. Entonces, empezamos a desobedecer la orden de silencio. Ellos saben que esta desobediencia general y colectiva es histórica. Ahora, tienen miedo.
Sobre mi suelo pélvico dormita el puercospín que va a desperezarse, que casi no cabe
y se abrirá de púas.
Yo nombraré esas púas y no otros
porque son mías
y porque son yo. En cada púa, yo.
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