Opinión
Desobedezcamos, cueste lo que cueste

Periodista y escritora
Necesitamos desobedecer la orden implícita de silencio que pesa sobre nosotras y que en este momento está afinando sus castigos contra quienes lo hacen. Necesitamos hacerlo colectivamente. Contamos con la tradición de muchas otras que vinieron antes.
Si las sufragistas no hubieran desobedecido, algunas hasta la muerte, muchas aguantando torturas, si no lo hubieran hecho, quién sabe cuándo habríamos tenido las mujeres derecho a votar. Nuestros derechos dependen de otras que han desobedecido, peleado, aguantado golpes y castigos e incluso han muerto. La inmensa mayoría de los avances fundamentales en los derechos de las mujeres han necesitado desafiar leyes, normas sociales o mandatos institucionales. O sea, desobedecer.
Lo mismo sucede con los derechos reproductivos o la protección frente a la violencia machista y la violencia sexual. La creación de espacios protegidos y refugios autogestionados, redes de apoyo y campañas feministas han desafiado durante décadas la indiferencia institucional antes de que existieran leyes específicas. Es decir, la desobediencia que transforma.
Más. Las que quisieron acceder a las universidades, las que exigieron y consiguieron participar en profesiones como la medicina, la abogacía o la judicatura, las que estudiaron de forma clandestina tuvieron que enfrentar las normas de las instituciones académicas y la presión de sus compañeros. Desobedecieron.
Más aún. En la década de 1970, en muchos países de nuestro entorno —con España a la cabeza—, las mujeres encontraban enormes obstáculos para obtener crédito, hipotecas o cuentas bancarias sin la autorización o la garantía de un hombre. Miles de mujeres sortearon dichas restricciones usando cuentas de terceros, acuerdos informales o litigios contra bancos. Fue la presión social la que acabó transformando el acceso de las mujeres al crédito en un derecho. Resulta especialmente interesante este caso de los derechos económicos, porque la desobediencia suele ser menos visible que una manifestación o una huelga de hambre. Es aparentemente más simple o de una audacia digamos que discreta: la mujer decide gestionar su dinero como si ya tuviera un derecho que la ley todavía no le reconoce. Cuando miles hacen lo mismo, la ficción legal acaba resultando insostenible.
Considero que todos ellos retratan el lugar desde el que hay que mirar el derecho a romper el silencio, el derecho de las mujeres a contar públicamente las violencias que hemos sufrido, o que han sufrido otras cuyas condiciones les impiden tomar la palabra. Desde la desobediencia como genealogía con la que lograr unos derechos que no se nos reconocen o directamente nos son vetados.
Si tomamos como referencia los derechos reconocidos hoy en la mayoría de las democracias occidentales —voto, educación, empleo, propiedad, participación política, autonomía económica, derechos reproductivos, protección frente a la violencia, igualdad ante la ley—, resulta difícil encontrar alguno que no haya requerido, en algún momento, un grado de desobediencia colectiva, muchas veces con sus correspondientes castigos.
Desobedecer el actual mandato implícito del silencio consiste, en primer lugar, en identificar que existe, en reconocerlo y nombrarlo. No es fácil, y una se encuentra con numerosas negaciones, porque el silencio no suele presentarse como una orden explícita. Suele adoptar formas más sutiles: “no exageres”, “siempre ha sido así”, “mejor no remover el pasado”, “todas mienten", “no hagas daño a la familia”, “no montes un escándalo”. Existe sobre nosotras una imposición de silencio que es política, social, institucional y legal. Y no exactamente explícita, aunque cada vez más, a medida que vamos desobedeciéndola.
Para empezar a desobedecerla son necesarios algunos pasos previos que ya vamos dando. Hay que nombrar los hechos con precisión. El silencio se sostiene muchas veces en eufemismos. Llamar violencia a la violencia. Dejarlo por escrito, de forma pública o privada. La escritura ha sido históricamente una de las grandes herramientas contra el silenciamiento. Muchos relatos que hoy consideramos fundamentales empezaron como una voz privada.
Después, resulta imprescindible compartir la experiencia con otras personas, romper el aislamiento al que nos someten. La palabra publicada crea comunidad. Cuando una experiencia individual encuentra eco en otras, deja de parecer una anomalía y desaparecen la culpa y la vergüenza. Por encima de todo ello, saber que nos quieren aisladas y que el castigo se aplicará de una en una.
Necesitamos, paralelamente, conservar la memoria de nuestras acciones, que no se puedan borrar, que permanezcan. Hay que lanzarlas al futuro: archivar documentos, registrar testimonios, recopilar historias familiares o colectivas. El silencio no solo actúa sobre el presente, también borra el pasado.
Enfrente están ellos y sus normas. Resulta imprescindible en todo este proceso rechazar la obligación de proteger a quienes se benefician del silencio, su comodidad y su impunidad. Muchas veces el coste de hablar no es el cuestionamiento de lo que se dice, sino la incomodidad que genera, que es individual, pero sobre todo social. El relato de cada mujer violentada que señala a un agresor interpela a todos sus semejantes y a la sociedad completa.
Por último, debemos aceptar que hablar puede tener consecuencias. La desobediencia siempre implica algún riesgo: desaprobación, conflicto, pérdida de prestigio o de vínculos, castigo económico y castigo penal. Reconocerlo permite actuar con lucidez y de forma colectiva, en lugar de esperar una autorización que quizá nunca llegue.
Desobedecer el mandato del silencio no es simplemente hablar públicamente. No sólo es un proceso de sanación, que también. Se trata de disputar quién tiene derecho a definir la realidad, porque es de la realidad de lo que estamos hablando. Cuando alguien cuenta lo que le ocurrió, especialmente si se le había enseñado que debía callar, está cuestionando una distribución del poder: quién puede narrar, quién puede ser escuchado y qué hechos merecen existir públicamente. Por lo tanto, pone en crisis la realidad existente y lanza la pregunta de por qué no había sido cuestionada antes. Es decir, quién construye el silencio.
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