Opinión
Si Epstein hubiera sido madrileño
Directora corporativa y de Relaciones institucionales.
-Actualizado a
La investigación periodística de ElDiario.es y Univisión sobre la presunta violencia sexual y laboral del cantante Julio Iglesias contra dos de sus empleadas, al menos, en sus mansiones de Bahamas y República Dominicana deja poco margen para la duda. La presunción de inocencia siempre prevalece, por supuesto, pero cada una es libre de pensar lo que le dé la gana y decirlo/escribirlo del mismo modo.
Por eso, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, o el líder de Vox, Santiago Abascal (tanto monta), han arrojado por la ventana la prudencia que debería irles en las responsabilidades respectivas -y la empatía y la arcada que genera el relato de estas dos mujeres- y se han puesto del lado del presunto agresor sin pensarlo dos veces; sin leer la información siquiera, seguro; sin mostrar el más mínimo respeto por dos supuestas víctimas, pero sí la más babosa de las sumisiones políticas ante el agresor. Nada nuevo: en la Galicia que fue de Feijóo, según se conoció una denuncia de violación contra un conselleiro de Rueda, el sucesor de aquél, el PP gallego corrió a abrazar y elogiar públicamente al agresor presunto sin una palabra para la mujer, al revés. Y algún día se hablará de lo que se habló en Galicia contra la denunciante y cómo acabó todo, que no es la primera vez y, a este paso, tampoco será la última.
Ustedes comprenderán que, para la (ultra)derecha no pertenecen a la misma categoría las denunciantes de violencia sexual de Íñigo Errejón, de Francisco Salazar o el lenguaje/comportamiento machista de José Luis Ábalos o Koldo García que las agresiones de Plácido Domingo, Julio Iglesias o el condenado por violencia machista Carlos Flores, diputado de Vox en el Congreso. Hay clases y para el PP y su apéndice dopado de extrema derecha (¿o es al revés?), las simpatías ideológicas constituyen un muro inexpugnable en torno a los presuntos agresores que permite un desprecio ad aeternum a las mujeres; las que sean, por muy creíble, detallado, documentado y monstruoso que sea su relato, como es el caso de Iglesias y lo fue de Domingo.
El fanatismo de Ayuso, de Abascal y del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, siempre tira instintivamente, con fuerza y en primer lugar, al poder, al éxito, al dinero, al brillibrilli; mucho menos o nunca la primera reacción les lleva a amparar la vulnerabilidad, la indefensión, el sufrimiento o la precariedad más absoluta de posibles víctimas, no digamos si son mujeres violentadas por hombres; salvo que se trate de enemigos políticos, eso sí, que entonces no hay presunción de inocencia que valga. Tampoco existe un apoyo real a las perjudicadas, no vayan a creer, solo rapiña partidista, electoralista.
Con la exhaustiva investigación periodística sobre la presunta violencia sexual y trata de mujeres del cantante Julio Iglesias, con procedimiento judicial incluido, en España se han retratado también, y con toda su crudeza, los cómplices de Donald Trump, el sujeto presidente de EE.UU. condenado por abuso sexual (y otros 34 delitos), y amigo -como mínimo- del criminal pederasta Jeffrey Epstein: menores, violaciones, esclavitud, trata de mujeres, redes de influencia al máximo nivel, dinero y más dinero, torturas, brillibrilli planetario, realeza, finanzas, mansiones, casitas del terror, poder y más poder... Lo más turbador de todo esto no es que (ultra)derecha haya aprendido ahora de qué lado tiene que ponerse ante hechos como los conocidos este martes, sino que hoy se siente legitimada para decirlo en voz alta mientras saca pecho por los suyos, los epsteins del mundo. Pero eso ustedes ya lo sabían... y supongo que la mayoría de sus votantes, también.
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