Opinión
¿A qué edad recibiste tu primer 'nude'?

Periodista
-Actualizado a
¿A qué edad recibiste tu primer nude? Es decir, a qué edad recibiste la primera foto de un hombre desnudo por correo o por redes sociales, sin tu consentimiento. Esa fue la pregunta que un perfil de Instagram internacional hizo en la calle a decenas de mujeres. Para que fuera más discreto, la pregunta estaba escrita sobre una pantalla transparente, donde las mujeres escribían la edad. La mayoría escribió que la recibieron a los 11, 12 o 13 años. Bajo la publicación, que se volvió viral, otras respondieron también. Tenía entre 8 y 11 años. Las edades de ellos, desde los 21 hasta los 40. Una añadió que las fotos eran de amigos de su padre.
Las respuestas muestran dos realidades. Una, no son casos aislados. Y dos, un patrón de abuso de poder, porque se eligen a personas vulnerables. No es un error tecnológico. Es un envío hecho a conciencia. De la misma manera que cuando algo sale al mercado es porque hay demanda. Y eso ha ocurrido en Francia, bajo la marca Shein. Le Parisien descubrió que en esa web, y en Aliexpress, estaban a la venta muñecas sexuales con forma de niñas pequeñas. El caso ya está ante la justicia y se estudia, incluso, cerrar Shein en el mercado francés. Esto coincide justo en los días en que aquí, en España, la Policía ha tumbado la primera aplicación de móvil creada para traficar con pornografía infantil. Antes usaban Telegram u otras. Ahora, crean una desde cero para complicar ser localizados. Tenía ya 400 usuarios y encontraron a uno que subía imágenes de sus propias hijastras de 8 y 10 años, con cámara oculta.
Y ahora, preguntemos. ¿Cómo es posible que se produzca una muñeca sexual con forma de niña, otra empresa lo distribuya, otra la venda y otros la compren sin ningún reparo? ¿Cómo explicamos que unos tipos creen una aplicación de abuso infantil, subiendo imágenes de niñas para excitarse? ¿Qué impulsa a adultos a enviar imágenes sexuales a niñas de 7, 9 u 11 años? Algunos se ríen con esto, dicen que es solo "provocación". Y lo dicen en los comentarios, sin pudor, porque hemos crecido en una cultura que protege al agresor cuando es familiar o cuando tiene poder o apellido.
El caso del príncipe Andrés de Inglaterra lo ha dejado bien claro estos días. Solo décadas después ha acabado sin su título real. Su amistad con el amigo de Trump, Jeffrey Epstein y las acusaciones de abuso sexual a una menor no fueron un rumor. La víctima, Virginia Giuffre, lo contó una y otra vez: nadie quería escucharla porque él era un príncipe. Y ella acabó suicidándose este año. En su libro relató que fue reclutada cuando era adolescente. Por entonces el príncipe Andrés tenía 41 años y ella trabajaba, con 17, en un club de lujo. Entró en el círculo de Epstein y de ahí la entregaron al príncipe Andrés. Epstein le dio 15.000 dólares de recompensa y le felicitó: "Lo has hecho muy bien. El príncipe se ha divertido". Tiempo atrás ya había sido forzada con un trío sexual por el multimillonario. De aquello recuerda que puso el "piloto automático: sumisa y dispuesta a sobrevivir". Y cuando le preguntan cómo llegó a eso, siempre detallaba: "Muchas de nosotras hemos sido violadas o abusadas de niñas. Éramos chicas de las que nadie se preocupaba. Y Epstein pretendía hacerlo. Un maestro de la manipulación, parecía arrojar un salvavidas a chicas que se estaban ahogando".
Desde un mensaje de Instagram hasta los palacios de la realeza, el abuso de poder adopta distintas formas, pero siempre deja las mismas heridas. Y siempre deja una inquietante pregunta: ¿cuántas historias no llegan a conocerse? ¿Cuántas niñas, hoy, reciben una foto de un tipo desnudo? Lo terrorífico es que quizás nunca lo podremos saber porque hay todo un sistema, desde el mercado de ventas, el publicitario o el tecnológico, permisivo y tolerante contra este abuso repugnante. Porque mientras la complicidad siga siendo rentable, seguirán fabricando muñecas con cuerpo de niña, aplicaciones para compartir su dolor y excusas para justificar lo injustificable.
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