Opinión
El espejo en la violación y muerte de una niña de 11 años

Periodista y escritora
El pasado 29 de mayo, una niña llamada Lyhanna desapareció a la salida de su colegio en la localidad de Fleurance (suroeste de Francia). Había subido al coche de Jérôme Barella, el padre de una amiga suya y conocido de la familia. Seis días después, el pasado 4 de junio, se encontró el cuerpo de Lyhanna. La había violado y asesinado. Tenía 11 años.
Un año antes, en agosto de 2025, una madre ya había denunciado a Barella por la violación continuada de su hija de 10 años. La niña le contó a su padrastro que había sufrido decenas de agresiones sexuales a manos de este tipo. El centro sanitario al que la llevaron confirmó tales hechos y contactó con la gendarmería. Jamás se interrogó a Barella al respecto. Según informa Raquel Villaécija desde París, el documento del encargado de la investigación afirma: “Éramos conscientes de que estábamos ante un perfil inquietante ya conocido por otros casos de violación”.
Hasta cinco denuncias pesaban contra Jérôme Barella cuando subió a Lyhanna a su coche aquel 29 de mayo. Ninguna había sido atendida correctamente. Nunca se sabe por qué el fuego de un caso acaba prendiendo en la sociedad. Puede ser por acumulación, por hartazgo, o porque el paso del tiempo modifica nuestra mirada y los silencios se descosen. La cuestión es que el caso Lyhanna ha estallado en la cara del Gobierno de Macron, y ha puesto en marcha, entre otros, al Ministerio de Justicia.
El ministro del ramo, Gérald Darmanin, exigió al Poder Judicial tener respuestas concretas antes del pasado 14 de julio. Resultado: en un mes se han detectado 70.000 denuncias no atendidas de violencia sexual contra menores; se han reabierto más de 1.300 casos archivados; y cerca de 700 personas han acabado en prisión preventiva bajo sospecha de haber cometido agresiones sexuales contra menores. Las primeras conclusiones a las que han llegado en el país vecino es que la razón principal de tales negligencias reside en el orden de prioridades. Así de bestia. En que no se da prioridad a la investigación del crimen si se trata de un asunto de violencia sexual contra una niña o un niño.
No caeré en la tentación de extrapolar las cifras a nuestro país. Tampoco usaré las estadísticas oficiales y de ONG que hablan de porcentajes de violencia sexual contra niñas y niños. No lo haré porque creo que llevamos el silencio sobre dicha violencia cosido a la memoria. Porque para tener clara la población que ha sufrido violencia sexual en la infancia, las fuentes oficiales deberían revisar primero de qué hablamos cuando nos referimos a ello. Porque nuestra dificultad para reconocernos en lo que no está narrado socialmente invalida cualquier dato como fiable. Sí recojo aquí (por si a alguien le orientan) las cifras que ofrece la francesa Comisión Independiente sobre el Incesto y las Violencias Sexuales Cometidas contra los Niños: aproximadamente 160.000 niñas y niños son violadas y violados cada año en Francia. Es decir, una cada tres minutos, de las cuales una gran parte son incestos, según Ciivise, la asociación contra el incesto.
Sí querría hacer un apunte: Francia no es un país diferente de España, ni de Portugal o Bélgica. Me hace gracia cuando se habla de “casos excepcionales” en relación con las violencias sexuales de cualquier tipo. Ni Pellicot es un caso excepcional, ni lo es Barella. Son sencillamente los casos que conocemos, los que se han publicado con detalle. De la misma manera que los integrantes de la llamada Manada de Sanfermines tienen un mundo de semejantes en las numerosas violaciones múltiples perpetradas por grupos de hombres a lo largo y ancho del mundo entero.
La violencia sexual contra las niñas y los niños es habitual, en Francia, en España, en la UE, en Estados Unidos o en Japón. La cuestión reside en quién la mira, cómo se responde a ella desde las instituciones y cuándo, por fin, una sociedad estalla. Podemos fijarnos en la violación y muerte de la niña Lyhanna para mirarnos en ese espejo. O podemos esperar que pase exactamente lo mismo aquí. Y transcienda.
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