Opinión
La epidemia de la soledad masculina

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Fui una niña feliz y una adolescente insoportable. Era tímida, arrogante, insegura, cabezota, despistada, retadora, preguntona, ruidosa y estaba perdidísima. En resumen, era una adolescente típica. Os cuento esto porque tengo la sensación de que cuando cruzamos el umbral de la adultez, encerramos bajo siete llaves el recuerdo de nuestra propia adolescencia y hacemos como si nada hubiera pasado. Solo así se explica que cuando volvemos a encontrarnos con adolescentes a lo largo de nuestra vida los miremos, los tratemos, les hablemos y hablemos de ellos como si fueran extraterrestres, seres fuera de toda comprensión y racionalización, en vez de ver en ellos lo que una vez fuimos nosotros también.
La adolescencia es jodida, un limbo ridículo entre la niñez y la adultez en el que no se es ninguna de estas cosas, una experiencia vital que se ha de recorrer con las hormonas fuera de control y un cerebro que está a medio terminar. Enajenados del mundo adulto y de casi todos los adultos que les rodean, solo entre iguales los adolescentes parecen encontrar algo de paz o comprensión. En paralelo, la adolescencia sirve a la sociedad como cabeza de turco en la que volcar todo nuestro descontento y confusión ante la realidad, especialmente porque tenemos la manía de hablar de y sobre ella como si fuera un grupo homogéneo cuando en realidad los adolescentes están atravesados por los mismos condicionamientos de clase, género, origen, color de piel y orientación sexual que han determinado nuestro lugar en el mundo, sin olvidar que se sienten aún más perdidos y confusos que nosotros ante el mundo que les rodea. A esto hay que añadir que han de vivir con el peso de ser señalados como los responsables del declive y decadencia imparables de la sociedad, acusación de la que no se ha librado ninguna generación de adolescentes a lo largo de la Historia. Y a esta generación, en concreto, se le acusa, ni más ni menos, de entregarse —y entregarnos— a los brazos de la extrema derecha y el fascismo, a la par de que se nos advierte de que hay tres culpables de que esto sea así: el feminismo, las redes sociales y el malestar y el miedo ante las dificultades materiales que les esperan.
Convendremos todos en admitir que el problema de la vivienda se ha convertido en acuciante y que está estrangulando las posibilidades de prosperidad e independencia de las personas jóvenes. Al mismo tiempo, las condiciones laborales inestables y los bajos salarios impiden que estos puedan aspirar al sueño español de tener un piso en propiedad. Indudablemente, esto provoca malestar en una generación que ha vivido con la espada de Damocles de las sucesivas crisis económicas y con el aliento del cambio climático soplándoles en la nuca desde la cuna. Y este malestar provoca miedo y el miedo ira, y la ira te lleva al odio y el odio al lado oscuro, esto es, la extrema derecha, que se alimenta de todo esto con promesas de un bienestar que ni está capacitada para provocar ni tiene intención de generar porque han venido a saquearlo todo. Sin embargo, observamos que las mujeres jóvenes, que también están padeciendo estas condiciones materiales complejas —a las que hay que sumar las que ya vienen de fábrica: como la brecha salarial, que suframos más paro, que tengamos peores condiciones laborales, salariales y menos posibilidades de promoción, además de tener que cargar con el peso de los cuidados—, no se han rendido ante las promesas del fascismo y la reacción, por lo que quizás deberíamos empezar a sospechar que la respuesta no está aquí.
