Opinión
No diga 'trabajador', diga 'socio de la app'

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
El otro día, en Madrid, me enviaron un Uber. Nunca había llamado a uno, y —recalcitrante conservador que soy en cosas como esta— no tengo previsto hacerlo nunca por mí mismo. Pero fue lo que me envió el sitio al que iba, a las afueras. Unos minutos antes, empecé a recibir una serie de whatsapps, informándome de una prolijidad de detalles: el nombre del ¿uberista?, de la persona que me recogería; la marca, color y matrícula del coche; el tiempo que quedaba para que llegara a la dirección que había indicado. E incluso un enlace a un mapita de geolocalización, para ver la ubicación y tránsito del vehículo en tiempo real. El futuro era esto y era también lo siguiente: no se llamaba así al ¿uberista?, taxista, conductor, trabajador de esta empresa, sino "socio de la app". "El socio de la app I… R… está cerca. Dirígete a la acera para encontrarte con tu socio de la app asignado. Haz seguimiento de tu viaje en: https://…". Y más tarde: "Buscando a otro socio de la app… Parece que el socio de la app tuvo que cancelar el viaje, pero pronto te asignaremos otro. Haz seguimiento…". Y poco después: "El socio de la app, M… F…, llegará alrededor de las 12:05 en un Hyundai Ioniq negro 0…-L…".
Socio de la app. Ya se sabe que estas empresas de "economía colaborativa" no tienen trabajadores, sino "socios". Conocemos estos juegos neoliberales de prestidigitación del lenguaje: en nuestro 1984, la precariedad es flexibilidad; la precarización, flexiseguridad; la inestabilidad, resiliencia. Y los trabajadores, cualquier cosa menos trabajadores. Pero esto no es nuevo. De esta palabra peligrosa, puntiaguda, lleva huyéndose desde mucho, muchísimo antes de la invención de los smartphones. También la rehuyó el franquismo, que tampoco tenía trabajadores u obreros, sino "productores". El Primero de Mayo —que no homenajeaba a los mártires de Chicago, sino a san José— era el Día del Productor. Había, también, "Hogares del Productor".
Los víctores del treinta y nueve le tenían miedo a una palabra que, en su ancha resonancia histórica, contenía multitudes y toneladas de dinamita. Franco, forjado en la represión del treinta y cuatro asturiano, había escuchado la deflagración por sí mismo. Hoy aquellos trabajadores sin nada que perder y con un mundo que ganar, que salían de las entrañas de la tierra dispuestos a conquistar los cielos, nos quedan más lejos y se nos han ido haciendo inimaginables; o solo imaginables como personajes de cuento, semidioses de mitos prometeicos. Pero el miedo de los explotadores del siglo XXI a sus espectros sigue ahí, por poco sentido que nosotros le veamos. Los oligarcas de hoy siguen sabiendo que llamar "trabajador" a un trabajador es la semilla de un riesgo, la chispa posible de una explosión, por larga que sea la mecha. Que hay una mecha al menos.
Si hay trabajadores, hay no-trabajadores; y si hay no-trabajadores, nadie tarda en hacerse aquella pregunta de John Ball durante la revuelta de Wat Tyler, en el siglo XIV: cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era el caballero? ¿Por qué hay gente que no trabaja mientras nosotros nos deslomamos? Toca exprimir entonces el diccionario de los sinónimos; dinamitarlo para que expulse sus tocomochos léxicos en todas direcciones: no diga usted trabajador, sino emprendedor, autónomo, productor, socio de la app. Productores podemos serlo todos; y socios de la app, también. El taxista, su cliente y su capataz: socios todos, fases todos ellos de una producción. Que los no-trabajadores digan que trabajan, que son trabajadores; que traten de convencernos de que en esa palabra también cabemos todos, no dejó jamás de sonar a broma, y hasta David Beckham se parte de risa cuando su propia esposa dice que su padre era de clase trabajadora, porque trabajaba mucho… en su Rolls Royce.
Lo peor de todo es esto: al menos había un Día del Productor, y un hogar para él. Pero no hay un Día ni un Hogar del Socio de la App.
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