Opinión
Esta Europa bizantina

Por Pablo Batalla
Periodista
-Actualizado a
Lo mismo el pueblo llano que reyes y catedráticos corrían a ver al emperador, o eso se cuenta de las giras europeas de dos de los últimos basileus de Bizancio: Manuel II y Juan VIII, miembros ambos de la última dinastía de la decaída segunda Roma, los Paleólogo. Los turcos apretaban y el imperio milenario iba quedándose reducido a lo que cabía dentro de las vetustas, impresionantes y aún inexpugnables murallas de la capital. "Cierra las puertas de la ciudad y gobierna dentro de ella, porque todo lo que está más allá de las murallas es mío", le decía a Manuel el sultán Bayaceto. Bizancio era tres veces más pequeño que Vallecas y ya no contaba en los mapas de Risk de una nueva era a punto de descubrir un continente entero. Pero sí en las cabezas de sus habitantes, ávidos lectores, como Alonso Quijano, de las "novelas bizantinas" de moda, a los que, de pronto, se les presentaba la oportunidad de ver en carne mortal al soberano de aquel ensueño. Como quien viera hoy los dragones de Daenerys Targaryen.
A aquellos venecianos, franceses e ingleses expectantes, lo que vieron no les decepcionó, porque el séquito bizantino echó el resto para que no les decepcionara. Las túnicas de seda blanca sí parecían celestes, angélicas; todo el ceremonial era tan cautivador como la fantasía europea suponía, y hasta los anfitriones se dejaban menguar al lado del basileus. Venecia ya era prácticamente dueña de Constantinopla, como acreedora de deudas millonarias que Bizancio pagaba concediendo a los venecianos abusivos privilegios comerciales. Pero aquel día de 1438, el dogo recibió a Juan en el Lido haciéndole una profunda reverencia y manteniendo la cabeza descubierta mientras Juan permanecía sentado ante él; y luego se sentó a su lado, pero en una silla más baja. Antes, en 1400, Manuel había acudido a Francia e Inglaterra y Carlos VI lo había esperado fuera de París, sujetando pacientemente, como un humilde escudero, un caballo blanco como la nieve, para que el emperador entrara montado en él en la ciudad, donde se había redecorado un ala entera del Louvre. Más tarde la delegación bizantina escribió al rey inglés temiendo su desdén, pero Enrique IV corrió a recibirlo, lo escoltó desde Blackheath hasta Londres, lo trató con la mayor reverencia y le ofreció un gran banquete. Todos se empequeñecían gustosos al lado de aquel resto viviente de la romanidad. Los humanistas lo contemplaban como a un personaje de Plutarco que hubiera cobrado vida; el pueblo como a un rey mago, y no es casualidad que el Melchor, Gaspar y Baltasar que Benozzo Gozzoli pintó poco después en el Palazzo Medici, en Florencia, tengan rasgos bizantinos. El mismísimo Papa se achantaba. Eugenio IV rechazó que el emperador entrara a caballo en la catedral de Florencia, para llegar sin tocar el suelo al trono en el que iba a copresidir el Concilio de Ferrara; pero el pontífice sí aceptó abrir un butrón en un muro, para que el basileus entrara por él sin que nadie lo viera desmontar.
Grande y dorado era, en fin, el mito de Bizancio, y cuantioso su fandom. Pero hay un refrán que dice "amigos todos, pero la burra por lo que vale". Y a Manuel y a Juan, eso les vinieron a decir cuando, después del show, sentados a la mesa, abrieron la boca para aquello que habían ido a hacer: pedir dinero, que era triste, pero menos que robar; suplicar ayuda, tropas, una cruzadita, a aquellos reinos pujantes que empezaban a firmar tratados de Tordesillas y a repartirse, escuadra y cartabón en mano, el oro, la plata y las especias del mundo. Los ricos, los fastuosos, eran ellos. Bizancio, que hasta se arrastraba a aceptar la reunificación de las iglesias católica y ortodoxa (para eso el concilio aquel), había tenido que celebrar, en 1347, la boda real de Juan V y Helena Cantacucena con imitaciones de vidrio, peltre y loza barata de las antiguas joyas reales: se las había vendido a Venecia la emperatriz viuda Ana, para comprar la ayuda de los dogos a su bando de la guerra civil de 1321-1328.
"Mirad lo que estáis a punto de perder", pretendían decir las túnicas de seda, los blancos corceles, los rituales caballerescos. Pero Europa Occidental eligió perderlo, porque en el fondo sabía que, fuera de las novelas, ya estaba perdido, y rascarse el bolsillo no rentaba, y novelas aparte, tenía que rentar. El Mediavo moría y otro tiempo nacía, Bizancio cayó pronto y el lamento no fue estruendoso y luego corrieron los siglos, fluyeron las centurias del río de la historia transportando las carabelas de Colón y los pinzones, congelando en Rusia a los soldaditos de Bonaparte, alzando grandes olas para que las reinase Britannia y se escondiesen de ellas los submarinos del káiser. Y fluyendo, fluyendo, llegó hasta esta orilla que nos moja a nosotros, este hoy y sus terrores del año dos mil, cuando es aquella Europa que entonces despegaba y ahora aterriza la que, encerrada tras sus murallas —las del "jardín" de Borrell—, se puede vanagloriar de seguir siendo referente estético de un mundo cuyos imperios combatientes levantan imitaciones de la Torre Eiffel en Las Vegas y Hangzhou y tienen emperadores que visten traje y corbata y trufan sus discursos de palabras que pensaron pensadores de Salamanca, conceptos de Oxford, anhelos de Jena. Pero que ya no cuentan con la Europa real para nada que lo sea, sino solo para lo estrictamente ficticio. La burra de peltre vale lo que vale, y ni un céntimo más. Caemos como Bizancio, la vida es así, y mientras Mehmet II encarga al ingeniero húngaro aquel —Orbán se llamaba— el cañón más grande de la historia, nuestros teólogos se entretienen discutiendo cuántos ángeles pueden bailar juntos en la punta de un alfiler. Peor sería aburrirse.
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