Opinión
La fachipedia

Periodista
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Recuerdo la primera vez que escuché la palabra "fachi". Durante una investigación sobre la Segunda República, una superviviente de la Guerra Civil me dijo que su vecina había salido a recibir a las tropas franquistas con una exagerada expresión de júbilo. "Era fachi". El vocablo me sonó como una desviación moderna del socorrido "facha", pero una visita a la hemeroteca terminó por sacarme del error. En 1937, en el diario Euskadi Roja, una brigada atareada en trabajos de fortificación denunciaba que corrían rumores falsos sobre "la aviación fachi". En una carta de 1939, Ramón de la Sota decía desde el exilio que el embajador de los Estados Unidos en España era "medio fachi".
El apelativo "facha" se popularizó tras el golpe de Estado como apócope despectivo de "fascista". En Miserias de la guerra, novela censurada en 1951, Pío Baroja menciona a los fascistas de 1936, "a quienes entonces se llamaba en Madrid fachas". La prensa republicana retrataba a los fascistas, facciosos o fachas bajo el signo del engaño. "La mentira, esencia del fascismo", titulaba El Socialista denunciando los ataques de la Alemania nazi contra la Exposición Internacional de París. Allí se expuso por primera vez el "Guernica" de Pablo Picasso. La Legión Cóndor y la Aviación Legionaria habían devastado la villa vasca pero la propaganda franquista culpó a las "hordas rojas" y a "los separatistas".
Mucho antes, en un artículo de El Socialista fechado en 1922, Miguel de Unamuno había usado el término "fajismo" por pura fidelidad etimológica. Si “fascista” procede del italiano fascio —"haz" o "gavilla"—, era lógico emplear la traducción castellana "fajo". Como "un fajo de billetes", dice Unamuno. La imagen estaba bien traída. De hecho, al cabo de unos años, la obra Fascismo y gran capital de Daniel Guérin iba a documentar el papel de los grandes empresarios en las dictaduras de Hitler y Mussolini. De ahí se deduce una tesis meridiana: el fascismo es un subproducto de la crisis capitalista que se sirve del Estado para aplastar las demandas obreras.
Que en pleno 2025 un ricachón como Marcos de Quinto repita la fantasía de que Hitler era socialista confirma las peores sospechas: la alianza entre el bulo y el fajo de billetes sigue vigente. El fajismo, como la energía, no se crea ni se destruye, sino que simplemente se transforma. Hay quienes han visto en De Quinto una exhibición de ignorancia. Se confunden. La mentira no es desliz sino estrategia en las filas de la reacción. Así se explica que Miguel Ángel Rodríguez admita haber difundido un bulo que intentaba salvar la reputación de la presidentísima madrileña. "Es que yo soy periodista o trabajo en política. No soy un notario que necesite una compulsa". El argumento es tenaz y vale lo mismo para ensuciar a la Fiscalía que para atribuir a la República el bombardeo de Gernika.
El pasado mes de octubre, Elon Musk anunciaba el lanzamiento de una enciclopedia en línea impulsada mediante inteligencia artificial. El objetivo de la Grokipedia es "la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad". En otras ocasiones, Musk ha reclamado el boicot contra la Wikipedia. La ha llamado "Wokipedia" y ha denunciado su "sesgo izquierdista", entre otras cosas debido a un artículo que recoge el debate académico sobre si Donald Trump debe ser considerado fascista. En esa pieza, de hecho, se menciona el saludo romano que Musk dedicó a los asistentes durante un mitin en Washington D. C.
El objetivo de Musk, sin embargo, no es combatir la mentira sino dinamitar los consensos incómodos sobre la realidad. Según un análisis de The Verge, el magnate sudafricano habría saqueado los contenidos de la Wikipedia adaptándolos al servicio de la agenda conservadora con valoraciones racistas y tránsfobas. Para la Grokipedia, por ejemplo, Francisco Franco fue "un general que puso fin a la violencia revolucionaria de la Segunda República". El confusionismo histórico de Pío Moa y César Vidal ha sido por fin elevado a verdad verdadera por un magnate digital. Alabado sea Musk, padre todopoderoso, creador de la Fachipedia.
Habrá quien considere inapropiado llamar a Trump fajista, facha o fachi. A otros les parecerá excesivo comparar los centros estadounidenses de detención de inmigrantes con, pongamos, el campo de concentración de Albatera. Existe bibliografía académica que aborda estas cuestiones con datos más minuciosos de los que permite una hoja de prensa. Pero hay algo que parece incuestionable: el viejo matrimonio entre el parné, la mentira y la política ultraconservadora resiste el paso del tiempo.
En 1945, Daniel Guérin reeditó el libro Fascismo y gran capital con una advertencia premonitoria. Mañana, dice Guérin, las grandes democracias guardarán el antifascismo en la estantería. Esa palabra, que unió a los adversarios de Hitler, es incómoda en la medida en que puede unir también a los adversarios del capital. Por eso, cuando los dueños del dinero quieran recuperar el orden, volverán a apoyar a partidos fascistas bajo otros nombres —para entonces, dice Guérin, la palabra "fascista" estará gastada—. "El fascismo, se llame como se llame, seguirá siendo el ejército de reserva del capitalismo en descomposición". A ver lo que opina al respecto la Fachipedia.
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