Y si bien todos los adolescentes a lo largo de la historia se parecen en lo esencial, cada generación ha tenido que lidiar con sus particularidades y los nuestros son, indiscutiblemente, más solitarios que quienes les precedieron. La incorporación masiva de las mujeres al mundo laboral en una sociedad trabajocentrista con horarios incompatibles con la vida y la conciliación familiar, la aparición de los smartphones y las redes sociales, la turistificación de las ciudades que ha privatizado el espacio público, décadas de propaganda neoliberal individualista y el confinamiento COVID han favorecido y acelerado un proceso de cambio en la forma de socialización que ya se estaba gestando, especialmente entre los adolescentes, en el que hemos sustituido las redes familiares y de amistades “analógicas” por las virtuales. El pánico moral en torno a las pantallas nos impide dialogar y analizar con calma y racionalidad la necesidad de regular su uso, pero, principalmente, educarnos (también a los adultos) en él. Y aunque es indiscutible el efecto que la propaganda misógina está teniendo en muchos adolescentes y jóvenes en una edad en la que se tiende a huir de la voz y de la autoridad de las familias y el profesorado mientras se busca el consuelo gregario entre tus —supuestos— iguales, una vez más observamos que la mayoría de adolescentes femeninas y chicas jóvenes no se están dejando arrastrar por esta propaganda reaccionaria y misógina. Porque las redes sociales son el altavoz que amplifica el mensaje, pero, como pasa con las condiciones materiales, no son tampoco la causa ni el origen del problema.
Así que solo nos queda el feminismo, al que algunos han apuntado como la causa principal de este malestar generacional que ha provocado que algunos adolescentes se hayan vuelto fachas. Según esta tesis, los avances del feminismo se han hecho a costa de los derechos, pero principalmente, de la autoestima masculina, que se siente señalada y atacada. Es por esto que a muchos adolescentes no les ha quedado más remedio —como arma defensiva— que odiar a las mujeres. Pero el feminismo es solo el dedo que señala el problema y nos da las soluciones, no la causa de la radicalización reaccionaria de algunos —blancos y de las llamadas clases medias y altas, principalmente— adolescentes y jóvenes. En realidad no existe tal radicalización, pues los jóvenes y adolescentes reaccionarios son el resultado lógico del patriarcado tradicional y de la abdicación en la educación en los valores del feminismo, la igualdad y el respeto. En otras palabras, estos muchachos son los hijos sanos del patriarcado, todo un éxito de la socialización y el adoctrinamiento patriarcal tradicional en un mundo en el que esto está empezando a ser una rareza, y por esto mismo nos llaman tanto la atención —y hacen tanto ruido—. La brecha y la ruptura entre estos adolescentes con respecto a sus coetáneas femeninas, pero también con respecto a otros chicos que están aprendiendo a sacudirse los manierismos patriarcales o que no responden a la heteronormatividad, es brutal. Esta descarada exhibición de misoginia patriarcal tradicional, regada con sus dosis de odio y discursos violentos contra las mujeres y contra cualquiera que se salga de su estrecho y castrador marco, es lo que está detrás de la llamada epidemia de soledad masculina con la que los incels tratan de justificar sus posiciones políticas. Este extrañamiento entre los jóvenes socializados en el modelo tradicional y la mayoría de las chicas y mujeres que cada día tratan de sacudirse la caspa patriarcal es el que está siendo aprovechado por la extrema derecha para ganarse a estos mozos, a los que han convencido de que son víctimas del feminismo, las mujeres y el wokismo. Sin embargo lo que realmente está haciendo mella en la autoestima masculina es precisamente el patriarcado que dicen defender —y que desde los años ochenta se viste de neoliberalismo— y que les obliga a aspirar a unos ideales inalcanzables también para ellos que solo pueden generar más frustración y malestar.
La llamada epidemia de soledad masculina es el resultado directo de este empeño en defender el patriarcado en un mundo en el que el feminismo está haciendo bien su trabajo, pues las mujeres ya no están dispuestas a tolerar y aguantar comportamientos —y señores— que hasta hace poco se consideraban naturales y normales. Mientras ellas huyen de una socialización que las penaliza y las violenta, encontrando nuevas formas de relacionarse y vivir, muchos varones han optado por la pataleta y el odio descarnado disfrazado de defensa de los valores tradicionales. Pero estos valores no son más que el intento de regresar a un mundo anterior al feminismo e implican la abolición de todos sus logros sociales y legales. Y es esta la brecha que está detrás de la radicalización de algunos de nuestros adolescentes, que a su vez son el reflejo de la mayoría de sus mayores, y de la llamada epidemia de soledad masculina, que no es otra cosa que autodefensa femenina.
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