Opinión
La España rural no existe

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
Charles Dickens fue un novelista torticero, infame, mentiroso, repetitivo y sobrevalorado al que se le atribuye el dudoso honor de ser el primero en plagiar sus propias obras, sin embargo, la excepción que fue Cantata de Navidad – en palabras de su compatriota G.K. Chesterton, la obra que salvó la Navidad antes de que estuviera en peligro – lo convierte en un autor digno de cariñoso recuerdo. De hecho, hay en el principio de esta una escena dolorosa y pionera en la que la asquerosa rata Ebenezer Scrooge, al recibir una visita de un sobrino que lo advierte de que Tiny Tim, el hijo de su empleado, puede morir en cualquier momento, responde que es una gran noticia para paliar la sobrepoblación del mundo; el momento es novedoso porque la tradición realista había retratado a los burgueses como atolondrados imbéciles que desconocían la realidad del mundo obrero gracias a los muros que habían levantado para marginarlos, sin embargo, el legendario personaje dickesiano conoce de primera mano la situación del crío y prefiere no actuar ni empatizar: el Scrooge de este momento de la obra diría que es la lotería divina, hermano, que a él le ha tocado la riqueza y la prosperidad y a la familia de Tiny Tim, la pobreza y la muerte; Dios ha repartido y él no moverá ni un dedo pese a que sus vecinos se pudran en el basurero del hambre.
Quizá por ser Navidad, o quizá por el enfado, me acordé de esta dickesiana movida al seguir el caso de Villamanín y leer que las respingonas ratas y marranas desagradecidas de la Lotería navideña, con las manos bien frotaditas como las buenas moscas de la mierda que son, habían decidido hundir la vida de los chavales de la comisión de fiestas que habían emitido las participaciones decimales al negarse a la propuesta de rechazar cuatro de los ochenta mil euros caídos del cielo por cada papeleta emitida, lo que hubiera permitido que todos los portadores de la suerte cobraran setenta y seis mil euros y el caso se quedara en un abracete navideño para delicia de los vejetes que aún ven los telediarios de las dos; sin embargo, al igual que Scrooge, los vecinos han decidido actuar como los buitres decadentes y sebosos que son, condenando a los chavalillos de la comisión de fiestas a una deuda de unos cuatro millones – o sea, de por vida – aun teniendo sus casas a pocos metros de las suyas; no ha sido desconocimiento, ha sido maldad, alevosía y putrefacción moral: Dios ha repartido, hermano, y a mí me la suda que tú, vecino mío de toda la vida, te encierres entre lágrimas en el garaje de tus padres con el motor del coche en marcha porque no encuentres otra forma de escapar de las deudas que no sea matándote.
El caso ha desatado ríos de tinta en las redes sociales y los medios escritos, y se ha metido el dedo en la llaga idealizadora de los preciosísimos pueblos de la España vaciada donde, o eso nos han contado los mismos telediarios de las dos que ven los vejetes, debería haber una solidaridad hermanal y la gente se tendría que saludar por la calle e incluso el carnicero gordo de bigote ancho te fiaría a buen precio los filetes que se guarda para él si te viera cara de necesitado; todos los comentarios en las redes tienen razón cuando explican que nada de lo contado en el mito aldeano es real y la mayoría de los pueblos de este país son súcubos morales cimentados en odios eternos y paranoias inconfesables, sin embargo, fallan en su análisis: lo que describen no es la España rural porque la España rural ya no existe, es así de sencillo.
La España rural era un sitio abominable, temeroso de su esquizofrenia colectiva, completamente estéril y sangriento que, para fortuna de sus prófugos, se fue abandonando nada más ver la oportunidad; la España rural daba un asco horrible, enorme, y en ella se han desatado carnicerías terribles por motivos olvidados y se ha señalado con el puto dedo – por maricón, por cochina, por mozavieja – hasta que el terrateniente de turno ha ordenado parar o la víctima ha conseguido ascender a victimario. Así ha funcionado el campo de nuestro país, uno tan seco y arrasado que tuvimos que exportar vides de otros lugares porque el vino de las nuestras sabía a sangre.
Lo que hay ahora en el campo, sin embargo, es incluso peor; la España rural no pasó por un proceso civilizatorio, sino que se abandonó y se usó su espacio para crear otro lugar u otro no lugar; un mero umbral que emula a un aeropuerto o estación porque nadie quiere estar allí si no es por tránsito – una casa rural, unas vacaciones, una visita familiar –.
La España no rural, que algunos llaman periurbana o sencillamente infierno en la tierra, es un (no) lugar que hereda los pecados de cuando era de verdad campo – no dio tiempo a que se civilizara, repito – al que se le suman además todos los nuevos problemas de haberse convertido en el descampado de las ciudades – “incluso el campo es ya una extensión de la ciudad: produce, abastece, compensa y decora. Es la cabina de fumadores del aeropuerto para los que buscan silencio y olor a estiércol”, escribía con brillantez Pedro Vallín en su última columna de Infolibre –.
En los campos de la Castilla triste, que es casi toda, se acumulan en piras inflamables los odios vecinales entre las familias de toda la vida, que van mucho más atrás de la Guerra Civil, con el asco que producen todos esos inmigrantes de interior – allí llamados forasteros – cuando se instalan por obligación, porque no pueden pagar el precio de la vivienda en sus ciudades, en esas calles rectas que escupen los brazos incorruptibles de miles de asesinados por las lindes; en los pueblos de España hay un odio consensuado al progreso no siempre eficaz que hace ya muchos años, cuando el hormigón sabía a champán y tomábamos al providente Rafael Chirbes por un tarado reaccionario, prometió llenar los pueblos de edificios voluminosos y ricos que se quedaron en encofrados cuyas deudas tuvieron que asumir los ayuntamientos – o sea, los vecinos –; eso que llamáis España rural ya no es la España rural porque las carreteras lo unen casi todo – remarco el “casi” –, hay una interconexión por Internet que iguala a un modernito zumbado de la M-30 con un labriego de Santa Cruz del Retamar y la autosuficiencia dejó de ser una propuesta seria hace años, por los que los problemas, por mal que para los rezagados de esos pueblos suene, son ahora los de cualquier ciudad y no si la burra se muere de sed o la hija de la Paca no ha dejado su casa abierta en la noche después de la de bodas para que los vecinos entremos a husmear en el ajuar – en mi pueblo de diez mil habitantes, mientras en las noticias nos definían ya como una de las capitales nacionales del narcotráfico, se hacía esta tradición cotilla, que murió de vieja por la pandemia –. En los pueblos se guetifica a los forasteros, encerrándolos en barrios aislados donde se gestan odios y rencores contra los de dentro que en diez años seremos incapaces de afrontar, mientras en los centros se siguen saludando por motes y se crea una identidad común basada en despreciar a los demás: más paranoia, más sospecha, más odios; amor hacia lo nativo, asco por lo de fuera.
La España rural no existe, sin embargo, se ha transformado en algo mucho más duro e insoportable, en un lugar que pelea contra el progreso de las ciudades y ofrece una resistencia absurda y dolorosa a los cambios: los muertos se acercan ya hacia las cunetas, dadles algo de tiempo.
(Y aunque probablemente lleves razón y haya cosas buenas en los pueblos, yo no estoy aquí para defenderlos; que de eso se encarguen otros.)
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