Opinión
Diez tesis sobre el fin de la democracia

Investigador científico, Incipit-CSIC
-Actualizado a
1. Sabíamos que el capitalismo podía funcionar sin democracia o bajo formas iliberales de gobierno. Es como funcionó en buena parte de Latinoamérica hasta fines del siglo XX y en Europa hasta inicios del XX. Creímos que el capitalismo autoritario era cosa del Sur Global, algo que el Norte superó con el desarrollo de las democracias representativas a fines del siglo XIX. Nos equivocamos. El capitalismo puede funcionar sin democracia en cualquier tiempo y lugar.
2. El capitalismo radicalizado no quiere acabar con el Estado, pese a lo que afirman los supuestos defensores de su eliminación, lo que quiere es reorganizar sus funciones: de proveer servicios y redistribuir riqueza a reprimir. Esto no es nuevo: es la intención del neoliberalismo desde los años 80 y lo vienen advirtiendo politólogos y sociólogos (Loïc Wacquant, Bauman) desde hace tres décadas. No se les ha hecho caso.
3. El nuevo modelo ideal de Estado es el oligárquico: un grupo muy reducido de población que utiliza el Estado para su propio beneficio. Esta oligarquía la forman, entre otros, actores transnacionales como empresarios e inversores multimillonarios y propietarios de grandes rentas.
4. Un punto débil del neoliberalismo (capitalismo radicalizado) fue su ausencia de ideología legitimadora. El neoliberlismo es pospolítico: en sus inicios (años 70-80), el sucedáneo de ideología fue el anticomunismo. Destruido el socialismo real, el sucedáneo fue la eficiencia. Pero ni el anticomunismo ni la eficiencia sirven como aglutinante a largo plazo. El populismo reaccionario ha salvado el capitalismo radicalizado ofreciendo los elementos ideológicos fuertes de los que este carecía: ultranacionalismo, imperialismo, militarismo, racismo, xenofobia.
5. Los politólogos se han equivocado con el populismo reaccionario al considerarlo una ideología en sí misma. El populismo reaccionario, como comprobamos en estos momentos, no es más que la fase inicial del fascismo, un movimiento transicional. Los análisis benevolentes (Goodwin y Eatwell) o conceptuales (Mudde, Finchelstein) minusvaloraron el peligro. Los estudiosos del fascismo (Paxton, Traverso), no por casualidad historiadores, han resultado mucho más útiles para entender el presente.
6. Como hace un siglo, el apoyo de los conservadores ha sido clave para el auge del nuevo autoritarismo. Pero más importante si cabe está siendo la equidistancia de los liberales, tanto políticos como intelectuales. La equidistancia hoy es tan irresponsable como el colaboracionismo. Al contrario que hace un siglo, en estos momentos y con alguna excepción, la única resistencia intelectual y política está en la izquierda. El objetivo de la izquierda debe ser ampliar el horizonte político de la resistencia, no restringirlo aún más.
7. La democracia no muere y el autoritarismo no crece sin un encanallamiento que afecte a buena parte de la sociedad. Hace un siglo, ese encanallamiento se nutrió de la brutalización de la Primera Guerra Mundial y de la peor crisis del capitalismo -la que siguió al Crack del 29. Hoy, donde crece el autoritarismo no hay poblaciones traumatizadas por la violencia ni sometidas a la pobreza más abyecta. Así como el descrédito de la democracia tiene mucho que ver con la desigualdad galopante, el encanallamiento en sí (la pérdida de empatía y la celebración de la maldad) hay que buscarlo en cuestiones más ideológicas que materiales, en el mundo virtual más que en el mundo real. Es la circulación de odio, violencia y mentiras, tanto en las redes sociales como en los medios tradicionales, de lo que se nutre el encanallamiento.
8. La izquierda siempre ha criticado -y con razón- los aparatos ideológicos del Estado (Althusser), pero el debilitamiento de los aparatos ideológicos del Estado (escuela, iglesia, partidos, medios de comunicación), en paralelo al debilitamiento del Estado mismo, no ha favorecido los movimientos emancipadores, sino todo lo contrario. Al perder el control sobre los aparatos ideológicos, el Estado los ha cedido a otros agentes que los han utilizado para demoler la democracia: tanto los “tecnooligarcas” (Thiel, Zuckerbergm Musk, Bezos), como los influencers a los que benefician los primeros.
9. A la par que se han debilitado los aparatos ideológicos del Estado lo ha hecho la noción de autoridad en sentido lato, lo cual afecta especialmente a la ciencia y al saber experto. Estos son sustituidos por influencers encargados de propagar desinformación y discursos de odio, que alimentan al mismo tiempo las fantasías ideológicas (gran reemplazo, negacionismo climático) y el encanallamiento, sin los cuales no pueden prosperar las opciones autoritarias.
10. El futuro autoritario no es una vuelta al pasado. Las comparaciones con el fascismo clásico son insuficientes. Tampoco con el capitalismo oligárquico del siglo XIX. Ni con el Antiguo Régimen o el feudalismo. No son suficientes, pero tampoco son erróneas: todas las analogías mencionadas son necesarias y pertinentes. Porque nuestro momento autoritario bebe de todo ello. El presente que vivimos y el futuro que nos espera será al mismo tiempo nuevo y arcaico. Y aunque no nos ofrezca todas las soluciones para los problemas a los que nos enfrentamos, comprender lo arcaico es esencial para entender lo nuevo.
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