Opinión
Escribiré tu nombre en las paredes de los baños públicos

Periodista y escritora
Recuerdo el día que vi al agresor de mi amiga pegado al váter de una librería especializada en contenido LGTBIQ+. No recuerdo de qué presentación se trataba ni si iba acompañada. No era mi primera vez en el lugar, eso es seguro, pero sí la primera que fui al baño al terminar el acto. Entré, cerré la puerta y, al darme la vuelta, me encontré con la cisterna sobre mi cabeza, una de aquellas piezas antiguas de loza conectadas al retrete a través de un tubo pegado a la pared. El baño entero estaba, e imagino que sigue, cubierto de pintadas. Totalmente cubierto, excepto el pequeño trozo de la cisterna donde alguien había pegado un adhesivo. En dicha pegatina aparecía la cara de un hombre conocido, un habitual de los medios de comunicación. Su jeta estaba dentro de una señal de "prohibido", creo recordar, con su nombre junto a la palabra VIOLADOR. Ese maldito agarró a mi amiga una noche, la subió a su piso y la violó. Lo hizo dos veces.
En 1966, en la reunión de la Sociedad de Folklore de California en Davis (California), el teórico y folclorista norteamericano Alan Dundes le puso nombre a las pintadas de los baños públicos: Latrinalia. "Estoy en deuda con muchos de mis estudiantes y colegas por aportar ejemplos de latrinalia", pronunció en aquel momento Dundes. "A menos que se indique lo contrario, todos los materiales fueron recolectados de baños de hombres en Berkeley y el área circundante de la Bahía en 1964".
Por aquel entonces, Dundes constataba que la mayoría de la latrinalia, o al menos la que les interesó, aparecía en los retretes masculinos. De hecho, el propio profesor arrancaba su ponencia de la siguiente manera: "Cualquier hombre estadounidense que alguna vez haya tenido ocasión de entrar en un baño público"... Cualquier hombre. Seguía con diversas disquisiciones sobre citas homosexuales de varones, formas y tamaños de penes y escatologías varias.
Cundía y cunde la idea de que los hombres usan las paredes de los baños públicos para posibles citas y lo que el propio Dundes llama "poeta de retrete". Es decir, que los machos no sólo usan la latrinalia para dibujar pollas, sino que incluso consideran haber creado un nuevo género literario, más allá de dejar constancia de su paso por cualquier lugar, algo muy suyo. En el caso de las mujeres, casi todo lo escrito al respecto nos coloca en el lugar del corazón atravesado por una flecha. Mientras cagamos, nosotras pensamos en el amor mientras ellos hacen lo propio con el sexo y –oh– el pensamiento poético y la creación. Traslade este clásico al lugar que desee más allá del baño público.
Pero el adhesivo con la cara del hombre que violó a mi amiga, además de no parecer desde luego un acto "de amor" femenino, no era un escrito al vuelo. Entre aquel trozo de papel y el violador mediaba nada menos que un proceso industrial: la fabricación de la pegatina. Y antes de eso –mi gozo crece, sube, se despliega–, existía un grupo humano que se había reunido, discutido el método de divulgación, consensuado la decisión de imprimir adhesivos, diseñado el modelo y llevado a la imprenta para su posterior difusión.
Mi amiga no estaba sola y su "verdad" aparecía tras un trabajo colectivo. No sé de dónde salía aquella pegatina, pero no me cabe ninguna duda de que no se trataba del trabajo de una sola persona. Y, en el improbable caso de serlo, reflejaba la verdad de muchas otras.
De golpe, el baño de aquella librería se había convertido para mí en un lugar seguro y un ámbito de denuncia colectiva. El baño de un lugar dedicado a la cultura de la comunidad LGTBIQ+, con todas las connotaciones que ello incluye, es un lugar de población (casi) homogénea de la misma manera que un baño de mujeres del bar de cualquier barrio. Ambos espacios están muy alejados de la visita de un hombre machista, a no ser que entre con intención de violentar a la población habitual, posibilidad que siempre hay que contemplar, en cuyo caso se encontraría con la cara de un semejante pegada a la cisterna bajo el calificativo de VIOLADOR.
La transformación del retrete de mujeres en un ámbito no de expresión del enamoramiento íntimo sino de la denuncia de la violación me parece algo a tener en cuenta como paso previo a lo que podría ser una memoria colectiva de la violencia sexual, pero también como el siguiente paso. Los baños públicos son lugares muy nuestros, de "las chicas". Baños públicos en bares y librerías, en restaurantes y museos, en cines y teatros, en institutos y universidades. Baños públicos aunque no del todo públicos, para población homogénea, aunque no completamente homogénea.
Pienso en aquel violador. Pienso en mi amiga. Pienso: "Escribiré tu nombre en las paredes de los baños públicos".
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.