Opinión
Europa ante el abismo

¿Dónde está Europa? Esa es la sensación que queda después de escuchar el discurso del Estado de la Unión con el que Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, arrancó el nuevo curso político en Bruselas.
La Unión Europea se enfrenta a una encrucijada histórica. Sin embargo, Von der Leyen parece no enterarse. O quizá son sus políticas las que han llevado a la UE a esta encrucijada.
Particularmente me quiero referir a la gestión de la migración y el respeto al derecho internacional, que se ha convertido en el terreno donde se libra la batalla por el alma de Europa. Quien gane esta disputa no solo decidirá la política migratoria, sino también el tipo de sociedad que seremos.
Lo que hace apenas una década habría resultado impensable, hoy se discute con total normalidad en Bruselas: deportaciones masivas, centros de detención en terceros países, acuerdos con regímenes autoritarios para que retengan a personas migrantes...
Durante este año hemos visto cómo la narrativa del odio ha ido marcando la esencia de las propuestas de la Comisión que, además de no resolver el desafío migratorio, solo sirven para deshumanizar a las personas migrantes y convertirlas en supuestos culpables de problemas estructurales como la precariedad, la falta de vivienda o el deterioro de los servicios públicos versus privatización.
En este contexto, el Partido Popular, tanto en España como en Europa, ha comprado el discurso de sus socios de la ultraderecha y son rehenes cómplices de esta narrativa. No solo han asumido sus marcos y discursos, sino que han normalizado sus políticas, aceptando sus exigencias con el único objetivo de mantener gobiernos y arañar unos miles de votos a sus rivales y aliados ideológicos. Es preocupante ver cómo en lugar de frenar la deriva autoritaria, la legitima y alimenta, debilitando así las bases mismas de la democracia europea.
En un ambiente de ruido y bulos que vinculan falsamente migraciones y delincuencia, la Comisión Europea ha puesto sobre la mesa varias propuestas -inspiradas en las políticas de Trump y Meloni- que lejos de ser una oportunidad de mejora: el Reglamento de Retorno, la primera lista europea de países de origen “seguros” y una revisión de los criterios para designar a terceros países “seguros”. Todas ellas suponen un nuevo golpe de muerte al derecho de asilo y a los derechos humanos.
Esta deriva no ocurre en el vacío. Como explica Naomi Klein, “las crisis no solo desatan miedo: son usadas deliberadamente para imponer políticas que, en condiciones normales, la gente nunca aceptaría”. Eso es exactamente lo que ocurre con la migración: se utiliza la idea de “crisis” para justificar medidas que vulneran derechos fundamentales, mientras se normaliza un estado de excepción permanente. El miedo es la herramienta más eficaz de quienes buscan consolidar su poder. Cuando se alimenta el miedo, la ciudadanía se aferra a quien promete seguridad, aunque esa seguridad sea una mentira.
La propuesta migratoria de la Comisión es básicamente la de crear una maquinaria institucional de expulsiones masivas y centros de detención en terceros países que violan abiertamente el derecho internacional, arrasando con cualquier vestigio de derechos y garantías.
Mientras los Estados miembros se resisten a compartir de forma justa la responsabilidad de acoger, prefieren pagar a países que no respetan los Derechos Humanos -como Túnez, Libia o Marruecos- para que contengan los flujos migratorios. Es una estrategia que compra silencio y mano dura, a cambio de vidas humanas permitiendo a Europa mirar hacia otro lado.
Pero no se trata de ninguna novedad, son propuestas anacrónicas, crueles e inoperativas para sortear el cumplimiento del derecho internacional, que suponen la versión 2.0 de las políticas antiinmigración, que llevan fracasando desde los años noventa.
Estas políticas no solo destruyen vidas, también destruyen el proyecto político europeo. Son propuestas que vacían de contenido ‘el principio de no devolución’, piedra angular del derecho de asilo que impide enviar a alguien a un lugar donde su vida corre peligro.
Y, hablando de políticas fracasadas, Von der Leyen centró su discurso en el combate a las mafias, imitando el discurso vacío de la extrema derecha. Ni una palabra sobre vías legales y seguras, como visados humanitarios y programas de reunificación familiar. Solo cuando le demos a las personas migrantes una alternativa para llegar, dejarán de necesitar a los traficantes de personas para poner su vida a salvo.
Desde la foto de Aylan Kurdi, el niño sirio cuyo cuerpo en una playa conmovió al mundo, un niño al día ha perdido la vida en el Mediterráneo, sin incluir los más de 1.500 niños y niñas que se ahogaron en 2024 en la ruta Atlántica intentando llegar a Canarias. Cada una de esas cifras encierra una historia, una infancia rota, una vida inocente perdida. Cada cuerpo que llega a la playa nos grita lo que Europa no quiere escuchar.
Y ante esto, en lugar de reforzar la protección y los sistemas de rescate, Europa ha optado por criminalizar a quienes salvan las vidas que dejamos morir en nuestros mares. ONGs que han rescatado a miles de personas son perseguidas y difamadas.
Recientemente hemos escuchado cómo el líder de VOX ha pedido que hundan el barco de la ONG de rescate y salvamento Open Arms, incitando a la violencia y llamándoles negreros.
Es el mundo al revés: los que defienden la vida y los derechos humanos son tratados como delincuentes o terroristas, y los que fomentan el odio y la violencia se consideran los grandes defensores de la patria y socios legítimos.
Este proceso de criminalización no se limita a quienes rescatan a personas migrantes en el mar. Se extiende también a quienes se atreven a denunciar el genocidio en Gaza durante la Vuelta ciclista o a formar parte de iniciativas como la Global Sumud Flotilla, a la que, en su discurso, la presidenta de la Comisión no hizo ninguna referencia, pese a que son barcos europeos que hay que proteger y que ya han sufrido, al menos, dos ataques.
Es un orgullo ver cómo, frente a la inacción de la mayoría de las instituciones, la sociedad civil está respondiendo con iniciativas valientes y transformadoras. Es la prueba de que la ciudadanía va por delante de sus gobiernos y que, incluso cuando las instituciones fallan, existen redes de solidaridad que proponen soluciones justas y necesarias.
No podemos dejar de señalar que lo que está ocurriendo en Gaza es una muestra brutal de cómo el derecho internacional está siendo jaqueado por quienes deberían protegerlo. Cada bombardeo contra la población civil, cada hospital destruido, cada niño asesinado, representa una derrota para un sistema que nació para garantizar que nunca más se repitieran los horrores del pasado.
Después de dos años de barbarie, de más de 64.000 asesinados, la Comisión por fin ha decidido mover un dedo y Von der Leyen anunció que propondrá al Consejo una suspensión parcial del Acuerdo de Asociación con Israel. Es insuficiente y llega tarde. Y, sobre todo, la Comisión sigue sin reconocer todavía el genocidio.
Si en toda esta batalla de los derechos y valores, finalmente ganan quienes hoy bloquean la acción internacional y legitiman la barbarie, habremos terminado con los frutos de la Ilustración, los derechos humanos, la democracia y la sensatez. Europa se encontraría así, no solo ante un fracaso político, sino ante la destrucción de su propia razón de ser.
Este curso político no debería empezar igual que terminó el anterior, porque cada decisión que se toma define el tipo de Europa que seremos. El tiempo de cambiar este rumbo es ahora. Mañana podría ser demasiado tarde.


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