Opinión
Lo extraordinario de la tormenta

Periodista y escritora
El lugar es magnífico, porque no ofrece nada. Nada de nada. Ni piscina, ni mar, ni bares o restaurantes, ni tiendas o “experiencias” de ningún tipo, ni bonitas estampas medievales a las que llegar dando un corto paseo. Es sólo una casa de piedra con más de mil años de historia, pero historia currada, de labranza y ganado. Hemos venido a trabajar sin distracciones, y es lo que hemos encontrado, pero no sólo eso.
El día se despierta soleado entre los montes azules de la comarca catalana de la Garrotxa y el calor habitual nos devuelve al interior fresco y antiguo de la piedra. Parece una nueva jornada, otra más, de canícula cruel, hasta que hacia la hora de la siesta el techado de caña del porche da un latigazo contra sí mismo y vuelan almohadones, cenizas y las moscas. Una sombra gris oscura cae sobre el campo y el primer trueno abre la descarga del cielo en una tormenta larga y feroz.
Nosotras nos apresuramos a ejecutar uno de los mejores momentos de la lluvia, la coreografía de resguardar apresuradamente los exteriores en el interior, enrollar las cortinas de caña, retirar los cojines de las sillas, las ropas que hay sembradas por el zaguán. Ese corre, corre, corre de las tormentas nos enfrenta, aunque sea un poquito, a la inevitabilidad de la naturaleza desatada, qué gozada, nos coloca en nuestro sitio.
La tarde se ha puesto nocturna, ante nuestros ojos todo es agua y el cielo se va iluminando eléctrico, cae piedra, sigue lloviendo gruesas gotas. Tenemos que entrar al salón las sillas que habíamos pegado a la fachada porque el agua rebasa el porche, se cuela hasta el interior, se arremolina y entra. Entonces, sin acordarlo, nos sentamos a cubierto ante los dos porticones abiertos al aguacero.
Así colocadas, absortas en el temporal de viento, lluvia y piedra, me siento espectadora en el sentido más literal del término. Asistimos absortas al espectáculo de la naturaleza, de la tormenta, de algo antiguo y desacostumbrado. Comento que podríamos estar viendo una película, porque siento algo parecido, no sé cuánto tiempo hace que no me he sentado a contemplar la lluvia furiosa del verano, largamente, en silencio. Después me daré cuenta de que ni se me ha ocurrido la necesidad de sacar el móvil, grabar el magnífico momento, dejar registro.
Huele a tierra mojada, la calma tiñe el bosque, más allá, con la luz irreal que deja tras de sí la lluvia grande y regreso a algún lugar de mi infancia que no sabría colocar en la memoria. Pienso en lo extraordinario que me resulta lo que acabamos de vivir, algo tan sencillo como una tormenta de verano en el campo me parece insólito. Después pienso en la costumbre de llevar la cuenta de las mujeres asesinadas, de los golpes y los crímenes del macho, o sea en lo ordinario. Entonces sí, saco el móvil y retrato el arco iris, para que no se me olvide.
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