Opinión
La descolonización no va con nosotros

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
Cada doce de octubre quedan en evidencia dos cosas: el desinterés generalizado por nuestra Fiesta Nacional y la naturalización del imperialismo como parte de la identidad española. Mientras en otros países occidentales se ha alcanzado un cierto consenso en la crítica al colonialismo -que solo se ha empezado a resquebrajar recientemente- en España parece que el consenso es el contrario: que no hay pasado colonial que revisar y que, si acaso, lo que debemos sentir es orgullo.
La idea de que la crítica decolonial es un invento anglosajón ajeno a nuestra historia está extendida tanto entre los conservadores como entre buena parte de la izquierda, incluidos historiadores y filósofos. Las estridencias de algunos activistas -el cubo de pintura en un cuadro del Museo Naval de Madrid es la última- parecen darles la razón: la decolonialidad es cosa de radicales desorientados. A mis colegas académicos les irrita -y no sin motivo- la brocha gorda que aplican a la historia los activistas anticoloniales. Pero la equidistancia que establecen entre imperiófilos e imperiófobos es un error y beneficia a las posiciones reaccionarias, al desacreditar la crítica decolonial en su conjunto.
Llama la atención que consideremos que esa crítica no tiene que ver con nosotros, cuando España fue de los países que más tarde se descolonizaron: Guinea Ecuatorial logró la independencia en 1968 y el Sáhara Occidental cambió de colonizadores solo en 1975. Puede que para nosotros el Imperio sea cosa del pasado, pero cualquiera que haya hablado con guineanos, saharauis o rifeños sabe que el Imperio siguen estando muy presente en sus vidas.
Y no solo en el caso de las últimas colonias. Veintipico años antes de que se popularizara el término woke y de que se pusiera de moda derribar estatuas, campesinos chiapanecos echaron abajo el monumento al conquistador español Diego de Mazariegos en San Cristóbal de las Casas. Fue el 12 de octubre de 1992. Dos años después comenzaba el levantamiento zapatista que mostró al mundo la exclusión social que sufrían las comunidades indígenas en México y Latinoamérica. En esos momentos, el porcentaje de pobreza en Chiapas alcanzaba el 75% y el de analfabetismo, el 23%, casi el doble de la media nacional. La población local sabía que la conquista española marcó un antes y un después en la historia de exclusión de sus comunidades, que se incrementó en época poscolonial y llega hasta hoy.
El rechazo a la crítica decolonial no es prueba de nuestro mayor y espíritu crítico respecto a otros países occidentales, sino más bien de lo contrario. Es la demostración palpable, por un lado, de nuestro provincianismo. No nos molestamos en entender qué hay de legítimo detrás de las reivindicaciones de los pueblos colonizados ni qué hay de verdad en lo que escriben los pensadores y pensadoras decoloniales -la inmensa mayoría, por cierto, son de Latinoamérica y se expresan en estupendo español. Por otro lado, el rechazo a la crítica demuestra que el discurso nacionalista, que comenzó en el siglo XIX y que el franquismo imprimió a fuego en el subconsciente de los españoles, no se ha llegado a desmontar.
Entiendo que muchos piensen que el Imperio no va con nosotros, que tenemos problemas más urgentes a los que enfrentarnos. Pero es un error pensar que el Imperio no tiene que ver, también, con esos problemas: con el ultranacionalismo, el militarismo, la xenofobia, el racismo, la depredación de la naturaleza y la explotación social. Porque el Imperio es, precisamente, el compendio de todo ello. Por eso lo celebra la ultraderecha. Por eso debemos criticarlo los demócratas. Y es posible hacerlo -es necesario- sin presentismos, pero con urgencia. Y ya vamos tarde.
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